domingo, 3 de diciembre de 2017

Regreso a casa

Iba en metro. Tenía los cascos puestos e iba con la mirada perdida en el suelo, como siempre. Estaba apoyada en la barandilla que hay justo en el centro, en frente de las puertas del vagón. Llevaba la misma ropa del día anterior, una blusa blanca con rayas azules, las zapatillas de deporte y mis vaqueros favoritos. Tenía un mechón de pelo suelto que, a cada rato, me lo recogía. Miraba por inercia a mi alrededor como si estuviese preocupada o buscase a alguien en especial, poniendo bastante atención en cada uno de los movimientos de quien estuviese a mi lado. Cada detalle, por ínfimo que pudiera ser, cobraba importancia en aquel preciso instante. Lo extraño era creer en todo lo que pudiera ocurrir cuando menos nos lo esperásemos. Todo era absolutamente normal.

Sonó el aviso de fin de parada y unas cuantas personas se bajaron del vagón dejándolo aún más vacío de lo que ya se encontraba. A su vez, entraron una familia y dos personas más a destiempo. Una de ellas sin levantar la mirada del suelo se fue directa, algo tímida y cabizbaja al asiento libre que había justo delante de mis narices. Me dio por mirar de soslayo a cada miembro de la familia y me concentré en todo lo que hacían, su manera de vestir y cómo se comportaban entre ellos. No sabría explicar nada de lo ocurrido, por un momento pensé que me fueran a decir algo. Me quedé medio embobada, mirando a la niña. Estaba cogida de la mano de un hombre, a quien le llegaba por poco menos de la cintura. Supuse que debía ser su padre, quien de vez en cuando se inclinaba hacia delante y agachaba la cabeza con una bonita sonrisa en los labios. Ambos se estaban sujetando bien fuerte de la mano para proteger a la niña entre las curvas y el balanceo del metro. Llevaba un gorro y unas orejeras de lana gorda y color beis, una sudadera a juego con el gorro de formas geométricas blancas y grises, unos pantalones de pana y, siendo sincera, sólo puedo hablar a grandes rasgos porque ni siquiera me fijé en los pequeños detalles que caracteriza a cada persona como suelo hacer habitualmente cuando conozco a alguien nuevo.

Tenía los ojos café y, sin saber por qué, me recordaba muchísimo a alguien muy cercano a mí. Mantenía la mirada perdida en el suelo y, este gesto aunque tampoco le di demasiada importancia, hizo que me recorriese un escalofrío por toda la espalda. Sentí complicidad con alguien que ni siquiera conozco y, probablemente, sea la única vez que la vea en mi vida. Sentí algo extraño, como si tuviera más en común con alguien que acabo de conocer de vista en el metro por tenerla justo delante de mis narices, sin ni siquiera haber intercambiado dos palabras. No consigo recordar nada. Ni su pelo, ni su voz, ni nada. Tan sólo sus ojos oscuros. Escribo esto cuatro días después de que sucediera todo y, aún sigo sin dar crédito a nada. No lo consigo recordar. Me dio la impresión de estar viviendo un déjà vu en el cuerpo de alguien, y empecé a angustiarme de pronto. Comencé a recorrer con la mirada, algo nerviosa por encontrar respuestas, todo su cuerpo, de pies a cabeza, con tal de poner en contexto toda la información que pudiera sacar en cuestión de segundos. Nada. No saqué ninguna conclusión al respecto. Dejé de buscar respuestas y empecé a encontrar soluciones.

Desperté de la locura en la que me había embargado desde que vi aparecer a aquella familia entrando por la puerta del vagón. Y justo cuando sonó el aviso del metro anunciando la siguiente estación, me di cuenta de que aquella sería la tercera parada desde la mía y tan sólo me quedaría una más para continuar mi vida y perderles de vista. Se abrieron las puertas entre la multitud dejándose paso los unos a los otros, entre empujones. Supongo que tendrían miedo. Los que se preparaban para salir del metro no querían quedarse allí encerrados y bajarse en la próxima para luego retroceder, mientras los que estaban esperando para entrar no se querían quedar fuera y tener que esperar otros cinco diez minutos más para subirse al siguiente metro. Yo, en cambio, permanecí callada, en silencio, observando a todo mi alrededor y veía cómo el ambiente que se creaba entre la multitud era completamente distinto a la calma que se respiraba antes de que el metro anuncie la siguiente estación. 

Seguía esperando mis respuestas y justo cuando las empecé a dar por perdidas, vi a la familia entera a lo lejos, camuflándose con su propia sombra, aún así pude distinguir por primera vez la silueta de la niña caminando junto a la de mi padre.


Volver a casa no siempre significa regresar a un lugar. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario