domingo, 21 de enero de 2018

Cuento mágico

Acabo de pasar por el acueducto después de dar un largo paseo por la ciudad y me ha recorrido un cúmulo de sensaciones este lugar. Ahora mismo, estoy parada escribiendo estas líneas debajo de uno de sus arcos. He echado la vista atrás y, por primera vez, me he visto desde fuera. En perspectiva, como si quien estuviese en mitad de la plaza del Azoguejo, sin hacer nada, no fuera la misma persona que se contempla a sí misma. Como si no fuera yo quien estuviese allí mismo, incluso cuando sí que lo soy. Y me sorprende. 

No soy capaz de asimilar la de millones de cosas que he podido vivir aquí. Ni sé el número exacto de veces que he pisado esta plaza y este lugar, como ahora. La mayoría de veces, estaba de paso y, sólo en contadas ocasiones, adoptaba la misma postura que tengo ahora. Algunas veces, estaba con mis amigos o algún compañero de clase o de alguna actividad a la que fuéramos juntos y habíamos quedado para tomarnos algo entre amigos y risas; en otras, íbamos unos cuantos con un cubata encima y alguna que otra botella de licor para rellenar siempre que se nos terminase el alcohol en el camino a la discoteca a la que fuéramos a ir. Y sólo en contadas ocasiones, paseaba por allí al venir de correr. 

Me sorprende la enorme cifra de cosas que he podido vivir aquí y, a día de hoy, con orgullo puedo decir que forman parte de mi vida. Anécdotas que vuelvo a vivir con sólo recordarlas, al contárselas a alguien. Hace unos cuatro años, recién llegué a la ciudad cargada de maletas, miedos e inseguridades, y de la mano de mis padres, veía la ciudad con ojos de turistas. Tan sólo era una extraña más que paseaba entre sus calles. No conocía a nadie; y nadie conocía mi nombre. En ese momento, pensé que podía ser quien quisiera ser, y empezar mi vida desde cero. Un punto de inflexión para cambiarme de arriba abajo. Ni siquiera sabía dónde estaba la oficina de turismo y tras preguntar, con más pudor y vergüenza que picardía a un par de extraños que pasaban por casualidad por allí, la encontré.

En cambio, ahora mismo, me siento igual y diferente. Me explico, a pesar de llevar aquí cuatro años, acabo de volver a ver la ciudad con ojos de turistas y me acabo de sentir extraña pero, en confianza. Suena a ironía, pero es cierto. Si hace falta, párate a pensarlo y sígueme el rollo si es necesario.

Acabo de sufrir un déjà vú pero a la inversa. No sé si me explico. He vivido tanto en estos últimos años aquí que, he recordado a la misma niña que llegó a esta ciudad para emprender una nueva vida en ella y no he podido sonreír de la emoción por dentro, ni temblar de los nervios que sentí la primera vez al saber que aquel día me quedaría a solas y todo esto sería un mundo para mí. No tengas miedo, todo lo que está por venir es muy grande. Había pensado para adentro, por si en algún momento lo escuchase mi pasado; me he mirado las manos, las he metido en los bolsillos para protegerme del frío y me he vuelto a casa con una sonrisa en los labios, entrecortados por culpa del frío; y con ganas de volver aquí, aunque sólo sea de visita y a destiempo. 


Y ahí entendí la magia. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario