sábado, 2 de diciembre de 2017

Multitud

Sentía el aire que respiraba algo nervioso. Miraba a cada rato a todos lados, a pesar de no saber a dónde iba. No tenía un rumbo al que dirigirme, cogí las riendas y caminé hacia ningún sitio en particular. Tengo la manía de ir leyendo los carteles de las calles por las que paso y, aun así, no soy capaz de encontrarme a mí. Siento la necesidad de recuperar el tiempo que he perdido a lo largo de estos años y, por estúpido que suene, me encantaría conocerme. Ni siquiera llevo los cascos puestos para evadirme de mis problemas y el mundo que me rodea; como siempre suelo hacer y dejar de escuchar el murmullo de la calle. Mis manos se empiezan a colorear de un tono azul frío y los huesos empiezan a dolerme. La cabeza me da vueltas y, poco a poco, empiezo a sentirme mal. A cada paso, peor soy de controlar mis movimientos. Parece que me cuesta andar y no es consecuencia del agobio que siento por caminar entre los empujones de la gente. Empiezo a marearme, y noto que mis pulmones pesan. Necesito llevarme las manos a la cabeza, y de vez en cuando paro para encogerme el pecho. No soy capaz de encontrarme el pulso y me empiezo a palpitar. Noto bombear sangre a mi corazón a una velocidad de vértigo y la sangre no corre por mis venas como de costumbre. Tengo la sensación de esculpirlo en un momento dado y tengo miedo a ser el centro de todas las miradas que pasen por mi lado.  

Me cuesta adaptarme al clima de esta ciudad y hoy cumplo siete años desde que me vine aquí por primera vez. Tampoco tengo la intención de moverme a ninguna otra ciudad, ni siquiera de buscar mi lugar. No estoy bien aquí, pero tampoco me disgusta. He dejado de sentir los dedos por culpa del frío desde hace ya un tiempo y, para colmo, llego tarde. Procuro no distraerme con nada, pero no consigo detener mi atención en mi camino. He probado millones de prácticas de relajación y ninguna ha dado su fruto. Si me concentro en la respiración y cierro los ojos, irónicamente se me olvida respirar y me agobio. Cuánto más en blanco deje la mente, peor me siento sólo de pensar en haber perdido el tiempo con todas las cosas que tengo que hacer. Miro a mi alrededor y, por un momento, me da la sensación de que se ha detenido el tiempo. Me detengo en el sitio y absorta en mis pensamientos, miro incrédula a quien pasa a mi lado. Parecen felices y no tienen problemas por los que preocuparse.

Aunque visto en perspectiva no tenga ningún valor ni siquiera para mí. No sé si tengo sueño o es el cansancio de tanto llorar. No consigo dar ni un paso más. Mis problemas dejan de ser importante justo cuando los miro desde arriba, en perspectiva. Me duelen. Me están doliendo y nadie se puede hacer a la idea cuánto. Ahora mismo, lo único que necesito es llorar por no saber encontrar una solución a cada uno de ellos. No veo nada, sólo vacío. Cierra los ojos, me digo una y otra vez. Cada vez que hago más caso a mi instinto, veo menos todavía, vacío, negro. Respira hondo. Céntrate en tu respiración y encontrarás la paz. Calma. Poco a poco, que todo fluirá. Estoy completamente en silencio, aunque paradójicamente esté rodeada de risas, susurros y gritos de completos desconocidos que pasan por mi lado y para quienes no somos nadie.

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