sábado, 17 de noviembre de 2018

Mis mejores amigos

Estaba sentada en la acera cuando un camión me vislumbró con las luces antes de pasar por mi lado. Eran las fiestas del pueblo y apenas se tenía que notar mi ausencia en el grupo de mis amigos, quienes estaban bailando en la verbena del colegio. En realidad, no era la verbena del colegio pero se le concedió el nombre al ceder el recinto para llevar a cabo la fiesta durante toda esa semana de verano. Se celebraban allí todos los años porque era el único sitio amplio que cumplía con los requisitos establecidos por el ayuntamiento para que fuese posible. Lo más probable es que mis amigos estuviesen más pendiente de su próximo polvo en aquella noche como de costumbre, que de saber dónde estaba yo en aquel momento. 

Nadie pasó cerca de mí, y me alegro de que en aquella hora y media que estuve vomitando la borrachera de aquellos tres días no hubiera ningún testigo que pudiese hablar y a los pocos segundos, la noticia volase hasta llegar a oídos de mis padres. No tenía ganas de poner excusas de todo lo sucedido, y mucho menos de contar la verdad. Me faltaban unos días para tener 18 años y ser legal, pero qué me importa la edad que tenga si mi vida seguirá estando igual de jodida que estoy ahora, e incluso peor, y yo seguiré tan hundida por culpa del tabaco, el alcohol y las drogas. Tengo adicción desde hace un par de años, cuando mi consumo empezó por diversión y solamente al salir de fiestas, pero la depresión que sufrí después tras la ruptura de mi última pareja, me hizo refugiarme en ellas para calmarme y, poco a poco, ha ido en aumento. A medida que avanza la noche, como casi siempre, me voy quedando a solas con mis dos mejores amigos. La gente que me quiere se aleja de mí por miedo a lo que les pueda hacer, o simplemente para no dejarse influir; mientras que, quienes me ven por primera vez, se acongojan por el mal aspecto que pueda tener o, simplemente, me rodean con tal de evitar algún posible contacto conmigo por mínimo que sea. En aquella noche todo era distinto, no había nadie que me culpabilizasen por todo lo que estaba ganando y perdiendo en mi vida. Y ahora mismo, ganar y perder son sinónimos. Algunos tan sólo sueltan alguna carcajada en voz alta cuando van en grupo y disimulan no haberme visto cuando al día siguiente o en otro momento nos volvemos a encontrar; mientras que otros directamente me lanzan miradas de odio, asco o repulsión. No tengo ningún sitio al que ir para refugiarme cuando las cosas se tuercen y necesito estar a solas con mis problemas, ni a nadie a quien confiar mis preocupaciones y los miedos que me aterran para evitar volver a caer otra vez en esta mierda. 

A pesar de no ser la primera vez que me encontraba rendida en el suelo sin recibir ayuda de nadie, tampoco era igual a las demás veces. Sentía un calor extremo recorriendo mis venas y una euforia inmensa que me ardía el pecho. A su vez, tenía la necesidad de gritar y reír a cada segundo más fuerte. Si por unos instantes pudiese observar esa misma escena desde fuera de mi piel y en un plano externo a mi vida, podría decir que hasta me daba la sensación de estar manteniendo una cómica e interesante conversación con gente a la que ni siquiera conocía. Ni siquiera me sonaban del pueblo y en la vida les había visto. Apostaría lo que sea a que ni siquiera son de por allí cerca. Realmente no sé de dónde narices habían salido pero me empecé a llevar bien con ellos, y me demostraron que podían ser más atentos y cuidados que mis amigos de toda la vida. Quienes se avergonzaban de mí por ahogar mis penas en el fondo de un vaso lleno de alcohol en lugar de prestarme su hombro para llorar y aclarar mis dudas, aunque sólo sea en mi cabeza. 


En cuanto desperté ya era de día, y supuse que debía de haber sido un sueño hasta que vi entrar a la enfermera por el cuarto y me desubiqué. El habitáculo no era más grande que mi habitación y aunque con menos muebles, prácticamente era idéntica. Me desperté confusa, desorientada y con la idea de seguir soñando. No entendí muy bien qué había pasado ni por qué me habían ingresado en un hospital. Compartía habitación con un chaval que, de primeras, parecía simpático. Aunque lo conocí a los dos días de ingresarme. No hablaba apenas, pero en las pocas palabras que intercambiamos me dio a entender que había perdido la noción del tiempo allí dentro y ya ni se acordaba de los meses, e incluso años, que llevaba en aquella cama. A los cinco minutos antes de despertarme de la anestesia recibí la visita de mis padres. Mi madre me lo había contado todo, a trozos y con lágrimas en los ojos. A mi padre parecía no afectarle la situación, pero podía sentir su dolor al verme allí tirada aparentando estar bien y en realidad estaba más hundida que nunca. En el fondo, somos iguales, no puedo echarle la culpa. Justo cuando se iban a ir casi al atardecer para que pudiese descansar, cogí a mi madre del brazo y tiré todo lo fuerte que pude tirar cuando tienes un gotero que te ha chupado la mayor parte de la energía. Mi madre se giró hacia mí y, con lágrimas en los ojos, le pregunté por mis amigos. Supongo que entendió mal porque me habló de la gente con la que salía todos los años en aquella época, siempre que íbamos al pueblo, y en esa noche me dejó tirada en el suelo por seguir bebiendo para llamar la atención de cualquiera con el que le tirase la caña. 

- No, no… No me refiero a esos, sino a mis dos nuevos mejores amigos. Ayer conocí a dos chicos, quienes estaban conmigo anoche cuando supongo pasó todo y me demostraron que a su lado no me pasaría nada malo. Fue como si me saliese por unos segundos del plano de mi vida y me viese desde otro ángulo de la realidad en ojo de un extraño, y desde fuera, parecía que estuviésemos una conversación interesante entre los tres y, prácticamente, nos reíamos entre nosotros. El ambiente era muy bueno, y me daba la impresión de que los conocía de toda la vida a pesar de no reconocer sus caras ni siquiera de lejos. No eran gente que me sonasen de nada, no los había visto en mi vida, y desde ya eran mis amigos. Tampoco me dijeron de dónde eran ni siquiera me dieron alguna pista para encontrarlos. Aún así, ¿sabéis de quiénes hablo, verdad?

Se miraron entre ellos, y por la forma en la que lo hicieron sentí malas vibraciones; al final, desistí. Pensé que no, pero me vieron con ellos (o mejor dicho con nadie) gritando lo más fuerte que podía y cada vez tenía menos capas de ropa. Al parecer todo sucedió cuando me recogieron del suelo y visto el percance, decidieron ingresarme en un centro de desintoxicación hasta recuperarme. No me quedaba otra opción. Tan sólo tenía una botella de Whisky y otra de Ron Añejo que me llevé sin permiso de la fiesta de la que me escapé. No había nadie, ni nunca lo hubo. 

viernes, 16 de noviembre de 2018

Enjaulados

Éramos libres, hasta que nos encerraron en esta jaula. Parecen que no nos oyen piar ninguna mañanas, ni siquiera cuando se van a preparar el desayuno, ni comen, ni cena… ni nada, y eso que estamos justo encima de ellos a la izquierda. Aquí no pasa nada, y yo ya estoy aburrida de vivir siempre la misma escena entre estas cortinas. Hasta donde alcanza mi vista, creo que estamos justo en el rincón que da al patio interior, y justo delante a unos centímetros más abajo está la mesa en donde ellos comen. Por mucho que gritemos, y pidamos ayuda, sólo escuchan piar esta panda de humanos y sacan las mismas conclusiones una y otra vez: “Necesitan más agua” o “tienen hambre” y, al segundo, alguno de ellos, se levanta inmediatamente a rellenar el tubo por el que solemos beber. Como si sólo pudiésemos decir lo mismo. 

A veces, se les oye gritar, discutir, se pegan los unos a los otros… y sólo en contadas ocasiones, hablan. Nos queremos ir, queremos salir de aquí. Esto es algo parecido a estar en pena de prisión por haber cometido algún delito y a diferencia de los presos, hemos sido castigado por habernos engañado al utilizar como cebo nuestra comida más jugosa y atraernos hacia alguna de sus trampas. Luego, nos metieron en esta jaula y ahora, alardean sobre los héroes en los que se han convertido al rescatar a un poble animalillo indefenso de la jungla del mundo real. Y qué queréis que os cuente. Me pongo de los nervios, sólo de escucharlos hablar sobre nosotros. Y siempre ocurre la misma historia, una y otra vez. Ellos sólo nos oyen piar. Para ellos, tan sólo tenemos hambre o simplemente se nos ha terminado el agua y queremos más. Cómo si no tuviéramos sueños por los que luchar y de los que vivir algún día, ni metas que perseguir. Aunque, a decir verdad, si os soy sincera, ya apenas recuerdo cuáles eran mis sueños más significativos; quizás, los cambié todos por éste otro que no estaba en mis planes: Salir de aquí y volver a ser libre. 

Los humanos parecen demasiado estúpidos y parece que ha sido al revés, hemos sido nosotros quiénes nos hemos puesto el cebo para adiestrarlos a ellos. Pensarán que tienen el derecho a cazar a cualquier animal que esté en libertad, y marcarlo para que sea suyo. Como si fuésemos materia, como si fuésemos la propiedad de alguien, y no alguien (aunque, seamos otra especie) que siente. Según su lógica, ahí dentro (y con ellos vamos a estar mucho mejor) en la jaula que nos han construido antes de planear nuestra muerte, vamos a ser mucho más felices que estando en libertad. No se muere cuando nuestro cuerpo deja de bombear sangre, sino antes, cuando al estar con vida se ha dejado de vivir y de sentir la libertad. Y nosotros qué más podríamos pedir si tenemos comida, agua y alojamiento, que ni en un hotel de cinco estrellas. Ya puedo alardear de amo, que es mi gran protector y el héroe de la ciudad, quien salva animales en libertad para encerrarlos en una jaula. Qué valientes. Quien vela por nuestra seguridad para que no nos hagamos daño y será por eso que nos priva del mundo exterior. Todo un honor y lujazo que hayan sido ellos los que me pusieron el cebo y no otros. ¿Te imaginas caer en manos ajenas? No nos olvidemos que las cárceles también dan agua, comida y alojamiento, para qué se iban a fugar los presos de estar encerrados en sus celdas si viven de lujo. Qué desagradecidos. Ahora, me pregunto si entre ellos harán lo mismo. Y me refiero a su descendencia, para qué se van a tratar así entre iguales, mejor será tratar siempre al que está por debajo de nuestro poder y la influencia, a quien tiene más de perder que ganar, porque mientras se viva bajo mi techo, soy yo quien manda. 


No hay más tuyo que aquello que dejas libre y desea volver.

viernes, 9 de noviembre de 2018

¿Quién soy yo? (Parte 3)

