lunes, 29 de enero de 2018

Espejismos

Me fui de escapada al monte con mis amigos durante un fin de semana. Se trataba de una decisión que tomamos como terapia para desconectar de la rutina, el estrés y la tecnología. Se me olvidó por completo llevarme algo de dinero por lo que nos pudiera pasar; pero, nah, ya improvisaríamos. Ni siquiera teníamos calderilla que nos pudiese salvar en casos extremos y de emergencias. Aunque tampoco me preocupaba mucho, siendo sinceros. Al fin y al cabo, la intención de aquella escapada era gastar lo menos posible. Ni tiempo, ni dinero, ni invertir en emociones tóxicas que, a largo plazo, nos pudiese perjudicar más de la cuenta. Además, llevo desde hace ya un tiempo investigando sobre el minimalismo y la cultura japonesa kayzen. Llevo un tiempo queriéndolo adoptar como estilo de vida. No puedo gastarme nada en algo que no me aporte ningún valor a mi vida o lo vaya a dejar tirado en algún rincón de la casa. Siempre me ha parecido curiosa su teoría y desde siempre la he querido poner en práctica. He dicho gastar, no invertir. Gastar en comida me parece una inversión con la que siempre tendremos que contar y tener en mente. Aunque, a decir verdad, tampoco hay supermercados por allí cerca y no me serviría de mucho llevar dinero encima. Aún así, me da la sensación de que se me olvidaba algo y no sé el qué. 

Lo dejamos absolutamente todo. No teníamos nada con nosotros. Tan sólo nos teníamos los unos a los otros, y lo poco material que nos habíamos traído consigo. Nos queríamos escuchar y empatizar más con el grupo. Antes de aquella salida, no hacíamos más que discutir y sólo había malos rollos entre todos nosotros. Queríamos romper por la raíz con todos nuestros problemas y la mala rutina que habíamos adoptado en nuestras amistades. Queríamos salvar la relación que tenemos y hemos consolidado en años. 

Las dos primeras horas fueron las más duras de toda la excursión. El problema surgió cuando tomamos la decisión de idear planes para sobrevivir a aquellos tres días que teníamos por delante para pasarlo en familia y, ya no sólo por supervivencia, sino también por diversión y vivir alguna experiencia digna de contar como anécdota en algún futuro a algún amigo, familiar o conocido. Nadie se ponía de acuerdo y todo aquello era un caos. Resultaba realmente muy difícil ponerse de acuerdo en algo cuando nadie se paraba a escuchar lo que decía el resto, porque estábamos demasiado ocupados en decir nuestro plan. A mí hasta se me inundaron los ojos al ver que detrás de aquella sólida relación y fuertes lazos que nos unía a todos, no había nada. Parecía que todos los buenos momentos que habíamos pasado juntos se esfumaran de repente, no existían. Me daba mucha rabia y lástima el ambiente pero, en especial, nosotros. No comprendía como personas que se llegaron a ser uña y carne se empezaron a convertir en humo. Nadie sabía nada de nadie, y no teníamos nada que contarnos. Ni siquiera había un motivo que nos hiciera confiar en alguno de los del grupo y, por si fuera poco, cada vez el ambiente se tensaba aún más. Ninguno tenía la intención de ceder su propuesta y hacer la de otra persona. Parecía que todas aquellas emociones tóxicas fueran eternas. El tiempo no ayuda en absoluto. Más bien, todo lo contrario. Nos complicaba aún más la situación y más ganas teníamos de perdernos a todos de vista, fantaseando con una nueva vida y conociendo a gente nueva.

Nadie escuchaba, todos queríamos aportar y aportar nuestro granito de arena, aunque lo tuviésemos que hacer gritando. Lo peor de todo, en algún momento de las discusiones, nos dejamos de escuchar incluso a nosotros mismos. Empezamos a dejarnos en segundo plano, a no darnos importancia ni prestar atención incluso a lo que decíamos y, cada uno, empezó a dejarse llevar por su instinto. Ya no éramos un grupo enfrentados entre ellos porque nadie nos comprendía, ahora dejamos de ser alguien con voz y voto de un colectivo para empezar a alimentar al ego que teníamos dentro.

A la media hora o poco más, dejamos todo lo que estábamos haciendo para reunirnos entre todos y aportar soluciones. Veíamos absurdos buscar las respuestas en solitario, cuando muchas de ellas se necesitaba el apoyo de alguien más. Y ahí, sucedió el cambio. El grupo se volvió a formar pero de manera distinta al que se disolvió. Empezamos a actuar como grupo y dejamos de pensar menos como individuos. Nos dimos cuenta que aquellos largos minutos a solas con nuestras conciencias fueron necesarios para que se reconciliasen nuestros orgullos. Retomamos el hilo de la conversación por donde lo dejamos antes de ponernos a discutir y faltarnos al respeto al gritarnos por hacernos escuchar por encima del resto. Empezamos a anotar en el camino todas nuestras necesidades como posibles intereses dentro del grupo que, con el tiempo, se convirtieron en pequeñas sinergias y pudimos trabajar sobre varias de ellas en conjunto. Poco a poco, gracias a esta dinámica de grupo que creamos en pocos segundos, nos fuimos conociendo y nos empezamos a ver de manera diferente a cómo lo solíamos hacer antes de irnos de viaje. Ahora, nos empezamos a conocer de verdad, nuestros talentos, las habilidades que tenemos cada uno, los miedos por los que temblábamos por cobardía, inquietud o sentíamos falta de aire. Éramos la solución a todos nuestros problemas y no nos habíamos dado cuenta hasta ahora. Todas nuestras cualidades influían en cada decisión que pudiésemos tomar para sobrevivir en mitad de la nada. Comenzamos a mirarnos a los ojos, sorprendidos de lo que estábamos viendo, llorando de la emoción y hasta dando saltos de alegría, abrazados entre varios de nosotros al ver que la conclusión a la que estábamos llegando entre todos, la teníamos delante de nuestras narices durante todo este tiempo y no nos habíamos parado a pensar. En aquel viaje, además de viajar a un lugar perdido por el momento, nos dimos cuenta que se podía viajar también entre personas y gracias a las cuales encontramos nuestro camino.

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