sábado, 1 de diciembre de 2018

0 Inspiración

Últimamente, no soy capaz de contar nada. Es sentarme delante del escritorio, y me anulo. Tengo la necesidad de salir y no sólo de mi cuarto, sino de la rutina, los agobios y el estrés. Voy a dar una vuelta y acabo escribiendo siempre en el mismo sitio de siempre, bajo el mismo techo aunque mi alrededor sea el mismo. Nunca me encuentro rodeada de la misma simpatía, que no menor. Lo peor de todo, acabo por mecanizar mi proceso creativo. Algo que va matando poco a poco a mi inspiración, o quizás la poca que me queda ya. No sé si seré yo, el lugar en donde nace mis ideas o las historias que trato de contar intentan decirme algo. Aunque, de todo lo que te estoy contando, algo sí que ha cambiado. Mis letras ya no suenan igual que antes, ahora llevan por bandera a las canciones de Vetusta Morla o Love of lesbian y, excepcionalmente, me saben a Izal. Quizás sea yo y no me sé expresar. Mis pensamientos hacen tanto ruido en mi cabeza que no soy capaz de expresarlo de una forma coherente y lógica. También está la posibilidad de que no sepa buscar mis historias, aunque sólo sea en fondo. Puede que cualquier lugar sea bueno para escribir, pero no cualquier lugar es el adecuado para todas ellas. Ahí, quizás, está mi problema. Tengo tantos sitios que elegir para protagonizar cada idea, que no sé por dónde empezar. No sé ni siquiera si tomarme un café o un refresco con hielo en pleno invierno, mientras me dejo absorber por la realidad para luego plasmar todo lo que haya podido retener sobre el papel; como voy a ser capaz de decidir sobre la muerte de mi personaje. Mi canción favorita quizás determine su final y deba morir, perder al amor de su infancia que se convirtió en su vida, quedarse en bancarrota o visitar el inframundo y estar bajo el mandato de Hades, enamorado a su vez de su hermano Zeus. Quizás, tenga más que ver la ciudad que soy ahora o el campo en el que un día me perdí y desde el que escribo para encontrarme algún día conmigo, sin que nada de lo anterior tenga sentido. Realmente, no sé qué puede estar pasando por mi mente para no tener nada que decir durante meses, pero sí unas ganas enormes de devorar papel con mis ideas. Puede que sólo me abrume la cantidad de papel que podría recorrer con mi tinta, y acabo por mecanizar todo lo que debería salir de dentro a flor de piel. Dejarse llevar suena demasiado bien, y joder si suena bien, que acaba de retumbar en mi cabeza el verso de Vetusta Morla para perder el sentido a todo lo que me reconcome por dentro. Será por esto que, a veces, se nos olvida dejarnos llevar hasta en esos detalles que nos llevan a ser nosotros, como pensar; y disfrutar de aquello que nos hace eternos cuando el tiempo vuela. 

sábado, 17 de noviembre de 2018

Mis mejores amigos

Estaba sentada en la acera cuando un camión me vislumbró con las luces antes de pasar por mi lado. Eran las fiestas del pueblo y apenas se tenía que notar mi ausencia en el grupo de mis amigos, quienes estaban bailando en la verbena del colegio. En realidad, no era la verbena del colegio pero se le concedió el nombre al ceder el recinto para llevar a cabo la fiesta durante toda esa semana de verano. Se celebraban allí todos los años porque era el único sitio amplio que cumplía con los requisitos establecidos por el ayuntamiento para que fuese posible. Lo más probable es que mis amigos estuviesen más pendiente de su próximo polvo en aquella noche como de costumbre, que de saber dónde estaba yo en aquel momento. 

Nadie pasó cerca de mí, y me alegro de que en aquella hora y media que estuve vomitando la borrachera de aquellos tres días no hubiera ningún testigo que pudiese hablar y a los pocos segundos, la noticia volase hasta llegar a oídos de mis padres. No tenía ganas de poner excusas de todo lo sucedido, y mucho menos de contar la verdad. Me faltaban unos días para tener 18 años y ser legal, pero qué me importa la edad que tenga si mi vida seguirá estando igual de jodida que estoy ahora, e incluso peor, y yo seguiré tan hundida por culpa del tabaco, el alcohol y las drogas. Tengo adicción desde hace un par de años, cuando mi consumo empezó por diversión y solamente al salir de fiestas, pero la depresión que sufrí después tras la ruptura de mi última pareja, me hizo refugiarme en ellas para calmarme y, poco a poco, ha ido en aumento. A medida que avanza la noche, como casi siempre, me voy quedando a solas con mis dos mejores amigos. La gente que me quiere se aleja de mí por miedo a lo que les pueda hacer, o simplemente para no dejarse influir; mientras que, quienes me ven por primera vez, se acongojan por el mal aspecto que pueda tener o, simplemente, me rodean con tal de evitar algún posible contacto conmigo por mínimo que sea. En aquella noche todo era distinto, no había nadie que me culpabilizasen por todo lo que estaba ganando y perdiendo en mi vida. Y ahora mismo, ganar y perder son sinónimos. Algunos tan sólo sueltan alguna carcajada en voz alta cuando van en grupo y disimulan no haberme visto cuando al día siguiente o en otro momento nos volvemos a encontrar; mientras que otros directamente me lanzan miradas de odio, asco o repulsión. No tengo ningún sitio al que ir para refugiarme cuando las cosas se tuercen y necesito estar a solas con mis problemas, ni a nadie a quien confiar mis preocupaciones y los miedos que me aterran para evitar volver a caer otra vez en esta mierda. 

A pesar de no ser la primera vez que me encontraba rendida en el suelo sin recibir ayuda de nadie, tampoco era igual a las demás veces. Sentía un calor extremo recorriendo mis venas y una euforia inmensa que me ardía el pecho. A su vez, tenía la necesidad de gritar y reír a cada segundo más fuerte. Si por unos instantes pudiese observar esa misma escena desde fuera de mi piel y en un plano externo a mi vida, podría decir que hasta me daba la sensación de estar manteniendo una cómica e interesante conversación con gente a la que ni siquiera conocía. Ni siquiera me sonaban del pueblo y en la vida les había visto. Apostaría lo que sea a que ni siquiera son de por allí cerca. Realmente no sé de dónde narices habían salido pero me empecé a llevar bien con ellos, y me demostraron que podían ser más atentos y cuidados que mis amigos de toda la vida. Quienes se avergonzaban de mí por ahogar mis penas en el fondo de un vaso lleno de alcohol en lugar de prestarme su hombro para llorar y aclarar mis dudas, aunque sólo sea en mi cabeza. 


En cuanto desperté ya era de día, y supuse que debía de haber sido un sueño hasta que vi entrar a la enfermera por el cuarto y me desubiqué. El habitáculo no era más grande que mi habitación y aunque con menos muebles, prácticamente era idéntica. Me desperté confusa, desorientada y con la idea de seguir soñando. No entendí muy bien qué había pasado ni por qué me habían ingresado en un hospital. Compartía habitación con un chaval que, de primeras, parecía simpático. Aunque lo conocí a los dos días de ingresarme. No hablaba apenas, pero en las pocas palabras que intercambiamos me dio a entender que había perdido la noción del tiempo allí dentro y ya ni se acordaba de los meses, e incluso años, que llevaba en aquella cama. A los cinco minutos antes de despertarme de la anestesia recibí la visita de mis padres. Mi madre me lo había contado todo, a trozos y con lágrimas en los ojos. A mi padre parecía no afectarle la situación, pero podía sentir su dolor al verme allí tirada aparentando estar bien y en realidad estaba más hundida que nunca. En el fondo, somos iguales, no puedo echarle la culpa. Justo cuando se iban a ir casi al atardecer para que pudiese descansar, cogí a mi madre del brazo y tiré todo lo fuerte que pude tirar cuando tienes un gotero que te ha chupado la mayor parte de la energía. Mi madre se giró hacia mí y, con lágrimas en los ojos, le pregunté por mis amigos. Supongo que entendió mal porque me habló de la gente con la que salía todos los años en aquella época, siempre que íbamos al pueblo, y en esa noche me dejó tirada en el suelo por seguir bebiendo para llamar la atención de cualquiera con el que le tirase la caña. 

- No, no… No me refiero a esos, sino a mis dos nuevos mejores amigos. Ayer conocí a dos chicos, quienes estaban conmigo anoche cuando supongo pasó todo y me demostraron que a su lado no me pasaría nada malo. Fue como si me saliese por unos segundos del plano de mi vida y me viese desde otro ángulo de la realidad en ojo de un extraño, y desde fuera, parecía que estuviésemos una conversación interesante entre los tres y, prácticamente, nos reíamos entre nosotros. El ambiente era muy bueno, y me daba la impresión de que los conocía de toda la vida a pesar de no reconocer sus caras ni siquiera de lejos. No eran gente que me sonasen de nada, no los había visto en mi vida, y desde ya eran mis amigos. Tampoco me dijeron de dónde eran ni siquiera me dieron alguna pista para encontrarlos. Aún así, ¿sabéis de quiénes hablo, verdad?

Se miraron entre ellos, y por la forma en la que lo hicieron sentí malas vibraciones; al final, desistí. Pensé que no, pero me vieron con ellos (o mejor dicho con nadie) gritando lo más fuerte que podía y cada vez tenía menos capas de ropa. Al parecer todo sucedió cuando me recogieron del suelo y visto el percance, decidieron ingresarme en un centro de desintoxicación hasta recuperarme. No me quedaba otra opción. Tan sólo tenía una botella de Whisky y otra de Ron Añejo que me llevé sin permiso de la fiesta de la que me escapé. No había nadie, ni nunca lo hubo. 

viernes, 16 de noviembre de 2018

Enjaulados

Éramos libres, hasta que nos encerraron en esta jaula. Parecen que no nos oyen piar ninguna mañanas, ni siquiera cuando se van a preparar el desayuno, ni comen, ni cena… ni nada, y eso que estamos justo encima de ellos a la izquierda. Aquí no pasa nada, y yo ya estoy aburrida de vivir siempre la misma escena entre estas cortinas. Hasta donde alcanza mi vista, creo que estamos justo en el rincón que da al patio interior, y justo delante a unos centímetros más abajo está la mesa en donde ellos comen. Por mucho que gritemos, y pidamos ayuda, sólo escuchan piar esta panda de humanos y sacan las mismas conclusiones una y otra vez: “Necesitan más agua” o “tienen hambre” y, al segundo, alguno de ellos, se levanta inmediatamente a rellenar el tubo por el que solemos beber. Como si sólo pudiésemos decir lo mismo. 

A veces, se les oye gritar, discutir, se pegan los unos a los otros… y sólo en contadas ocasiones, hablan. Nos queremos ir, queremos salir de aquí. Esto es algo parecido a estar en pena de prisión por haber cometido algún delito y a diferencia de los presos, hemos sido castigado por habernos engañado al utilizar como cebo nuestra comida más jugosa y atraernos hacia alguna de sus trampas. Luego, nos metieron en esta jaula y ahora, alardean sobre los héroes en los que se han convertido al rescatar a un poble animalillo indefenso de la jungla del mundo real. Y qué queréis que os cuente. Me pongo de los nervios, sólo de escucharlos hablar sobre nosotros. Y siempre ocurre la misma historia, una y otra vez. Ellos sólo nos oyen piar. Para ellos, tan sólo tenemos hambre o simplemente se nos ha terminado el agua y queremos más. Cómo si no tuviéramos sueños por los que luchar y de los que vivir algún día, ni metas que perseguir. Aunque, a decir verdad, si os soy sincera, ya apenas recuerdo cuáles eran mis sueños más significativos; quizás, los cambié todos por éste otro que no estaba en mis planes: Salir de aquí y volver a ser libre. 

Los humanos parecen demasiado estúpidos y parece que ha sido al revés, hemos sido nosotros quiénes nos hemos puesto el cebo para adiestrarlos a ellos. Pensarán que tienen el derecho a cazar a cualquier animal que esté en libertad, y marcarlo para que sea suyo. Como si fuésemos materia, como si fuésemos la propiedad de alguien, y no alguien (aunque, seamos otra especie) que siente. Según su lógica, ahí dentro (y con ellos vamos a estar mucho mejor) en la jaula que nos han construido antes de planear nuestra muerte, vamos a ser mucho más felices que estando en libertad. No se muere cuando nuestro cuerpo deja de bombear sangre, sino antes, cuando al estar con vida se ha dejado de vivir y de sentir la libertad. Y nosotros qué más podríamos pedir si tenemos comida, agua y alojamiento, que ni en un hotel de cinco estrellas. Ya puedo alardear de amo, que es mi gran protector y el héroe de la ciudad, quien salva animales en libertad para encerrarlos en una jaula. Qué valientes. Quien vela por nuestra seguridad para que no nos hagamos daño y será por eso que nos priva del mundo exterior. Todo un honor y lujazo que hayan sido ellos los que me pusieron el cebo y no otros. ¿Te imaginas caer en manos ajenas? No nos olvidemos que las cárceles también dan agua, comida y alojamiento, para qué se iban a fugar los presos de estar encerrados en sus celdas si viven de lujo. Qué desagradecidos. Ahora, me pregunto si entre ellos harán lo mismo. Y me refiero a su descendencia, para qué se van a tratar así entre iguales, mejor será tratar siempre al que está por debajo de nuestro poder y la influencia, a quien tiene más de perder que ganar, porque mientras se viva bajo mi techo, soy yo quien manda. 


No hay más tuyo que aquello que dejas libre y desea volver.

viernes, 9 de noviembre de 2018

¿Quién soy yo? (Parte 3)

Necesitaba llorar en silencio, incluso para mí. Que mis llantos no escuchen los golpes, ni el eco de mis lágrimas al caer cuando pronuncie tu nombre. No sé si estoy rota o desubicada entre tantos cristales echo añicos que hoy forman el camino por donde piso para llegar hasta mí. He salido a recordar el frío vaho de tus calles sobre mi cuerpo que me hace estremecer, mientras te observo en silencio desde algún rincón perdido de la ciudad. Puedo ver las caras de entusiasmo de quienes pasean por allí la primera vez, y creen estar a tu altura de quienes llevamos años conociéndote y hasta descubrirnos a nosotros mismos a través de tus momentos, sin conocerte lo más mínimo. Incluso, a lo lejos y en la distancia. Aún me sigo sin encontrar, ni los recuerdos sirven como guía para seguir abriendo puertas. ¡Qué importa dónde! Simplemente quiero abrir una puerta más y seguir conociendo mundo, aunque ese mundo lo tenga enfrente y tenga nombre propio. He perdido mis ganas en días cuando brilla el sol y he vuelto a ganar una batalla más, pero qué importa eso ya. No me importa tanto ganar la guerra si he vuelto a perder el foco en cada batalla en la que me pierdo con facilidad. Y aquí estoy, buscando una razón a la sinrazón, la locura a la cordura y el sentido a la vida, mientras escucho de fondo a Bon Iver para ordenar un poco el caos que llevo dentro e intentar que mis ideas fluyan.

He vuelto a salir a dar una vuelta para recordar los viejos tiempos, a airearme y buscarme en cada rincón de mi mente por los que paseo. Aún sigo esperándome en algún sitio al que estoy segura que volveré algún día para empezar a ser una otra vez. Hasta ahora, sólo he conseguido que el frío me cale en los huesos y, vaya, que si me ha calado; me he vuelto a olvidar el chubasquero en casa, pero ya es tarde para recogerlo. Tampoco creo que me importe mucho cuando lo primero que he hecho al llegar a la cafetería y en lugar de pedirme un café bien calentito y a punto de arderme entre las yemas de los dedos, he apostado por un refresco que, minutos más tarde, me estoy tomando con varios hielos en su interior. Y qué bien sienta el frío, pero qué bien me sienta el frío. Ahora que está todo en su sitio, he vuelto a ponerme frente a la hoja y me he propuesto escribir que ni en estas líneas soy capaz de encontrarme a mí. No soy capaz de encontrarme ni siquiera en una lista de la compra que más que ordenar las cosas que me faltan por comprar y amueblar mi casa, me ordena la cabeza entre los espacios que dejo en este cuaderno. Vuelvo a salir del local en busca de nuevas experiencias aunque sólo queden reflejadas en los charcos que voy saltando para no ensuciarme las botas nuevas. Voy por la calle, caminando entre la gente, sin desviar la atención del suelo mientras mis pensamientos dejan de retumbar en mi cabeza y bailan al ritmo de Nuvole Bianche, como si fuese la escena de mi película favorita y me deje llevar por el momento. A veces, y sólo cuando me da por levantar la mirada más allá de lo que puedan ver mis ojos, intento dar en el clavo de las posibles vidas que puedan tener los demás y lo único que consigo es sentirme mal por la mía cuando idealizo las suyas. 

Tengo la sensación de que ni siquiera he salido de casa para escribir estas letras que en mi mente dibujan cada momento bailando entre cualquier espacio de mi vida. El bloqueo del escritor acaba de perder todo el sentido pero el miedo a la hoja en blanco, sigue dejando huella en mí y no me deja avanzar en la historia. No sé cómo borrarlo, que ni la lluvia sabe emborronar con cada gota que cae del cielo y roza el papel. Mis palabras, por su parte, puede que acaben rotas y sin sentido después de estos ¿15 minutos? que he estado sumergida en cada una de ellas, cada vez que alguna salía de mi cabeza mientras sigo inmersa en la lluvia que me lleva calando desde que salí del portal, sin el chubasquero, y aún sigue sin parar de llover. A mí me ha parecido tener el mayor orgasmo que haya podido tener en mi vida y, me acabo de despertar al mirar el reflejo de mi silueta que se dibuja en el cristal de un escaparate vacío y a oscuras, quedándome a solas con la incógnita dentro de qué podrán pensar el resto de mí cuando me vean pasar entre la gente. 


Aún sigo dentro y qué bien se está, cuando ahí fuera, está diluviando.

sábado, 18 de agosto de 2018

Dúplex

Alexis y Benjamin cumplían los dos meses desde que empezaron a salir juntos, aunque ya lo hacían mucho antes como amigos. Desde entonces, se han dedicado muchas miradas de amor y ternura cada mañana en forma de besos, abrazos y alguna que otra caricia que se daban cuando alguno se despertaba y veía al otro dormir plácidamente. No querían que la magia de los primeros meses desapareciera, y tomaron por rutina el amor que sentían el uno por el otro en sus distintas formas y experimentándolo de mil maneras distintas para no saciarse jamás y seguir descubriéndose incluso a sí mismo a raíz de la pasión de la pareja. Se querían a rabiar. Hicieron mil planes juntos y hasta planificaron su propia vida, que en días se pusieron a buscar piso para irse a vivir los dos solos. Alexis se tuvo que marchar de casa nada más empezar la carrera por motivos de estudios, que el traslado diario no le salía rentable al bolsillo de sus padres. A Benjamin en cambio, la vida se lo puso más difícil aún y vive solo desde que su abuelo murió hace un par de años, con quien se había criado los cuatro últimos años de su vida. A su padre apenas lo ve, siempre está embarcado en algún proyecto de la empresa que le separa a kilómetros de su familia. Y su madre, de su madre, ya ni se acuerda, murió cuando dio a luz a su hermano, con quien se lleva dos años y pico de diferencia de edad. Trabaja en una gasolinera por las noches para costearse el alquiler y los gastos diarios, principalmente. Aún así, intenta ahorrar unos fondos para fundar su familia y no ser un fracaso para la sociedad por no saber dar a sus hijos la paz que él no tuvo de niño.

A pesar de llevar tan sólo dos meses juntos, fueron mejores amigos desde hace ocho años. Han compartido muchos viajes, aventuras, experiencias, festivales… juntos, qué mal podría salir entre ellos. Llevaban una semana buscando piso por su cuenta, pero visto que no encontraban nada que estuviese bajo sus intereses, decidieron dejarlo en manos de alguna agencia que se encargase de gestionar todo el proceso de compra y quitarse el marrón de encima. Nadie se lo llegó a imaginar, pero en menos de un mes, ya estaban disfrutando de las vistas de su nuevo piso. Se trataba de un dúplex con vistas al mar, y en el centro de Málaga. El casoplón que se habían comprado tenía jardín y una piscina, que se ajustaba hasta el último milímetro a la idea que tenían en mente al hablar del futuro que querían adoptar y la felicidad de sus futuros hijos. A pesar de haber pedido dinero a los padres de Alexis que se habían comprometido en devolver hasta el último centavo en cuanto tuviesen la cantidad, necesitaron pedir un préstamo del banco para terminar los trámites. A la semana siguiente, recibieron en la entrada un porsche negro con su padre al volante y su madre en el asiento del copiloto con varios tuppers en la mano. Los asientos traseros y el maletero iban hasta rebosar de cosas, muchas de ellas eran los juguetes y trastos de la infancia de Alexis que les daba pena tirar a la basura a todos, pero que ya no se podían quedar en la casa de sus padres por falta de espacio. Habían reformado de arriba a abajo el piso, y la habitación que hacía de trastero había desaparecido.

Sus padres nos ayudaron a ultimar los pequeños detalles que nos faltaban de la mudanza y a ordenar un poco todo el caos que yacía allí dentro. Sólo faltaba por montar los muebles, que de eso se encargó muy amablemente su padre mientras que Alexis y Benjamin, lo acompañaban y echaban un cable en lo que hiciera falta. A su vez, su madre estaba en la cocina, quien tenía el don y le encantaba dar de comer siempre que podía a los comensales. Nunca calculaba de lleno la cantidad exacta que iba a necesitar para hacer un plato. Daba igual si hacía para tres u ocho personas, que siempre se acababa sacando el tupper para guardar los restos para el día siguiente. Había demasiados cajones, y por un momento se volvió loca buscando los cubiertos y demás herramientas de cocina… hasta que se ubicó.

Antes de marcharse, decidieron tomarse un café en familia todos juntos para ponerse a la orden del día. Era casi de noche y sin darse cuenta habían pasado casi la totalidad del martes, juntos. Con aires nervioso y algo preocupado, el padre de Alexis miraba constantemente el reloj como si tuviese que recoger un paquete y no estuviese seguro en si estaría a tiempo en casa para recibirlo, Benjamin lo ignoró varias veces porque supuso que quizás, sólo eran paranoias suyas, hasta que Alexis lanzó la pregunta en voz alta que cualquiera de los tres tenían miedo a pronunciar:
- Papá, ¿estás bien? ¿qué ocurre?

Y en un tono serio y algo tajante, su padre respondió mientras le hacía una mueca en silencio a su mujer, intentando disimular justo en el momento que Alexis se concentró en la cafetera para echar más café a su taza. 

- Sí, no te preocupes, hijo. Todo bajo control, sólo que está anocheciendo y nos toca conducir ahora. Si no os importa, nosotros nos vamos ya, ¿vale?
- Ah, sí, sí. Sin problemas, claro.

Al mismo tiempo que se pusieron las chaquetas, los guantes y la bufanda, fueron recogiendo los bártulos que trajeron consigo para ayudar con la mudanza y los muebles; y al tiempo se fueron despidiendo. Alexis sabía que a su padre le pasaba algo, que tenía que ver con aquella casa pero no le quería hacer daño y por eso se lo callaba. Sin que nadie se diera cuenta, ni siquiera ellos mismos, arrastró por inercia a su padre del brazo hacia la cocina para preguntarle mediante susurros qué le ocurría. Su padre se negaba a decirle nada con una sonrisa, pero tras insistir varias veces, tuvo que exteriorizar la pregunta que le estaba matando:
- A ver, Alexis, no quiero que me malinterpretes, quiero que seas feliz con tu nueva vida, tu pareja... y tu casa. Estoy casi seguro de que Benjamin te aportará esa felicidad que buscas. Estoy seguro. Lo estoy, de verdad que sí. 
- Papá, al grano.
- Y está muy bien todos los planes que habéis pensado con antelación, los hijos, las vacaciones y… vuestro futuro. Pero, ¿esta casa no es demasiado? Me explico, un dúplex, a quién no le gustaría tenerlo y poder disfrutar de estas maravillas. Si prácticamente todo el mundo mataría por tener uno entre sus posesiones. Matar, en el sentido figurado, tampoco me malinterpretes... (El padre de Alexis siempre tiene la necesidad de explicarlo todo, hasta lo más evidente). Pero, a lo que me refiero, para qué necesitáis cuatro habitaciones individuales y una matrimonial, ¿no creéis que os habéis precipitado? Sé que vuestra idea es tener 4 hijos, pero probablemente eso cambie de aquí a un tiempo. Quizás, no. Quizás, sí. No lo sé, y yo tampoco soy nadie para juzgarte de lo que debes y no debes comprar ni el tipo de familiar que mantener, a mí ya me tocó en su tiempo y ahora es tu turno. Sé que lo vas a hacer bien, hijo. Estoy muy orgulloso de ti y de todo lo que estás consiguiendo. Sólo espero que estés bien y seas muy feliz. Y sé que fundar una familia es lo más importante para vosotros ahora, y que requiere tiempo, dinero y mucho amor. Pero, mi pregunta es, por qué ser tan ambiciosos en un chalet de cuatro habitaciones cuando de momento no vais a utilizar ni la mitad. Quizás, queráis tener más hijos en un futuro, sí; o quizás, menos e incluso no tener ninguno. Y al final habéis pagado y estáis pagando de más por algo que ni siquiera necesitáis y estáis utilizando. Pagamos en función a nuestras necesidades, caprichos y deseos. Estáis pagando de más por un espacio que es innecesario ahora y que, quizás, en un futuro, lo sea también. Y si ese espacio se necesita en un futuro, ya se buscaría la solución. Tampoco quiero que pienses que te estoy echando la bronca por última vez, Alexis, sólo quiero que sepas que siempre nos tendrás a tu madre y a mí con todo lo que necesites, y con todo el rollo este sólo quería decirte que jamás te adelantes a lo que pasará, y vive la emoción del momento, que de eso se trata. La vida es finita, no ilimitada. Aprended a valorar vuestro tiempo, y el que os haga perder el tiempo, os está faltando al respeto. Yo sólo quería darte mi último consejo como padre para asegurarme de que lo vas a hacer bien. Y claro que vais a necesitar espacio. El mismo espacio, que os tenéis que dar el uno al otro para crecer felices.

martes, 31 de julio de 2018

Fingí

He salido a flote de tantos prejuicios, que ya ni me reconozco como era antes de subirme a este barco. Perdí el rumbo y entre mareo y mareo, doné mi vida para darme una oportunidad en conocerme mejor una vez que me hubiese perdido a tiempo y sueldo completo. Ya ni sé hacia dónde me dirijo, aunque a decir verdad, dejé el timón minutos después de emprender este viaje. Me acostumbré a las mentiras, la falsa modestia e insistí una vez más en ser el viajero que me acompañaba, al no encontrar la gorra de capitán que llevaba puesta. Fingí una vez más y me amoldé a mi nueva vida. Parecía ser lo correcto y ser el camino fácil para ser feliz. Sólo lo aparentaba, porque por dentro estaba rota y echa mierda. Llegué a dudar de mis capacidades, mis virtudes y hasta de mí. Llegué a desconocerme. He llegado a pensar en más de una vez, si realmente supe alguna vez quién era yo. He perdido todo lo que tengo, y por cambiarme para ser aceptada a ojos de un cualquiera que no soy yo. Fingí de más y sin querer me eché de menos. Cambié la emoción por las apariencias, porque sólo así cambiaba mi dolor frente a las risas que se echaban a mi costa por estar abajo del barco, sin saber que se reían por la envidia que les comía por dentro al no poder disfrutar del viaje que estaba viviendo. Me olvidé de mi esencia en aquel bar de carretera por sentir la empatía que se olvidan en casa los extraños, conocidos y hasta mis amigos; erizándome la piel. Hice un trueque en la puerta de mi supermercado y esperé a que alguien me comprase el carisma con el que me vestía día a día a cambio de recibir la bendición del resto, mientras se dibujaba una delgada línea como sonrisa ante un cualquiera y fingir estar bien, porque llorar está penado en la sociedad y mejor, vamos a dar buena imagen, no sea que el resto se preocupe por nosotros. Por todo esto, sin darme cuenta, acabé vendiendo mi alma para recaudar lo suficiente como para adquirir una personalidad que me haga ser alguien en esta sociedad de mierda que ya nadie está dispuesto a escuchar más allá de su palabra.

viernes, 20 de julio de 2018

Traficante de historias

── Jaeger…

Ante la insistencia de su compañero de piso, Jaeger no tuvo más remedio que dejar a un lado lo que estaba haciendo. Como cada mañana, se sentó frente al ordenador en una pequeña esquina que había reservado en el salón para hacerse su mesa de trabajo y en la que pasa la mayor parte de su tiempo. Jaeger se gana la vida con las letras, escribe para medios, revistas y sus libros. Tiene la manía de conectarse a Spotify para escuchar alguna lista de reproducción de “Chill out” ya creada y que le recomiende la propia App para tomar la inspiración y empezar a currar. Tenía la esperanza de terminar la obra en la que llevaba escribiendo casi un año entero, y la cual le había costado durante los últimos meses muchos bloqueos y dolores de cabeza.

── ¡¿Qué?! ── Respondió molesto e irritante.

── Siempre que voy a comprar me encuentro a los mismos traficantes de pacotilla en la esquina esperando a sacarme la pasta. ¿Podrías acompañarme? Tengo una laarga lista y no me puedo esperar al lunes para ir al mercado. Si quieres te la enseño, para que te lo creas… necesito de algún modo llenar mi nevera y vivimos en un tercero sin ascensor que no podemos pedir por Internet para que nos lo traiga a casa. ─ Häns le hace una mueca de pena con la intención de convencerlo y sacarlo de casa.

── Buf. ¡Está bieeen! ─ Jaeger resopla, y le dice que sí a regañadientes ─ Pero… déjame terminar de escribir el capítulo y ahora nos vamos.


Salieron de casa con las bolsas en los bolsillos para ir a comprar al supermercado, y cuando dieron cuatro pasos contados y cruzaron la esquina que doblaba el edificio, vieron un par de sombras moviéndose al tiempo que se escuchaban varias carcajadas. Por un minuto, decidieron tomar otro camino pero se miraron a los ojos, y se dijeron "¡Vamos!" para sí mismos, y con aire decidido se vieron con fuerza de enfrentarse a ellos.
Häns estaba en lo cierto, y por unos segundos sintió alivio de que Jaeger lo pudiese ver y al fin le tomara en serio. Pero, sentía que no quería tener la razón. ── Cómo me gustaría ahora mismo darle la razón a Jaeger y dejar que se burle de mí por acobardarme tan fácilmente ── Pensó.
Pasaron por delante de sus narices, e intentaron ignorar sus insultos y risas.

*Chssst* *Chssst*

Cada vez que intentaban hablar o hacer cualquier ruido con la boca, más fuerte sonaba.

── ¡Eh, eh! Vosotros dos, ¿no veis que os estamos llamando?

Extrañados y fingiendo que no iba con ellos el tema, haciendo como que ni se habían enterado de nada, siguieron el hilo de la conversación y entraron en su juego.

── ¿Quiénes, nosotros? ── Preguntó Jaeger. Llevándose el dedo al pecho, por si no había quedado 
claro con la pregunta. Al mismo tiempo, su cara expresaba sorpresa e incredulidad.

── ¿Ves a alguien más de nosotros cuatro por aquí, tolai? ── Preguntó irónicamente una voz que no iba acompañada de ningún rostro. Llevaba un chándal y tenía la capucha puesta. Exhaló y expulsó una bocanada de humo, al tiempo se dejaba ver entre la oscuridad.

── No-o… ── Respondió con voz temblorosa.

── A ver, ¿cuánto lleváis encima?

── Ve-veinte… ── Respondió Häns, casi con lágrimas en los ojos.

── No te oigo, ¿cuánto? ── Preguntaron, mientras uno de ellos estaba frente a frente, acobardando a Häns al mismo tiempo que le dieron un empujón y cayó al suelo.

── Veinte euros.

── ¿A dónde vais? ¿Al super?
Jaeger parecía más duro y les hizo cara ── Sí. ¿Nos acompañas? ── Contestó tajante, en un tono de burla y humillación al mismo tiempo que le lanzó una pícara sonrisa y le guiñó el ojo.

── Aargg… ¿tú quién te has creído que eres, mocoso?

── ¡¿Yo?!

── …

── ¡Oh, vaya! Pensaba que se lo decías a tu amiguito, como apenas llega al metro cincuenta…

── ¿Te crees gracioso?

── JA JA JA

── Vaya, qué gracia… veo que tienes ganas de reírte. A ver si tienes las mismas ganas cuando te haga…

── ¡¿Qué?! ¿Cuándo me hagas, qué…? ── Le interrumpió en tono tajante ── Ahora, dime, ¿qué hacéis cada tarde/noche por aquí?

── Sólo vendemos coca.

── … ── Arqueó una ceja, incrédulo.

── ¡¿Quéee?! ¡Es la verdad!

── ¿Entonces… por qué acojonáis a todo aquel que pase por delante y no tenga las agallas de haceros frente?

── Buuf…

── ….

── Mira, tenemos que vender. Este es nuestro negocio, y nuestra casa. Desde hace unos seis meses que nos embargaron la casa, no tenemos donde dormir y siempre que pasa algún pardillo por aquí cerca, pues no te lo vamos a negar nos echamos unas risas a su costa. ¿Verdad, Rick? ── Le pregunta a su compañero con sorna, quien se lleva una mano a la cabeza.

── Bueno, creo que nosotros nos vamos ya.


Jaeger retomó su camino, esperando que Häns lo siguiera. Aún estaba en el suelo, después del empujón. Pero, Häns, incrédulo, no sabía cómo reaccionar de todo lo que había vivido en aquellos últimos segundos. No sabía si darle las gracias por haberle echado narices a esos dos, o si enfadarse con Jaeger por dejar que se fueran de rositas después de lo que le habían confesado. Se levantó en un santiamén, se sacudió los pantalones del polvo que había cogido estando en el suelo e intentó alcanzarlo.

── ¿Jaeger… es que no vas a hacer nada? ─ Preguntó mientras lo alcanzaba.

── Más bien debería darle las gracias.

── ¿Darle las gracias?

jueves, 12 de julio de 2018

A ti

Pocas veces lo he hecho, por no decir que puedo contarlas con los dedos de una mano y no llegar ni a levantar un dedo. Hoy, con el corazón en un puño plasmo en este poema mi más sincero agradecimiento a ti, que has dejado de ser ceniza para convertirte en polvo.

A ti, médico de cabecera, que has curado mis heridas, cicatrizado mis miedos.
A ti, al personal de atención al cliente, que me has quemado por dentro y me he enfadado contigo sin tener motivo.
A ti, a quien me vendió un kit- kat en el aeropuerto por dos euros de más, que me enseñaste a comprar según mi necesidad y no por elegir el producto.
A ti, maestro, que he aprendido a valorarme, a saber quién soy por todo lo que me has enseñado.
A ti, papá, mamá; que me habéis enseñado a perseverar y a luchar por mis sueños y a crecer como persona gracias a los baches de mi camino. Gracias a cada castigo.
A ti, bombero, que me enseñaste probablemente el valor más humano y más grande de todo el mundo, que has salvado a más de una persona poniendo en peligro tu vida.
A ti, mentor, que me has demostrado que sin esfuerzo, no hay recompensa.
A ti, quien se burló de mí y me intentó humillar públicamente por lo que fui, que te has convertido en una referencia para mí para tener claro cómo no quiero ser en la vida.
A ti, artista, que con tu ejemplo me enseñas cada día a ser mejor persona.
Y, por último, no por ello menos importante, a ti, querido lector, por regalarme un par de minutos de tu valioso tiempo y leer con atención las ideas locas que sólo a mi cabeza se le ocurre crear.

A ti, y sólo a ti, gracias por tanto.

martes, 26 de junio de 2018

Fuera de línea

Siempre lo he tenido muy claro. Desde que era niño, yo me quería dedicar al arte, en especial, a la escultura. Me acuerdo perfectamente cuando iba de viaje en coche con mis padres, pasásemos por el pueblo que pasáramos hacíamos parada allí en busca de algunas esculturas. Aunque fueran viejas y ni siquiera se considerasen arte, pero también me valían. Trataba de buscar las herramientas adecuadas para crear una obra de arte más adelante. Todo mi alrededor no lo comprendía, no entendía muy bien para qué necesitaba tener piezas rotas y oxidadas de hierro en mi habitación. Lo único que conseguiría con eso sería coger la hepatitis o alguna enfermedad de la que aún no me había vacunado al ser demasiado pequeño para tenerla. Aún así, me dejaban porque era de las pocas cosas que me hacía feliz.

Ahora mismo, estoy casi terminando el grado de Bellas Artes y a pesar de todas las críticas que me llevo a la espalda desde que decidí estudiar la carrera porque nadie comprende que pueda elegir una profesión que no tenga futuro o, en su defecto, las mismas salidas que otras disciplinas como pueden ser ingeniería, arquitectura o medicina; yo sigo adelante. Hace unos seis meses antes, a tres de haber empezado el curso, me salió trabajo. Exactamente no sabía de qué se trataba y lo hablé con varios de mis compañeros, entusiasmado por sentirme que estaba a centímetros más cerca de cumplir mi sueño, y en cambio ellos no pensaba igual. Daba la impresión de que no parecían alegrarse por mí, que ni siquiera les importaba. Ya desde el minuto uno que les enseñé la oferta, me pusieron pegas, se olían algo. Aunque tampoco me quisieron contar nada para no desilusionarme, y yo tampoco insistí demasiado.

Se trataba de un portal para buscar empleo por Internet, pero no era exclusivo de una rama en concreta sino que podías encontrar ofertas de todo tipo. En mi caso concreto, se podía apreciar montones de piedras en el suelo y uno mayor en la carretilla. Había un par de guantes y una pala para picar junto a las piedras que había en ella. En la descripción se leía "Se busca profesional especialista en piedra" y en cuanto la leí, envíe mi currículum y todo mi repertorio artístico. No me esperaba las pésimas condiciones que estaba apunto de aceptar, y en cuanto las supe, me acongojé, claudiqué y firmé el contrato. Me repetía a mí mismo que no podía hacer nada, que todos los grandes artistas empiezan trabajando como becarios en condiciones nefastas e incluso sin llegar a cobrar ni un duro por su trabajo. A mí al menos me pagarán las tres cuartas partes del sueldo que gana un veterano del oficio. A los pocos segundos, me llegó un correo en el que me daban toda la información que me faltaba y debía saber antes de empezar a trabajar con ellos. Además de la reunión que teníamos entre manos para enseñarnos los espacios para maniobrar y el almacén donde tienen guardadas las herramientas.

Yo seguía sin dar crédito a lo que estaba viviendo, aún no era capaz de asimilar absolutamente nada y ya se me saltaron las lágrimas de la emoción que sentía en el momento. No podía creer que estuviese unos centímetros más cerca de cumplir el sueño que llevo persiguiendo toda mi vida. Aunque para el resto aún estuviese a a años luz de conseguirlo, e incluso hubiera dado dos pasos gigantes hacia atrás. Lo único que yo no sabía era que estaba apunto de cometer el mayor error de mi vida. Me habían citado para volver a ver dentro de 15 días y ya me estaba mordiendo las uñas de los nervios que jugaban conmigo desde mi estómago por causar buena impresión hacia mi equipo y toda la organización el primer día de curro.

Ni siquiera podía contener las ganas de esconder la ilusión que expresaba mi cara desde el primer día, no cuando me dieron la noticia sino el momento en que descubrí la oferta. Sentía euforia y no sabía muy bien cómo expresarlo de cara al público. No quería incomodar a nadie más que me preguntara acerca de mi futuro. Ni mucho menos sentirme culpable por lo que podría encontrarme y a sabiendas de ser consciente de ello, a pesar de estar decidido a cumplir mi reto. Me daba igual que no sé relacionase con la idea que ya me había hecho, yo tenía un objetivo en mente y estaba dispuesto a cumplirlo. Trabajar y ganarme la vida haciendo lo que me gusta: esculpir.

Tras dos semanas de espera para juntarme de nuevo con mi jefe y conocer a mi nuevo grupo de trabajo, llegó el momento. Me citaron a las diez de la mañana, aún así no me pude aguantar más y de los nervios que sentía marché una hora antes hacía por los posibles imprevistos que podrían aparecer por el camino. Busqué en Google el tiempo que podría tardar hasta llegar a las oficinas, pero fue mucho más de lo previsto. Tardé en llegar 45 minutos y menos mal que salí una hora antes, de haber sido así ya estaría despedido o algo peor.

En cuanto llegué allí aún no había llegado nadie. Se trataba de un descampado con piezas de hierro y piedra en desuso. Junto a una pared en donde se indicaba en un gran letrero WC y había un plano bastante amplio en el que se podía observar un espacio casi idéntico en el que estaba junto a un alto edificio, que estaba pensado para construir. Nada más ver todo aquello, me dio mala espina. Ya podía ver las intenciones de mi jefe al querer contratarme tan pronto, sin ni siquiera terminar la universidad. Ahora entendía todas las miradas de rabia y pena que sentían la gente de mi alrededor, y yo sin hacerles caso por estar tan cegado en mi objetivo. De todas las opciones que se me venían a la mente, esta no era ninguna de ellas y todo esto, me ha venido como una jarra de agua fría vertida por el cuerpo en pleno invierno.

Sólo tenía ganas de llorar en ese momento y gritar tan fuerte la impotencia que sentía al descubrir toda aquella pantomima. Ahí me di cuenta de la realidad que escondía la oferta. Quizás había estado tan ilusionado con la idea de encontrar desde tan temprano un hueco en el mundo de la escultura, que ni siquiera me he permitido mirar más allá de lo que me decían mis ojos.

jueves, 3 de mayo de 2018

Vendehumos

Estoy cansada de nadar a contracorriente y ver cómo mientras tú fabricas tu barca con tus propios medios, otros que no han cogido una barca en su vida, se quedan a orillas del río para venderte manuales de cómo construir tu propia barca sin morir en el intento. Tampoco será la última vez que los veas, porque siempre los tendrás esperándote allí cuando los necesites. Al igual que te venden una barca, estarán también ahí para venderte una botella de agua cuando te vean chorreando a sudores fríos del calor que hace y tengas fuera. Y mientras, tú intentas remar para avanzar en tu camino, pero siempre tendrás que aguantar las burlas y mofas de quienes aparentemente están a kilómetros luz por delante de ti, ya sólo por eso, jamás serás creíble porque son ellos quienes te sacan ventaja. Gente con quienes no se puede hablar de ambición porque ni siquiera conocen el término, y a la más mínima te echan en cara que siempre hablas de trabajo. Quizás, lo más probable, lo máximo a lo que aspiren sea a esperar vivir en un sábado constante para volverse a emborrachar de nuevo, esnifarse todo lo que pillen y pagar las facturas a final de mes. Mientras tú, te matas a trabajar por el placer que da generar contenido para uno mismo y ya no sólo hacerse un hueco en el mercado laboral con tu pequeño nombre, sino la idea de ganarte la vida sin la necesidad de trabajar para ningún tercero. Gente interesante que se convierte en humo en la primera conversación que mantienes con ellos, y ni siquiera son suficiente dos palabras para darte cuenta de su realidad. 

Gente que te cuelga el cartel de idiota por dejar pasar por alto las cosas para no estar de mal rollo con nadie y cuando das tu opinión sobre el tema, sin rodeos, te miran por encima de sus hombros y te lanzan miradas llenas de odio. Mientras tú, durante meses, has tenido que callar, asentir y sonreír todas las mentiras que te han intentado vender y por las que te has llegado a sentir manipulada. Gente que disfraza sus intenciones y se les huele a kilómetros el humo que te venden mientras agotan todas tus fuerzas y energías para dejar de construir tu barca y "ayudarles" a construir la suya mientras los mira a lo lejos pegándose el baño de su vida. Gente que incluso te cuestionan tu propia valía y tus límites. No tienes más remedio que acercarte a la orilla para escucharlos, a pesar de conocer todos sus argumentos de antemano. Te lían y sin darte cuenta, estás apunto de atravesar las cloacas de la ciudad que te han vendido como uno de sus mejores monumentos y puentes que se han construido, en un barco de segunda mano maquillado vendiéndotelo como un yate de escándalo. Y al final te embarcas en el viaje porque, total, sólo será un paseo. 

