viernes, 9 de noviembre de 2018

¿Quién soy yo? (Parte 3)

Necesitaba llorar en silencio, incluso para mí. Que mis llantos no escuchen los golpes, ni el eco de mis lágrimas al caer cuando pronuncie tu nombre. No sé si estoy rota o desubicada entre tantos cristales echo añicos que hoy forman el camino por donde piso para llegar hasta mí. He salido a recordar el frío vaho de tus calles sobre mi cuerpo que me hace estremecer, mientras te observo en silencio desde algún rincón perdido de la ciudad. Puedo ver las caras de entusiasmo de quienes pasean por allí la primera vez, y creen estar a tu altura de quienes llevamos años conociéndote y hasta descubrirnos a nosotros mismos a través de tus momentos, sin conocerte lo más mínimo. Incluso, a lo lejos y en la distancia. Aún me sigo sin encontrar, ni los recuerdos sirven como guía para seguir abriendo puertas. ¡Qué importa dónde! Simplemente quiero abrir una puerta más y seguir conociendo mundo, aunque ese mundo lo tenga enfrente y tenga nombre propio. He perdido mis ganas en días cuando brilla el sol y he vuelto a ganar una batalla más, pero qué importa eso ya. No me importa tanto ganar la guerra si he vuelto a perder el foco en cada batalla en la que me pierdo con facilidad. Y aquí estoy, buscando una razón a la sinrazón, la locura a la cordura y el sentido a la vida, mientras escucho de fondo a Bon Iver para ordenar un poco el caos que llevo dentro e intentar que mis ideas fluyan.

He vuelto a salir a dar una vuelta para recordar los viejos tiempos, a airearme y buscarme en cada rincón de mi mente por los que paseo. Aún sigo esperándome en algún sitio al que estoy segura que volveré algún día para empezar a ser una otra vez. Hasta ahora, sólo he conseguido que el frío me cale en los huesos y, vaya, que si me ha calado; me he vuelto a olvidar el chubasquero en casa, pero ya es tarde para recogerlo. Tampoco creo que me importe mucho cuando lo primero que he hecho al llegar a la cafetería y en lugar de pedirme un café bien calentito y a punto de arderme entre las yemas de los dedos, he apostado por un refresco que, minutos más tarde, me estoy tomando con varios hielos en su interior. Y qué bien sienta el frío, pero qué bien me sienta el frío. Ahora que está todo en su sitio, he vuelto a ponerme frente a la hoja y me he propuesto escribir que ni en estas líneas soy capaz de encontrarme a mí. No soy capaz de encontrarme ni siquiera en una lista de la compra que más que ordenar las cosas que me faltan por comprar y amueblar mi casa, me ordena la cabeza entre los espacios que dejo en este cuaderno. Vuelvo a salir del local en busca de nuevas experiencias aunque sólo queden reflejadas en los charcos que voy saltando para no ensuciarme las botas nuevas. Voy por la calle, caminando entre la gente, sin desviar la atención del suelo mientras mis pensamientos dejan de retumbar en mi cabeza y bailan al ritmo de Nuvole Bianche, como si fuese la escena de mi película favorita y me deje llevar por el momento. A veces, y sólo cuando me da por levantar la mirada más allá de lo que puedan ver mis ojos, intento dar en el clavo de las posibles vidas que puedan tener los demás y lo único que consigo es sentirme mal por la mía cuando idealizo las suyas. 

Tengo la sensación de que ni siquiera he salido de casa para escribir estas letras que en mi mente dibujan cada momento bailando entre cualquier espacio de mi vida. El bloqueo del escritor acaba de perder todo el sentido pero el miedo a la hoja en blanco, sigue dejando huella en mí y no me deja avanzar en la historia. No sé cómo borrarlo, que ni la lluvia sabe emborronar con cada gota que cae del cielo y roza el papel. Mis palabras, por su parte, puede que acaben rotas y sin sentido después de estos ¿15 minutos? que he estado sumergida en cada una de ellas, cada vez que alguna salía de mi cabeza mientras sigo inmersa en la lluvia que me lleva calando desde que salí del portal, sin el chubasquero, y aún sigue sin parar de llover. A mí me ha parecido tener el mayor orgasmo que haya podido tener en mi vida y, me acabo de despertar al mirar el reflejo de mi silueta que se dibuja en el cristal de un escaparate vacío y a oscuras, quedándome a solas con la incógnita dentro de qué podrán pensar el resto de mí cuando me vean pasar entre la gente. 


Aún sigo dentro y qué bien se está, cuando ahí fuera, está diluviando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario