lunes, 30 de abril de 2018

Al diablo

Paul no tenía nada que llevarse a la boca para comer. Sentía un vacío inmenso en el pecho durante todo el año, pero más aún cuando se acercaba la época de abrir los regalos y estar con los que nos rodean. No tenía a nadie con quien poder reír a carcajadas ni confiarles sus alegrías y problemas. Nunca fue de creer en ningún dios, pero desde hace un año, rezaba cada noche para que algún día pudiese disfrutar de lo que jamás ha tenido. No tenía a nadie y todo aquel que pasaba por su lado, le miraba con miradas de ascos y le deseaba el mal. La única ilusión que le quedaba era agarrar con todas sus fuerzas la taza que sostenía entre sus manos, notando el calor entre sus dedos y miraba con deseo a todos esos padres e hijos que paseaban de la mano. Le gustaba imaginarse una vez más paseando por allí mismo, agarrado de la mano de su madre mientras le gastaba pequeñas bromas a su padre. Algunos montaban a caballito mientras se contaban anécdotas graciosas o soltaban algún que otro chiste para sacarse una sonrisa. Alzó la vista hacia arriba y no pudo evitar echar una lágrima al recordar los ojos claros de su madre nada más vislumbrarle aquellas luces de colores que adornaban las calles de la ciudad.

Estaba sentado en las escaleras de un soportal con una manta vieja que había recogido de la basura. No solía ir a muchos sitios, por no decir a ninguno. Y a los pocos a los que iba, era por necesidad. De vez en cuando se tenía que levantar para dejar paso a quienes saliesen del portal en el que se había alojado. No solían ser más de dos o tres veces por día. Tan sólo vivían allí una pareja de ancianos, quienes le invitaron a subir a su casa para ofrecerle una sopa caliente y vendaje después de que le persiguiera la policía por vivir en la calle y no tener a dónde ir; un chico joven que era informático y trabajaba desde casa; y una señora mayor que paseaba todas las mañanas a su perro. El barrio que había elegido para quedarse a vivir durante una temporada era tranquilo y, normalmente, no solía haber ningún peligro por la zona.

Paul tenía 17 años y era vagabundo, pero su orgullo y ego eran tan grande que se negaba a recibir cualquier ayuda que le pudiesen ofrecer. Siempre había odiado vivir de la caridad y aunque lo necesitaba, prefería ganarse el pan de cada día con el sudor de su frente. Rehusó la invitación de varias personas que paseaban por la calle y le invitaron a un bocadillo nada más verlo allí tirado, desnutrido y casi sin aliento. Minutos antes habían pasado por el supermercado más cercano una pareja joven y alegre, pero se negó a recibir nada. Les dio las gracias por su buena fe. La ropa que llevaba puesta era vieja y estaba rota. No hace más de un año, después del impacto por todo lo ocurrido que empezó a sentir un vacío inmenso en el pecho. No había ni un solo día en el que no se acordase ni rezara ninguna oración por sus padres. No era capaz de sonreír al recordar su última comida juntos antes de que cogiesen el coche y tuvieran el accidente.

No tenía la culpa de la muerte de sus padres y, aún así, se sentía culpable por lo que pasó. Tiene muy poca autoestima. Huye de todo lo bueno que le ocurre y se excusa a sí mismo cuando algo le sale bien. Cada día tiene una media de siete pensamientos negativos que lo destruyen.

Lleva varios días pensando que todo lo que está viviendo se lo merece. Nunca ha tenido amigos, ni parejas… y ahora tampoco tiene padres en los que confiar lo divertido o lo catastrófico que ha sido el día antes de irse a dormir. Siempre había deseado con toda su fuerza tener la suerte de contar con alguien en quien poder confiar sus problemas, las filias y las fobias. Sentir el apoyo de alguien con quien no compartiese techo ni vivienda. Empezaba a pensar que, quizás, todo aquello que le ocurría era culpa suya y todo se debía a su forma de ver las cosas.

sábado, 14 de abril de 2018

Un domingo cualquiera

En uno de los días más importantes del año para mi familia porque, como cualquier domingo, nos reuníamos todos otra vez de nuevo para saber más de cada uno y no perder el contacto. Qué tal estaban yendo las cosas en mi trabajo, las rutina en casa con nuestra pareja y alguna que otra anécdota que quisiéramos compartir y habíamos vivido con los amigos. No éramos una familia numerosa, pero tampoco pequeña. Y como cada domingo, solíamos celebrar el día comiendo todos juntos en el salón alrededor del brasero. Aunque, siempre acabásemos bailando y haciendo un poco el payaso entre nosotros. Mi primo siempre saca su ukelele y empieza a cantar hasta que todos le sigamos. Mi madre aprovecha cada segundo que puede para hacer una nueva foto a alguno de nosotros y enmarcar nuestra peor sonrisa para recordar aquellos felices momentos. Siempre nos decía que cuánto peor salíamos en la foto era porque nos lo estábamos pasando mejor que nunca. Mi hermano y mi padre echan mientras una partidita al beer pong después de comer, aunque mis tías siempre les echaban la bronca a pesar de saber que lo seguirían haciendo. Mientras yo, bueno, esta vez estoy aquí contemplando el panorama de no poder moverme porque el médico me ha mandado reposo durante 15 días, y sólo llevo dos. Y mientras, escribo estas líneas sobre todo lo que veo en un papel para publicar un nuevo relato en mi blog, que creo que ya va siendo hora de actualizarlo un poco.

Aunque esta vez era distinto. Y no porque estuviera lesionada, que también. No sólo estaba escribiendo mirando con una tímida sonrisa a mi familia y pensar en ser una afortunada por tenerlos a todos ellos. Además, tenía justo delante de mí, mi cuenco de sopa del que apenas probé dos sorbos. Me moría de hambre, pero no cada vez que le daba un sorbo, se me pasaban las ganas de comer. Aunque me siguiesen sonando las tripas. No sé. Sentía una sensación rara e incluso me atrevería a decir que era la primera vez que me pasaba.

La sopa estaba rica y me la había preparado mi madre con todo su amor, pero había algo que le fallaba y no eran los ingredientes. De repente, me acordé y quizás, hasta lo vi de nuevo. Aunque estuviésemos a kilómetros luz del recuerdo. Cuando era pequeña, me tuvieron que ingresar en el hospital. La enfermedad que padecía siempre se me olvida el nombre, y no tengo espacio entre mis letras para nombrarla. Estuve más o menos una semana, y todos los días tanto para comer como en la cena, me daban sopa. No me gustaba en absoluto, hasta tal punto que siempre que la probaba necesitaba ir al baño porque me daban arcadas y no sabía si devolver lo poco que había comido o tan sólo era una falsa alarma entre un millón. Cada vez que veía entrar a la enfermera con la bandeja y la sopa en ella, me giraba hacia el otro lado y fingía no tener hambre. Llegué a sentir ardores en el estómago, mareos y dolor de cabeza. Por un momento, pensé que era consecuencia de todo aquello que estaba viviendo en aquella monstruosa semana, pero tan sólo era la falta de vitamina que tenía por mala alimentación.

Me sumergí tanto en aquel sueño, que de volverlo a vivir y sentir la cuchara en la boca, del mal olor me desperté de inmediato. Se me cerró el apetito y no quise volver a saber nunca más de la sopa, la hiciera quien la hiciera.


