miércoles, 31 de enero de 2018

Luna

Sentía ardores en la frente, mi estómago se impacientaba y exigía más comida a pesar de no tener a ninguna presa de la que poder alimentarme cerca de mí. Mi cuerpo experimentaba a cada segundo que pasaba alguna broma que no me hacía ni pizca de gracia. A veces, me daban serios pinchazos en el estómago. Otras, tan sólo aullaba por dolor, temor o nerviosismo. Apenas supe que me podía ocurrir. Nunca había sentido nada parecido. Llegué a pensar que era mi final sin ni siquiera saberlo. Podíamos haber llegado al final de los hombres lobos y ya no nos quedaba más oxígeno del que llenar nuestros pulmones.

No había nadie que merodease por allí. Estaba en mitad de un camino de tierra, algún que otro bache y obstáculo que dificultaba el paso a los coches. A sus alrededores había varias parcelas de las que, por entonces, no sé conocía nada. Quizás estuviesen abandonadas o sus dueños duerman en la ciudad, pero nunca se escuchaba ni un solo ruido en las casas. Tan sólo se escuchaba el canturreo de los grillos y saltamontes por el campo. Era una zona tranquila, por norma general. Nunca pasaba nada extraño y de lo que pudiesen saltar las alarmas. Aquella noche, en cambio, hubo varios tiroteos. Tuvimos suerte, y todos ellos ocurrieron a unos 7 kilómetros de distancia de donde estábamos nosotros. Había empezado la temporada de caza, pero estábamos a salvo. Nunca se habían acercado a un hombre lobo y cuando así era, huían de nosotros.

El dolor que sentía cada vez iba a peor. No era capaz de frenarlo. Me rebozaba en la tierra, me tumbaba y hasta fui en busca de agua por si fuese ese el motivo por el que me estaba ahogando en mi propio veneno. Nada. No sólo no menguaba, sino que también se intensificaba a cada segundo que marcaba el reloj, y cada vez era más insoportable. No podía aguantar ni un segundo más. Notaba que me faltaba el aliento, apenas di un par de pasos y ya estaba muerto del cansancio. No me quedó otro remedio que pararme en mitad de la oscuridad, me llevé la mano al pecho e hice muecas de dolor. Sentía cómo se aceleraba la respiración y empecé a respirar fuerte. Un par de veces, al menos las pocas veces en la que era consciente de lo que me estaba pasando, sufrí un pequeño mareo repentino. Todo se movía, la cabeza me pesaba y me daba vueltas. No sabía qué me estaba ocurriendo. No lo suelo experimentar con frecuencia, es más, hasta hace relativamente poco ni siquiera tenía nada.

Había luna llena.

Miré al cielo en una de esas veces y me quedé absorto observándolo. El cielo era lo más claro que podría ser dentro de la noche. No había ni una sola nube afeando la imagen, y la luna brillaba más que nunca. Me quedé embobado mirando el reflejo de su luz que proyectaba mi cara en el charco que había justo a dos pasos de distancia hacia la izquierda de donde estaba yo. Me asomé lo más rápido que pude para verme, aunque sin querer me dejé en segundo plano. Yo ya no era importante como para verme reflejado en un charco en la oscuridad.

Empecé a recordar todo lo que estaba viviendo y me observé seguir unos patrones. Mis emociones estaban guiadas por unos patrones. El dolor que sentía hasta que dejó de tener espacio en mi mente, también. No sabría cómo explicarlo, pero empecé a asimilar todo lo que me estaba ocurriendo en aquellas últimas semanas. Empecé a encontrar respuestas en las preguntas que me hacía el primer día que aparecieron los ardores en mi estómago, la fiebre y el dolor. Al menos, empecé a deducirlo. Siempre tosía, me ponía enfermo, sufría náuseas y dolores de estómago y de cabeza, cuando había luna llena como la de aquella noche.

Poco a poco, esos síntomas fueron a más. Me seguía quedando embobado mirando a la luna, a su luz y al reflejo que proyectaba en cada charco. Veía alucinaciones, y hasta me creí estar hablando con ella sin que nadie ni nada me llamara chiflado. Ni siquiera me importaba que alguien me viera hablando con ella, aunque a ojos de cualquiera pudiera parecer que hablase solo. Sentía los mismos nervios del primer día, pero era feliz. Era una sensación odiosa y amada a tiempos iguales. Quería vivirla cada minuto de mi vida y ya no me importaba si cuánto dolor pudiera sentir. Tan sólo era cuestión de segundos para que yo me volviera a sentir así y, poco a poco, empecé a cronometrar el tiempo que faltaba para volver a vernos de nuevo.

Aunque sólo fuese a través de mi reflejo.  

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