Necesitaba llorar en silencio, incluso para mí. Que mis llantos no escuchen los golpes, ni el eco de mis lágrimas al caer cuando pronuncie tu nombre. No sé si estoy rota o desubicada entre tantos cristales echo añicos que hoy forman el camino por donde piso para llegar hasta mí. He salido a recordar el frío vaho de tus calles sobre mi cuerpo que me hace estremecer, mientras te observo en silencio desde algún rincón perdido de la ciudad. Puedo ver las caras de entusiasmo de quienes pasean por allí la primera vez, y creen estar a tu altura de quienes llevamos años conociéndote y hasta descubrirnos a nosotros mismos a través de tus momentos, sin conocerte lo más mínimo. Incluso, a lo lejos y en la distancia. Aún me sigo sin encontrar, ni los recuerdos sirven como guía para seguir abriendo puertas. ¡Qué importa dónde! Simplemente quiero abrir una puerta más y seguir conociendo mundo, aunque ese mundo lo tenga enfrente y tenga nombre propio. He perdido mis ganas en días cuando brilla el sol y he vuelto a ganar una batalla más, pero qué importa eso ya. No me importa tanto ganar la guerra si he vuelto a perder el foco en cada batalla en la que me pierdo con facilidad. Y aquí estoy, buscando una razón a la sinrazón, la locura a la cordura y el sentido a la vida, mientras escucho de fondo a Bon Iver para ordenar un poco el caos que llevo dentro e intentar que mis ideas fluyan.

He vuelto a salir a dar una vuelta para recordar los viejos tiempos, a airearme y buscarme en cada rincón de mi mente por los que paseo. Aún sigo esperándome en algún sitio al que estoy segura que volveré algún día para empezar a ser una otra vez. Hasta ahora, sólo he conseguido que el frío me cale en los huesos y, vaya, que si me ha calado; me he vuelto a olvidar el chubasquero en casa, pero ya es tarde para recogerlo. Tampoco creo que me importe mucho cuando lo primero que he hecho al llegar a la cafetería y en lugar de pedirme un café bien calentito y a punto de arderme entre las yemas de los dedos, he apostado por un refresco que, minutos más tarde, me estoy tomando con varios hielos en su interior. Y qué bien sienta el frío, pero qué bien me sienta el frío. Ahora que está todo en su sitio, he vuelto a ponerme frente a la hoja y me he propuesto escribir que ni en estas líneas soy capaz de encontrarme a mí. No soy capaz de encontrarme ni siquiera en una lista de la compra que más que ordenar las cosas que me faltan por comprar y amueblar mi casa, me ordena la cabeza entre los espacios que dejo en este cuaderno. Vuelvo a salir del local en busca de nuevas experiencias aunque sólo queden reflejadas en los charcos que voy saltando para no ensuciarme las botas nuevas. Voy por la calle, caminando entre la gente, sin desviar la atención del suelo mientras mis pensamientos dejan de retumbar en mi cabeza y bailan al ritmo de Nuvole Bianche, como si fuese la escena de mi película favorita y me deje llevar por el momento. A veces, y sólo cuando me da por levantar la mirada más allá de lo que puedan ver mis ojos, intento dar en el clavo de las posibles vidas que puedan tener los demás y lo único que consigo es sentirme mal por la mía cuando idealizo las suyas. 

Tengo la sensación de que ni siquiera he salido de casa para escribir estas letras que en mi mente dibujan cada momento bailando entre cualquier espacio de mi vida. El bloqueo del escritor acaba de perder todo el sentido pero el miedo a la hoja en blanco, sigue dejando huella en mí y no me deja avanzar en la historia. No sé cómo borrarlo, que ni la lluvia sabe emborronar con cada gota que cae del cielo y roza el papel. Mis palabras, por su parte, puede que acaben rotas y sin sentido después de estos ¿15 minutos? que he estado sumergida en cada una de ellas, cada vez que alguna salía de mi cabeza mientras sigo inmersa en la lluvia que me lleva calando desde que salí del portal, sin el chubasquero, y aún sigue sin parar de llover. A mí me ha parecido tener el mayor orgasmo que haya podido tener en mi vida y, me acabo de despertar al mirar el reflejo de mi silueta que se dibuja en el cristal de un escaparate vacío y a oscuras, quedándome a solas con la incógnita dentro de qué podrán pensar el resto de mí cuando me vean pasar entre la gente. 


Aún sigo dentro y qué bien se está, cuando ahí fuera, está diluviando.