Hay platos que saben horrible porque guardan un apestoso recuerdo.

lunes, 9 de abril de 2018

Parálisis del sueño

Me desperté en mitad de la noche, y ni siquiera pude volver a cerrar los ojos para dormir de nuevo. No podía mover un músculo de mi cuerpo, ni siquiera un dedo. Tenía los ojos como platos en mitad de la oscuridad, mirando a la nada. Sentí miedo, ansiedad y vergüenza. Sentí la presencia de mi madre, pero sabía que eso no podía ser verdad. Mi madre está al otro lado de la pared. La habitación de mis padres está junto a la mía, además, mi madre esa noche no dormía en casa. Cuestiones de negocio. Algún curso para profesionales de su sector. Nunca entendí muy bien a qué se dedicaba y me resulta realmente embarazoso mirar a alguien a los ojos cuando me preguntan por su oficio. Nadie da crédito ni atiende a razones.

Apenas estaba en casa, y siempre tenía algo que hacer. Pasaba gran parte de su vida viajando de un país a otro, y siempre estaban los negocios por encima de todo. Siempre me decía que todo aquello lo hacía por mí, para costearme los estudios y que yo pudiera ir a una universidad de lujo. Aunque yo no quería, pero no escuchaba a nadie. Anteponía siempre los demás a su propia vida y felicidad, y siempre miraba por los lujos y caprichos que se pudieran permitir el resto. Aunque a ellos esos caprichos no les interesara. Apenas pisaba por casa. Yo siempre esperaba despierto a que llegara ella para darle un abrazo y poder respirar tranquilo al irme a la cama. Cuando parecía no llegar, siempre ponía la misma excusa para no preocuparnos.

Aún así, todas esas veces, siempre me iba a la cama con lágrimas en los ojos, y rezando porque volviese sana. Me quedaba despierto en la cama hasta que escuchase el leve portazo que daba siempre al entrar. Esta noche no pasó nada. No estaba, no iba a venir nadie. Al principio, pensé que me desperté debido a una pesadilla que hubiese tenido en el sueño y, por un momento, me llegué a cuestionar si había comido demasiado en la cena. Pero, no. Sólo había tomado un sándwich y un vaso de leche con galletas, como todas las noches antes de irme a dormir. No podía ser la cena, había comido lo de siempre. Y tampoco pudo ser una pesadilla porque lo recuerdo feliz. Había tenido un sueño bonito y al que me gustaría volver para ser feliz, aunque sólo sean unas cuantas horas. Había vuelto a mis 15 años y estaba en un parque con mis amigos tocando la guitarra y pasándonos la cachimba entre todos. No creo que fuera esto una pesadilla, el recuerdo que mantengo como ya he dicho no es desagradable sino todo lo contrario.

Por otra parte, tenía mucho sueño y aún así no era capaz ni de cerrar siquiera los ojos. Y si me paraba a pensarlo en frío, este hecho me inquietó bastante hasta quitarme el sueño que no conseguía conciliar. Notaba como una presencia por la habitación aún sabiendo que no había nadie. Entre cada movimiento, podía ver una sombra oscura similar a la figura de mi madre. No sabía qué me estaba ocurriendo. No eran alucinaciones pero sabía perfectamente que si se lo contaba a alguien me señalaría con el dedo como si estuviera loco, ni siquiera sabía si me podía fiar de mí. Había una lucha interna entre la razón y mi cordura. La razón apoyaba a las imágenes que estaba viendo con mis propios ojos y a todo ese cúmulo de emociones que estaba viviendo al verlas. Mientras que, la cordura, no hacía más que repetirme una y otra vez en la cabeza que eso no podía ser así, porque sabía perfectamente que mi madre aún no había llegado de la excursión que hicieron por negocio en su empresa. Ya no sabía qué hacer, si contarlo a la mañana siguiente o callármelo.

Fueron apenas 10 minutos todo lo que duró mis alucinaciones, por llamarlo de alguna forma. Aunque sentí que ese corto plazo de tiempo se hizo eterno por un momento y fuera eterno. Necesitaba decírselo a alguien, y en cuanto entré a la consulta del médico, me explicó detenidamente que sólo había sufrido una leve parálisis del sueño. Nada preocupante, aunque me estuviese alerta porque me podría volver a ocurrir y sería el doble de fuerte.