martes, 30 de enero de 2018

Vicios

Nos conocemos desde que éramos pequeños y nuestro mayor aliado ha sido siempre la música. Nos sentíamos incomprendidos ante el resto de nuestros compañeros, siempre nos echaban en cara que trabajábamos mucho y en lo único en lo que pensábamos era en currar en el próximo proyecto que ocupase espacio en nuestra mente. Tampoco lo voy a negar, sigue siendo así. En este sentido, nada ha cambiado. Hace unos siete años atrás, nos decidimos a formar una banda. Total, quedábamos casi más tiempo como músicos que como grupo de amigos. Por qué no arriesgarse, no perdíamos nada. Aunque, a decir verdad, nos pasábamos casi la totalidad de nuestro tiempo haciendo el tonto entre nosotros, entre risas y gilipolleces. Mientras el resto, nos miraba con cara de asombro cuestionándose qué hacíamos con nuestras vidas. “Sólo son un par de críos, cómo les gusta fantasear” “Míralos, pero qué ricura” “Paletos, vosotros tenéis que estar en clase y no en la calle pidiendo” y otras críticas con las que hemos tenido que tragar desde que comenzó nuestra andadura en la música. 

Tenemos un sueño prácticamente desde que nacimos y, probablemente, le demos más vueltas en música a cualquiera que tuviese el valor de criticar nuestro talento para humillarnos públicamente. Íbamos todos al conservatorio desde los 5 o 6 años, y allí nos conocimos. Podríamos decir que el conservatorio se convirtió en nuestro lugar de reencuentro todos los viernes al salir de clase hasta las nueve de la noche que cerraban las puertas. Nos preparábamos bocadillos de jamón y queso para comer juntos. Curiosamente, mirábamos a la gente de nuestra edad, en los botellones, en clase, en el parque... y observábamos cada conversación que pudiesen tener entre ellos. Algunos buscaban las risas en el fondo de un vaso lleno de alcohol un viernes por la noche y, aunque fuese lunes, ya esperaban con ansías el fin de semana para volverse a emborrachar. Otros, inundaban sus pulmones con el humo que habían esculpido poco a poco hasta llegar a la última calada del cigarrillo que sostienen en la mano. Y luego, nos mirábamos a los ojos los unos a los otros, buscando alguna respuesta a todo aquel panorama, ya no sólo en los jóvenes de nuestra edad, más bien buscábamos la respuesta entre todas las preguntas y las críticas que recibíamos de no exhibirnos ni ser el centro de todas las miradas en un parque, cuando alguien se le va de las mano y suena la ambulancia a lo lejos para socorrerlo. Nunca entendí por qué siempre me juzgaron y nos tildaron de "raros" por no seguir lo establecido. No queríamos ser como ellos, nosotros éramos (y seguimos siendo) felices con lo que hacemos. Al tiempo de acabar los ensayos nos gustaba mirarnos las manos, y sonreíamos al segundo por verlas curtidas y llenas de callos. 

Éramos felices y la música nos daba la vida. Nosotros nos divertíamos con una guitarra, un piano, dos bajos y una batería en nuestras manos. Cada uno lo vivía a su manera y, hasta hace nada no nos dimos cuenta que teníamos un problema e incluso, tan grave como el que se refugia en el alcohol o en las drogas. Tenemos un vicio y, como otro cualquiera, siempre son agradables mientras dura el efecto hasta que te despiertas y te das cuenta de todo lo que has perdido. Nos hemos envenenado de vicios, y por muy buenos que sean, siguen siendo tóxicos. Todos los vicios son horribles. Y quien tiene uno, siempre acaba perdiendo algo.


Si no lo pagas con tu salud, ya lo sufrirá tu bolsillo. 

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