viernes, 16 de noviembre de 2018

Enjaulados

Éramos libres, hasta que nos encerraron en esta jaula. Parecen que no nos oyen piar ninguna mañanas, ni siquiera cuando se van a preparar el desayuno, ni comen, ni cena… ni nada, y eso que estamos justo encima de ellos a la izquierda. Aquí no pasa nada, y yo ya estoy aburrida de vivir siempre la misma escena entre estas cortinas. Hasta donde alcanza mi vista, creo que estamos justo en el rincón que da al patio interior, y justo delante a unos centímetros más abajo está la mesa en donde ellos comen. Por mucho que gritemos, y pidamos ayuda, sólo escuchan piar esta panda de humanos y sacan las mismas conclusiones una y otra vez: “Necesitan más agua” o “tienen hambre” y, al segundo, alguno de ellos, se levanta inmediatamente a rellenar el tubo por el que solemos beber. Como si sólo pudiésemos decir lo mismo. 

A veces, se les oye gritar, discutir, se pegan los unos a los otros… y sólo en contadas ocasiones, hablan. Nos queremos ir, queremos salir de aquí. Esto es algo parecido a estar en pena de prisión por haber cometido algún delito y a diferencia de los presos, hemos sido castigado por habernos engañado al utilizar como cebo nuestra comida más jugosa y atraernos hacia alguna de sus trampas. Luego, nos metieron en esta jaula y ahora, alardean sobre los héroes en los que se han convertido al rescatar a un poble animalillo indefenso de la jungla del mundo real. Y qué queréis que os cuente. Me pongo de los nervios, sólo de escucharlos hablar sobre nosotros. Y siempre ocurre la misma historia, una y otra vez. Ellos sólo nos oyen piar. Para ellos, tan sólo tenemos hambre o simplemente se nos ha terminado el agua y queremos más. Cómo si no tuviéramos sueños por los que luchar y de los que vivir algún día, ni metas que perseguir. Aunque, a decir verdad, si os soy sincera, ya apenas recuerdo cuáles eran mis sueños más significativos; quizás, los cambié todos por éste otro que no estaba en mis planes: Salir de aquí y volver a ser libre. 

Los humanos parecen demasiado estúpidos y parece que ha sido al revés, hemos sido nosotros quiénes nos hemos puesto el cebo para adiestrarlos a ellos. Pensarán que tienen el derecho a cazar a cualquier animal que esté en libertad, y marcarlo para que sea suyo. Como si fuésemos materia, como si fuésemos la propiedad de alguien, y no alguien (aunque, seamos otra especie) que siente. Según su lógica, ahí dentro (y con ellos vamos a estar mucho mejor) en la jaula que nos han construido antes de planear nuestra muerte, vamos a ser mucho más felices que estando en libertad. No se muere cuando nuestro cuerpo deja de bombear sangre, sino antes, cuando al estar con vida se ha dejado de vivir y de sentir la libertad. Y nosotros qué más podríamos pedir si tenemos comida, agua y alojamiento, que ni en un hotel de cinco estrellas. Ya puedo alardear de amo, que es mi gran protector y el héroe de la ciudad, quien salva animales en libertad para encerrarlos en una jaula. Qué valientes. Quien vela por nuestra seguridad para que no nos hagamos daño y será por eso que nos priva del mundo exterior. Todo un honor y lujazo que hayan sido ellos los que me pusieron el cebo y no otros. ¿Te imaginas caer en manos ajenas? No nos olvidemos que las cárceles también dan agua, comida y alojamiento, para qué se iban a fugar los presos de estar encerrados en sus celdas si viven de lujo. Qué desagradecidos. Ahora, me pregunto si entre ellos harán lo mismo. Y me refiero a su descendencia, para qué se van a tratar así entre iguales, mejor será tratar siempre al que está por debajo de nuestro poder y la influencia, a quien tiene más de perder que ganar, porque mientras se viva bajo mi techo, soy yo quien manda. 


No hay más tuyo que aquello que dejas libre y desea volver.

No hay comentarios:

Publicar un comentario