Dais un paseo por el río mientras se ponen a charlar contigo un rato entre risas y colegueo, haciéndote ver que no es parte de la estrategia en la que se sustentan los cimientos de sus negocios. Empezáis a conoceros, curiosean cómo eres, cuáles son tus puntos fuertes y débiles, tus miedos, las filias y las fobias, tus inquietudes, las virtudes y defectos. Se empapan hasta el más mínimo detalle del que forma parte tu vida. Todo aquello que, a priori no tiene ninguna relación entre sí pero lo supone absolutamente todo para calzarte sus manuales en unos minutos y que tú se los compres incluso cuando ni siquiera te interesan. Y cuando ya te conocen, o creen conocerte, te intentan engañar y te dicen que estás cerca de empezar la ruta que te vendieron. Se trata de hacer parada en cada pasaje para comprar y alimentar sus negocios, y en lo que lleváis de viaje, apenas te han contado nada sobre el paisaje ni el sitio. Ahí, empiezas a sospechar sobre quiénes son. Todo lo que te han contado al principio incluso puedes llegar a dudar de ello porque te lo crees. Aunque seas consciente de que todo aquello que estás viendo sea un engañabobos para que inviertas en ellos, aunque sólo sea con tu tiempo y la atención que les prestas. Te puede llegar a parecer interesante incluso, hasta que lo descubres, y sabes que no es cierto nada de lo que te cuentan. Ahí te empiezas a dar de cantos contra la pared por no haberte creído una vez más y dejarte llevar por la bondad del ser humano. Simplemente, han hilado la conversación que habéis mantenido minutos atrás para venderte su producto como la solución a uno de tus problemas. Puede que no te hayas dado cuenta en el mismo momento, y si es así, ya te sobrarán las ganas de investigar a fondo sobre el tema de lo bien que te lo han vendido con unas expectactivas por las nubes para que la realidad y la experiencia se queden a ras del suelo, y ahí te faltarán las ganas de volvértelos a encontrar la próxima vez, porque sea lo que tengan que venderte, ni siquiera quieres escucharlos hablar. 

Se acerca el final del trayecto, y en los cinco minutos antes de bajarte, te recuerdan que aún estás a tiempo de continuar el viaje, pero para eso, debes abonar cinco euros más porque esta vez se trata de la zona más bonita del río, y a la que sólo se puede acceder en SU barca. Tú mientras te callas y dices que no por educación y respeto (el mismo que no han tenido ellos al aprovecharse de ti), te vuelves a dar de cantos contra la realidad, porque te das cuenta de que nada cambia. Lo peor de todo, es que te llevas dando la razón durante todo el viaje e incluso desde antes de subirte a la barca sobre quiénes son en realidad y cuáles eran sus intenciones. Empiezas a sentirte culpable por todo el dinero y tiempo que has derrochado de tu bolsillo, en lugar de haberlo invertido en buenos materiales y recursos para tener unas mejores condiciones y usos de emergencia para estar lo mejor preparado posible. Yo me bajo aquí, me da lo mismo si no es mi parada. Siempre habrá una mejor opción para llegar hasta donde yo quiero que seguir este camino. Esta vez me toca retroceder para avanzar de nuevo.


Y a mí me gusta conocer el terreno que piso.

lunes, 30 de abril de 2018

Al diablo

Paul no tenía nada que llevarse a la boca para comer. Sentía un vacío inmenso en el pecho durante todo el año, pero más aún cuando se acercaba la época de abrir los regalos y estar con los que nos rodean. No tenía a nadie con quien poder reír a carcajadas ni confiarles sus alegrías y problemas. Nunca fue de creer en ningún dios, pero desde hace un año, rezaba cada noche para que algún día pudiese disfrutar de lo que jamás ha tenido. No tenía a nadie y todo aquel que pasaba por su lado, le miraba con miradas de ascos y le deseaba el mal. La única ilusión que le quedaba era agarrar con todas sus fuerzas la taza que sostenía entre sus manos, notando el calor entre sus dedos y miraba con deseo a todos esos padres e hijos que paseaban de la mano. Le gustaba imaginarse una vez más paseando por allí mismo, agarrado de la mano de su madre mientras le gastaba pequeñas bromas a su padre. Algunos montaban a caballito mientras se contaban anécdotas graciosas o soltaban algún que otro chiste para sacarse una sonrisa. Alzó la vista hacia arriba y no pudo evitar echar una lágrima al recordar los ojos claros de su madre nada más vislumbrarle aquellas luces de colores que adornaban las calles de la ciudad.

Estaba sentado en las escaleras de un soportal con una manta vieja que había recogido de la basura. No solía ir a muchos sitios, por no decir a ninguno. Y a los pocos a los que iba, era por necesidad. De vez en cuando se tenía que levantar para dejar paso a quienes saliesen del portal en el que se había alojado. No solían ser más de dos o tres veces por día. Tan sólo vivían allí una pareja de ancianos, quienes le invitaron a subir a su casa para ofrecerle una sopa caliente y vendaje después de que le persiguiera la policía por vivir en la calle y no tener a dónde ir; un chico joven que era informático y trabajaba desde casa; y una señora mayor que paseaba todas las mañanas a su perro. El barrio que había elegido para quedarse a vivir durante una temporada era tranquilo y, normalmente, no solía haber ningún peligro por la zona.

Paul tenía 17 años y era vagabundo, pero su orgullo y ego eran tan grande que se negaba a recibir cualquier ayuda que le pudiesen ofrecer. Siempre había odiado vivir de la caridad y aunque lo necesitaba, prefería ganarse el pan de cada día con el sudor de su frente. Rehusó la invitación de varias personas que paseaban por la calle y le invitaron a un bocadillo nada más verlo allí tirado, desnutrido y casi sin aliento. Minutos antes habían pasado por el supermercado más cercano una pareja joven y alegre, pero se negó a recibir nada. Les dio las gracias por su buena fe. La ropa que llevaba puesta era vieja y estaba rota. No hace más de un año, después del impacto por todo lo ocurrido que empezó a sentir un vacío inmenso en el pecho. No había ni un solo día en el que no se acordase ni rezara ninguna oración por sus padres. No era capaz de sonreír al recordar su última comida juntos antes de que cogiesen el coche y tuvieran el accidente.

No tenía la culpa de la muerte de sus padres y, aún así, se sentía culpable por lo que pasó. Tiene muy poca autoestima. Huye de todo lo bueno que le ocurre y se excusa a sí mismo cuando algo le sale bien. Cada día tiene una media de siete pensamientos negativos que lo destruyen.

Lleva varios días pensando que todo lo que está viviendo se lo merece. Nunca ha tenido amigos, ni parejas… y ahora tampoco tiene padres en los que confiar lo divertido o lo catastrófico que ha sido el día antes de irse a dormir. Siempre había deseado con toda su fuerza tener la suerte de contar con alguien en quien poder confiar sus problemas, las filias y las fobias. Sentir el apoyo de alguien con quien no compartiese techo ni vivienda. Empezaba a pensar que, quizás, todo aquello que le ocurría era culpa suya y todo se debía a su forma de ver las cosas.

sábado, 14 de abril de 2018

Un domingo cualquiera

En uno de los días más importantes del año para mi familia porque, como cualquier domingo, nos reuníamos todos otra vez de nuevo para saber más de cada uno y no perder el contacto. Qué tal estaban yendo las cosas en mi trabajo, las rutina en casa con nuestra pareja y alguna que otra anécdota que quisiéramos compartir y habíamos vivido con los amigos. No éramos una familia numerosa, pero tampoco pequeña. Y como cada domingo, solíamos celebrar el día comiendo todos juntos en el salón alrededor del brasero. Aunque, siempre acabásemos bailando y haciendo un poco el payaso entre nosotros. Mi primo siempre saca su ukelele y empieza a cantar hasta que todos le sigamos. Mi madre aprovecha cada segundo que puede para hacer una nueva foto a alguno de nosotros y enmarcar nuestra peor sonrisa para recordar aquellos felices momentos. Siempre nos decía que cuánto peor salíamos en la foto era porque nos lo estábamos pasando mejor que nunca. Mi hermano y mi padre echan mientras una partidita al beer pong después de comer, aunque mis tías siempre les echaban la bronca a pesar de saber que lo seguirían haciendo. Mientras yo, bueno, esta vez estoy aquí contemplando el panorama de no poder moverme porque el médico me ha mandado reposo durante 15 días, y sólo llevo dos. Y mientras, escribo estas líneas sobre todo lo que veo en un papel para publicar un nuevo relato en mi blog, que creo que ya va siendo hora de actualizarlo un poco.

Aunque esta vez era distinto. Y no porque estuviera lesionada, que también. No sólo estaba escribiendo mirando con una tímida sonrisa a mi familia y pensar en ser una afortunada por tenerlos a todos ellos. Además, tenía justo delante de mí, mi cuenco de sopa del que apenas probé dos sorbos. Me moría de hambre, pero no cada vez que le daba un sorbo, se me pasaban las ganas de comer. Aunque me siguiesen sonando las tripas. No sé. Sentía una sensación rara e incluso me atrevería a decir que era la primera vez que me pasaba.

La sopa estaba rica y me la había preparado mi madre con todo su amor, pero había algo que le fallaba y no eran los ingredientes. De repente, me acordé y quizás, hasta lo vi de nuevo. Aunque estuviésemos a kilómetros luz del recuerdo. Cuando era pequeña, me tuvieron que ingresar en el hospital. La enfermedad que padecía siempre se me olvida el nombre, y no tengo espacio entre mis letras para nombrarla. Estuve más o menos una semana, y todos los días tanto para comer como en la cena, me daban sopa. No me gustaba en absoluto, hasta tal punto que siempre que la probaba necesitaba ir al baño porque me daban arcadas y no sabía si devolver lo poco que había comido o tan sólo era una falsa alarma entre un millón. Cada vez que veía entrar a la enfermera con la bandeja y la sopa en ella, me giraba hacia el otro lado y fingía no tener hambre. Llegué a sentir ardores en el estómago, mareos y dolor de cabeza. Por un momento, pensé que era consecuencia de todo aquello que estaba viviendo en aquella monstruosa semana, pero tan sólo era la falta de vitamina que tenía por mala alimentación.

Me sumergí tanto en aquel sueño, que de volverlo a vivir y sentir la cuchara en la boca, del mal olor me desperté de inmediato. Se me cerró el apetito y no quise volver a saber nunca más de la sopa, la hiciera quien la hiciera.


Hay platos que saben horrible porque guardan un apestoso recuerdo.

lunes, 9 de abril de 2018

Parálisis del sueño

Me desperté en mitad de la noche, y ni siquiera pude volver a cerrar los ojos para dormir de nuevo. No podía mover un músculo de mi cuerpo, ni siquiera un dedo. Tenía los ojos como platos en mitad de la oscuridad, mirando a la nada. Sentí miedo, ansiedad y vergüenza. Sentí la presencia de mi madre, pero sabía que eso no podía ser verdad. Mi madre está al otro lado de la pared. La habitación de mis padres está junto a la mía, además, mi madre esa noche no dormía en casa. Cuestiones de negocio. Algún curso para profesionales de su sector. Nunca entendí muy bien a qué se dedicaba y me resulta realmente embarazoso mirar a alguien a los ojos cuando me preguntan por su oficio. Nadie da crédito ni atiende a razones.

Apenas estaba en casa, y siempre tenía algo que hacer. Pasaba gran parte de su vida viajando de un país a otro, y siempre estaban los negocios por encima de todo. Siempre me decía que todo aquello lo hacía por mí, para costearme los estudios y que yo pudiera ir a una universidad de lujo. Aunque yo no quería, pero no escuchaba a nadie. Anteponía siempre los demás a su propia vida y felicidad, y siempre miraba por los lujos y caprichos que se pudieran permitir el resto. Aunque a ellos esos caprichos no les interesara. Apenas pisaba por casa. Yo siempre esperaba despierto a que llegara ella para darle un abrazo y poder respirar tranquilo al irme a la cama. Cuando parecía no llegar, siempre ponía la misma excusa para no preocuparnos.

Aún así, todas esas veces, siempre me iba a la cama con lágrimas en los ojos, y rezando porque volviese sana. Me quedaba despierto en la cama hasta que escuchase el leve portazo que daba siempre al entrar. Esta noche no pasó nada. No estaba, no iba a venir nadie. Al principio, pensé que me desperté debido a una pesadilla que hubiese tenido en el sueño y, por un momento, me llegué a cuestionar si había comido demasiado en la cena. Pero, no. Sólo había tomado un sándwich y un vaso de leche con galletas, como todas las noches antes de irme a dormir. No podía ser la cena, había comido lo de siempre. Y tampoco pudo ser una pesadilla porque lo recuerdo feliz. Había tenido un sueño bonito y al que me gustaría volver para ser feliz, aunque sólo sean unas cuantas horas. Había vuelto a mis 15 años y estaba en un parque con mis amigos tocando la guitarra y pasándonos la cachimba entre todos. No creo que fuera esto una pesadilla, el recuerdo que mantengo como ya he dicho no es desagradable sino todo lo contrario.

Por otra parte, tenía mucho sueño y aún así no era capaz ni de cerrar siquiera los ojos. Y si me paraba a pensarlo en frío, este hecho me inquietó bastante hasta quitarme el sueño que no conseguía conciliar. Notaba como una presencia por la habitación aún sabiendo que no había nadie. Entre cada movimiento, podía ver una sombra oscura similar a la figura de mi madre. No sabía qué me estaba ocurriendo. No eran alucinaciones pero sabía perfectamente que si se lo contaba a alguien me señalaría con el dedo como si estuviera loco, ni siquiera sabía si me podía fiar de mí. Había una lucha interna entre la razón y mi cordura. La razón apoyaba a las imágenes que estaba viendo con mis propios ojos y a todo ese cúmulo de emociones que estaba viviendo al verlas. Mientras que, la cordura, no hacía más que repetirme una y otra vez en la cabeza que eso no podía ser así, porque sabía perfectamente que mi madre aún no había llegado de la excursión que hicieron por negocio en su empresa. Ya no sabía qué hacer, si contarlo a la mañana siguiente o callármelo.

Fueron apenas 10 minutos todo lo que duró mis alucinaciones, por llamarlo de alguna forma. Aunque sentí que ese corto plazo de tiempo se hizo eterno por un momento y fuera eterno. Necesitaba decírselo a alguien, y en cuanto entré a la consulta del médico, me explicó detenidamente que sólo había sufrido una leve parálisis del sueño. Nada preocupante, aunque me estuviese alerta porque me podría volver a ocurrir y sería el doble de fuerte.

martes, 27 de marzo de 2018

Valors

Estaba a la espera de pagar los artículos que tenía entre mis brazos. Ni siquiera me paré a coger una cesta para ir más cómoda. Sólo serían un par de minutos, era mi excusa favorita para no moverme ni un milímetro más y perder el sitio. Sabía perfectamente que nunca serían dos minutos, siempre se alargaba el tiempo de espera. Aunque, en el supermercado al que suelo ir normalmente sólo hay una y como mucho dos personas por delante de mí. Esta vez, la cola se alargaba más de lo previsto. Parece que no acaba nunca. Este supermercado sólo tiene dos cajeras que siempre se turnan entre ellas, en lugar de avanzar más rápido estando las dos en caja. Una va excesivamente rápida con los clientes, hasta tal punto que, como te despiste, te quedas sin la vuelta del cambio. Mientras que, la otra, bueno, la otra... pues aquí me tienes, escribiendo estás líneas desde el móvil. Los brazos me empezaban a doler del cansancio de llevar todo el peso encima.

A veces me miro desde otro punto de vista, en perspectiva, y me hace gracia la situación en la que acabo por estar. Parece que hago malabares mientras espero a pagar la compra. Sólo tienes que ver los productos sobre mis brazos, el móvil en una mano e intentando escribir bien los mensajes que me han llegado en aquellos laargos segundos con la otra. Yo sigo con la lengua fuera y ya no sé si por cansancio y sentir los brazos muertos, querer salir de aquel infierno que se forma siempre cuando voy a pagar o simplemente por no ser capaz de escribir bien y acabar enviando tres mensajes iguales hasta que salgo del local y lo vuelvo a reenviar porque no se me entiende. Por unos segundos, parece que la cola avanza y yo voy llegando a la cinta para dejar mis cosas, coger aliento y poder respirar aire tranquilamente... pero, no. Aún así, me pasa algo curioso.

Justo delante de mí tengo a una mujer con el pelo rubio y rizado a lo afro. Tendrá unos 42 años aproximadamente, y tirando por lo bajo. Vestía una sudadera rosa palo y debajo de ella, portaba una camiseta blanca ennegrecida que, a primera vista, daba la impresión de haber venido justo después del entrenamiento. Estaba escuchando música y, podría deducir hasta el grupo de la canción por el alto volumen en el que lo tenía. Llevaba consigo dos paquetes en su regazo. Uno se podía ver claramente que era arroz, pero en el otro ya no me pude fijar muy bien, y junto a ellos llevaba un monedero azul marino. Nada más dejar los dos paquetes sobre la cinta, abrió el monedero y, sin darse cuenta, cayeron dos monedas de veinte céntimos que rodaron por el suelo hasta llegar a mí por casualidad.

Aún no sé si hice bien pero sentí que había hecho lo correcto. Me pude haber quedado de brazos cruzados, sin hacer nada. No eran míos y no era mi obligación recogerlos, por qué me iba a molestar yo en agacharme y recogérselas. Aún así, lo hice. Me agaché, las recogí y, por un segundo, pensé en quedármelas porque, quién no lo haría, sólo son 40 céntimos de nada y ni siquiera se había enterado de que se le habían caído. No creo que suponga ningún problema ni mucho menos esté penalizado que yo me quede unas monedas que me había encontrado en el suelo. Pero, no. No eran mías y no me las podía quedar yo. Eso no era justo. Además, ¿y si pasara al contrario? No me hubiera gustado que no me lo devolvieran por pequeño que sea su valor.

- Disculpe…

Le dí un par de golpecitos en el hombro para llamarla, pero casi ni se inmutó. No me escuchó, o no me quería oír. Volví a llamarla de nuevo y esta vez, se volvió hacía mí casi exigiendo una respuesta por haber interrumpido su parte favorita de la canción o eso intuí yo. Aún así, fue amable conmigo. Supongo que había sentido el empujón, me miró y me preguntó que qué quería. Sin decir nada, la miré a los ojos, le tendí la mano y le devolví su dinero.

- Tome, creo que esto es suyo. Se le ha caído…

En ese momento, pude ver cómo se le iluminaba la cara con una sonrisa de oreja a oreja. Fue un gesto bonito y lleno de amabilidad por ambas partes. Estaba feliz. Le devolví la sonrisa y acto seguido miré hacía el suelo ruborizándome. Me dio las gracias y tampoco tuvimos mucho tiempo para entablar conversación, ni tampoco tema más allá de las monedas; aunque supongo que lo que menos, ganas. Las dos nos queríamos ir para nuestra casa y descansar en paz. Segundos más tarde, miró hacia delante y avanzó. Era su turno.
- Hola, buenos días, ¿desea bolsa? – Preguntó la cajera.
- Sí, muchas gracias – Respondió la señora, amablemente.
- Pues son 6’40 cent.
- Tome – Le tendió la mano con las monedas en su interior, y se fue.
- Que tenga buen día. - Le deseó la cajera.
- Gracias, e igualmente - Volvió a respondió amablemente la señora, y esta vez con una sonrisa en sus labios.

