sábado, 14 de abril de 2018

Un domingo cualquiera

En uno de los días más importantes del año para mi familia porque, como cualquier domingo, nos reuníamos todos otra vez de nuevo para saber más de cada uno y no perder el contacto. Qué tal estaban yendo las cosas en mi trabajo, las rutina en casa con nuestra pareja y alguna que otra anécdota que quisiéramos compartir y habíamos vivido con los amigos. No éramos una familia numerosa, pero tampoco pequeña. Y como cada domingo, solíamos celebrar el día comiendo todos juntos en el salón alrededor del brasero. Aunque, siempre acabásemos bailando y haciendo un poco el payaso entre nosotros. Mi primo siempre saca su ukelele y empieza a cantar hasta que todos le sigamos. Mi madre aprovecha cada segundo que puede para hacer una nueva foto a alguno de nosotros y enmarcar nuestra peor sonrisa para recordar aquellos felices momentos. Siempre nos decía que cuánto peor salíamos en la foto era porque nos lo estábamos pasando mejor que nunca. Mi hermano y mi padre echan mientras una partidita al beer pong después de comer, aunque mis tías siempre les echaban la bronca a pesar de saber que lo seguirían haciendo. Mientras yo, bueno, esta vez estoy aquí contemplando el panorama de no poder moverme porque el médico me ha mandado reposo durante 15 días, y sólo llevo dos. Y mientras, escribo estas líneas sobre todo lo que veo en un papel para publicar un nuevo relato en mi blog, que creo que ya va siendo hora de actualizarlo un poco.

Aunque esta vez era distinto. Y no porque estuviera lesionada, que también. No sólo estaba escribiendo mirando con una tímida sonrisa a mi familia y pensar en ser una afortunada por tenerlos a todos ellos. Además, tenía justo delante de mí, mi cuenco de sopa del que apenas probé dos sorbos. Me moría de hambre, pero no cada vez que le daba un sorbo, se me pasaban las ganas de comer. Aunque me siguiesen sonando las tripas. No sé. Sentía una sensación rara e incluso me atrevería a decir que era la primera vez que me pasaba.

La sopa estaba rica y me la había preparado mi madre con todo su amor, pero había algo que le fallaba y no eran los ingredientes. De repente, me acordé y quizás, hasta lo vi de nuevo. Aunque estuviésemos a kilómetros luz del recuerdo. Cuando era pequeña, me tuvieron que ingresar en el hospital. La enfermedad que padecía siempre se me olvida el nombre, y no tengo espacio entre mis letras para nombrarla. Estuve más o menos una semana, y todos los días tanto para comer como en la cena, me daban sopa. No me gustaba en absoluto, hasta tal punto que siempre que la probaba necesitaba ir al baño porque me daban arcadas y no sabía si devolver lo poco que había comido o tan sólo era una falsa alarma entre un millón. Cada vez que veía entrar a la enfermera con la bandeja y la sopa en ella, me giraba hacia el otro lado y fingía no tener hambre. Llegué a sentir ardores en el estómago, mareos y dolor de cabeza. Por un momento, pensé que era consecuencia de todo aquello que estaba viviendo en aquella monstruosa semana, pero tan sólo era la falta de vitamina que tenía por mala alimentación.

Me sumergí tanto en aquel sueño, que de volverlo a vivir y sentir la cuchara en la boca, del mal olor me desperté de inmediato. Se me cerró el apetito y no quise volver a saber nunca más de la sopa, la hiciera quien la hiciera.


Hay platos que saben horrible porque guardan un apestoso recuerdo.

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