martes, 27 de marzo de 2018

Valors

Estaba a la espera de pagar los artículos que tenía entre mis brazos. Ni siquiera me paré a coger una cesta para ir más cómoda. Sólo serían un par de minutos, era mi excusa favorita para no moverme ni un milímetro más y perder el sitio. Sabía perfectamente que nunca serían dos minutos, siempre se alargaba el tiempo de espera. Aunque, en el supermercado al que suelo ir normalmente sólo hay una y como mucho dos personas por delante de mí. Esta vez, la cola se alargaba más de lo previsto. Parece que no acaba nunca. Este supermercado sólo tiene dos cajeras que siempre se turnan entre ellas, en lugar de avanzar más rápido estando las dos en caja. Una va excesivamente rápida con los clientes, hasta tal punto que, como te despiste, te quedas sin la vuelta del cambio. Mientras que, la otra, bueno, la otra... pues aquí me tienes, escribiendo estás líneas desde el móvil. Los brazos me empezaban a doler del cansancio de llevar todo el peso encima.

A veces me miro desde otro punto de vista, en perspectiva, y me hace gracia la situación en la que acabo por estar. Parece que hago malabares mientras espero a pagar la compra. Sólo tienes que ver los productos sobre mis brazos, el móvil en una mano e intentando escribir bien los mensajes que me han llegado en aquellos laargos segundos con la otra. Yo sigo con la lengua fuera y ya no sé si por cansancio y sentir los brazos muertos, querer salir de aquel infierno que se forma siempre cuando voy a pagar o simplemente por no ser capaz de escribir bien y acabar enviando tres mensajes iguales hasta que salgo del local y lo vuelvo a reenviar porque no se me entiende. Por unos segundos, parece que la cola avanza y yo voy llegando a la cinta para dejar mis cosas, coger aliento y poder respirar aire tranquilamente... pero, no. Aún así, me pasa algo curioso.

Justo delante de mí tengo a una mujer con el pelo rubio y rizado a lo afro. Tendrá unos 42 años aproximadamente, y tirando por lo bajo. Vestía una sudadera rosa palo y debajo de ella, portaba una camiseta blanca ennegrecida que, a primera vista, daba la impresión de haber venido justo después del entrenamiento. Estaba escuchando música y, podría deducir hasta el grupo de la canción por el alto volumen en el que lo tenía. Llevaba consigo dos paquetes en su regazo. Uno se podía ver claramente que era arroz, pero en el otro ya no me pude fijar muy bien, y junto a ellos llevaba un monedero azul marino. Nada más dejar los dos paquetes sobre la cinta, abrió el monedero y, sin darse cuenta, cayeron dos monedas de veinte céntimos que rodaron por el suelo hasta llegar a mí por casualidad.

Aún no sé si hice bien pero sentí que había hecho lo correcto. Me pude haber quedado de brazos cruzados, sin hacer nada. No eran míos y no era mi obligación recogerlos, por qué me iba a molestar yo en agacharme y recogérselas. Aún así, lo hice. Me agaché, las recogí y, por un segundo, pensé en quedármelas porque, quién no lo haría, sólo son 40 céntimos de nada y ni siquiera se había enterado de que se le habían caído. No creo que suponga ningún problema ni mucho menos esté penalizado que yo me quede unas monedas que me había encontrado en el suelo. Pero, no. No eran mías y no me las podía quedar yo. Eso no era justo. Además, ¿y si pasara al contrario? No me hubiera gustado que no me lo devolvieran por pequeño que sea su valor.

- Disculpe…

Le dí un par de golpecitos en el hombro para llamarla, pero casi ni se inmutó. No me escuchó, o no me quería oír. Volví a llamarla de nuevo y esta vez, se volvió hacía mí casi exigiendo una respuesta por haber interrumpido su parte favorita de la canción o eso intuí yo. Aún así, fue amable conmigo. Supongo que había sentido el empujón, me miró y me preguntó que qué quería. Sin decir nada, la miré a los ojos, le tendí la mano y le devolví su dinero.

- Tome, creo que esto es suyo. Se le ha caído…

En ese momento, pude ver cómo se le iluminaba la cara con una sonrisa de oreja a oreja. Fue un gesto bonito y lleno de amabilidad por ambas partes. Estaba feliz. Le devolví la sonrisa y acto seguido miré hacía el suelo ruborizándome. Me dio las gracias y tampoco tuvimos mucho tiempo para entablar conversación, ni tampoco tema más allá de las monedas; aunque supongo que lo que menos, ganas. Las dos nos queríamos ir para nuestra casa y descansar en paz. Segundos más tarde, miró hacia delante y avanzó. Era su turno.
- Hola, buenos días, ¿desea bolsa? – Preguntó la cajera.
- Sí, muchas gracias – Respondió la señora, amablemente.
- Pues son 6’40 cent.
- Tome – Le tendió la mano con las monedas en su interior, y se fue.
- Que tenga buen día. - Le deseó la cajera.
- Gracias, e igualmente - Volvió a respondió amablemente la señora, y esta vez con una sonrisa en sus labios.

La siguiente era yo.

Nada más terminar de pagar, recogí mis bolsas y salí por la puerta para volverme a casa y hacer la cena; y sin darme cuenta, me esperaba allí fuera. Sólo me quería dar las gracias porque, de no haber sido por esos 40 céntimos, tendría que bajar de nuevo porque no tenía suficiente y sin uno de aquellos dos paquetes, a su marido le quedarían horas de vida. Y segundos más tarde, pudimos escuchar cómo caía la cadena de seguridad contra el suelo mientras nos despedimos y cada una cogió caminos distintos para irse a su casa.

Tenía lo justo, y me prometió que me devolvería el favor.