La siguiente era yo.

Nada más terminar de pagar, recogí mis bolsas y salí por la puerta para volverme a casa y hacer la cena; y sin darme cuenta, me esperaba allí fuera. Sólo me quería dar las gracias porque, de no haber sido por esos 40 céntimos, tendría que bajar de nuevo porque no tenía suficiente y sin uno de aquellos dos paquetes, a su marido le quedarían horas de vida. Y segundos más tarde, pudimos escuchar cómo caía la cadena de seguridad contra el suelo mientras nos despedimos y cada una cogió caminos distintos para irse a su casa.

Tenía lo justo, y me prometió que me devolvería el favor.

miércoles, 31 de enero de 2018

Luna

Sentía ardores en la frente, mi estómago se impacientaba y exigía más comida a pesar de no tener a ninguna presa de la que poder alimentarme cerca de mí. Mi cuerpo experimentaba a cada segundo que pasaba alguna broma que no me hacía ni pizca de gracia. A veces, me daban serios pinchazos en el estómago. Otras, tan sólo aullaba por dolor, temor o nerviosismo. Apenas supe que me podía ocurrir. Nunca había sentido nada parecido. Llegué a pensar que era mi final sin ni siquiera saberlo. Podíamos haber llegado al final de los hombres lobos y ya no nos quedaba más oxígeno del que llenar nuestros pulmones.

No había nadie que merodease por allí. Estaba en mitad de un camino de tierra, algún que otro bache y obstáculo que dificultaba el paso a los coches. A sus alrededores había varias parcelas de las que, por entonces, no sé conocía nada. Quizás estuviesen abandonadas o sus dueños duerman en la ciudad, pero nunca se escuchaba ni un solo ruido en las casas. Tan sólo se escuchaba el canturreo de los grillos y saltamontes por el campo. Era una zona tranquila, por norma general. Nunca pasaba nada extraño y de lo que pudiesen saltar las alarmas. Aquella noche, en cambio, hubo varios tiroteos. Tuvimos suerte, y todos ellos ocurrieron a unos 7 kilómetros de distancia de donde estábamos nosotros. Había empezado la temporada de caza, pero estábamos a salvo. Nunca se habían acercado a un hombre lobo y cuando así era, huían de nosotros.

El dolor que sentía cada vez iba a peor. No era capaz de frenarlo. Me rebozaba en la tierra, me tumbaba y hasta fui en busca de agua por si fuese ese el motivo por el que me estaba ahogando en mi propio veneno. Nada. No sólo no menguaba, sino que también se intensificaba a cada segundo que marcaba el reloj, y cada vez era más insoportable. No podía aguantar ni un segundo más. Notaba que me faltaba el aliento, apenas di un par de pasos y ya estaba muerto del cansancio. No me quedó otro remedio que pararme en mitad de la oscuridad, me llevé la mano al pecho e hice muecas de dolor. Sentía cómo se aceleraba la respiración y empecé a respirar fuerte. Un par de veces, al menos las pocas veces en la que era consciente de lo que me estaba pasando, sufrí un pequeño mareo repentino. Todo se movía, la cabeza me pesaba y me daba vueltas. No sabía qué me estaba ocurriendo. No lo suelo experimentar con frecuencia, es más, hasta hace relativamente poco ni siquiera tenía nada.

Había luna llena.

Miré al cielo en una de esas veces y me quedé absorto observándolo. El cielo era lo más claro que podría ser dentro de la noche. No había ni una sola nube afeando la imagen, y la luna brillaba más que nunca. Me quedé embobado mirando el reflejo de su luz que proyectaba mi cara en el charco que había justo a dos pasos de distancia hacia la izquierda de donde estaba yo. Me asomé lo más rápido que pude para verme, aunque sin querer me dejé en segundo plano. Yo ya no era importante como para verme reflejado en un charco en la oscuridad.

Empecé a recordar todo lo que estaba viviendo y me observé seguir unos patrones. Mis emociones estaban guiadas por unos patrones. El dolor que sentía hasta que dejó de tener espacio en mi mente, también. No sabría cómo explicarlo, pero empecé a asimilar todo lo que me estaba ocurriendo en aquellas últimas semanas. Empecé a encontrar respuestas en las preguntas que me hacía el primer día que aparecieron los ardores en mi estómago, la fiebre y el dolor. Al menos, empecé a deducirlo. Siempre tosía, me ponía enfermo, sufría náuseas y dolores de estómago y de cabeza, cuando había luna llena como la de aquella noche.

Poco a poco, esos síntomas fueron a más. Me seguía quedando embobado mirando a la luna, a su luz y al reflejo que proyectaba en cada charco. Veía alucinaciones, y hasta me creí estar hablando con ella sin que nadie ni nada me llamara chiflado. Ni siquiera me importaba que alguien me viera hablando con ella, aunque a ojos de cualquiera pudiera parecer que hablase solo. Sentía los mismos nervios del primer día, pero era feliz. Era una sensación odiosa y amada a tiempos iguales. Quería vivirla cada minuto de mi vida y ya no me importaba si cuánto dolor pudiera sentir. Tan sólo era cuestión de segundos para que yo me volviera a sentir así y, poco a poco, empecé a cronometrar el tiempo que faltaba para volver a vernos de nuevo.

Aunque sólo fuese a través de mi reflejo.  

martes, 30 de enero de 2018

Vicios

Nos conocemos desde que éramos pequeños y nuestro mayor aliado ha sido siempre la música. Nos sentíamos incomprendidos ante el resto de nuestros compañeros, siempre nos echaban en cara que trabajábamos mucho y en lo único en lo que pensábamos era en currar en el próximo proyecto que ocupase espacio en nuestra mente. Tampoco lo voy a negar, sigue siendo así. En este sentido, nada ha cambiado. Hace unos siete años atrás, nos decidimos a formar una banda. Total, quedábamos casi más tiempo como músicos que como grupo de amigos. Por qué no arriesgarse, no perdíamos nada. Aunque, a decir verdad, nos pasábamos casi la totalidad de nuestro tiempo haciendo el tonto entre nosotros, entre risas y gilipolleces. Mientras el resto, nos miraba con cara de asombro cuestionándose qué hacíamos con nuestras vidas. “Sólo son un par de críos, cómo les gusta fantasear” “Míralos, pero qué ricura” “Paletos, vosotros tenéis que estar en clase y no en la calle pidiendo” y otras críticas con las que hemos tenido que tragar desde que comenzó nuestra andadura en la música. 

Tenemos un sueño prácticamente desde que nacimos y, probablemente, le demos más vueltas en música a cualquiera que tuviese el valor de criticar nuestro talento para humillarnos públicamente. Íbamos todos al conservatorio desde los 5 o 6 años, y allí nos conocimos. Podríamos decir que el conservatorio se convirtió en nuestro lugar de reencuentro todos los viernes al salir de clase hasta las nueve de la noche que cerraban las puertas. Nos preparábamos bocadillos de jamón y queso para comer juntos. Curiosamente, mirábamos a la gente de nuestra edad, en los botellones, en clase, en el parque... y observábamos cada conversación que pudiesen tener entre ellos. Algunos buscaban las risas en el fondo de un vaso lleno de alcohol un viernes por la noche y, aunque fuese lunes, ya esperaban con ansías el fin de semana para volverse a emborrachar. Otros, inundaban sus pulmones con el humo que habían esculpido poco a poco hasta llegar a la última calada del cigarrillo que sostienen en la mano. Y luego, nos mirábamos a los ojos los unos a los otros, buscando alguna respuesta a todo aquel panorama, ya no sólo en los jóvenes de nuestra edad, más bien buscábamos la respuesta entre todas las preguntas y las críticas que recibíamos de no exhibirnos ni ser el centro de todas las miradas en un parque, cuando alguien se le va de las mano y suena la ambulancia a lo lejos para socorrerlo. Nunca entendí por qué siempre me juzgaron y nos tildaron de "raros" por no seguir lo establecido. No queríamos ser como ellos, nosotros éramos (y seguimos siendo) felices con lo que hacemos. Al tiempo de acabar los ensayos nos gustaba mirarnos las manos, y sonreíamos al segundo por verlas curtidas y llenas de callos. 

Éramos felices y la música nos daba la vida. Nosotros nos divertíamos con una guitarra, un piano, dos bajos y una batería en nuestras manos. Cada uno lo vivía a su manera y, hasta hace nada no nos dimos cuenta que teníamos un problema e incluso, tan grave como el que se refugia en el alcohol o en las drogas. Tenemos un vicio y, como otro cualquiera, siempre son agradables mientras dura el efecto hasta que te despiertas y te das cuenta de todo lo que has perdido. Nos hemos envenenado de vicios, y por muy buenos que sean, siguen siendo tóxicos. Todos los vicios son horribles. Y quien tiene uno, siempre acaba perdiendo algo.


Si no lo pagas con tu salud, ya lo sufrirá tu bolsillo.