domingo, 3 de diciembre de 2017

Las apariencias engañan (1)

Hasir tenía un coche de la hostia, en donde se pasaba la mayor parte de su tiempo. Presumía y fardaba ante el resto de todos los caprichos que tenía a su nombre, aún sin poder permitírselo. Se enorgullece cada vez que conducía por la ciudad con la ventanilla bajada y la música a tope, con tal de llamar la atención de quien estuviese cerca. La gran mayoría de veces que cogía el coche no iba a ningún sitio en particular, simplemente se limitaba a ir desde una punta de la ciudad al extremo, sólo por presumir del lujo y el prestigio que te da estar sentado en un Ferrari. Tampoco tenía mala suerte en el amor y no solía pasar desapercibido ante las chicas en cada fiesta a la que iba. Todos lo endiosaban por lo que veían sus ojos. Él, en cambio, sentía el placer al ver de soslayo todas esas miradas posadas en su nuca. Adoraba llamar la atención y ser el centro de todos. No conocía otra mejor sensación que aquella.

Solía repetirse que era perfecto. Nada podía ir a peor. Tenía la vida con la que todos sueñan disfrutar algún día. Vivía en un chalet de dos plantas y una buhardilla. Estaba a 8 Kilómetros de la ciudad, a unos cinco minutos de todo lo que tenía que hacer en su rutina. Siempre le ha dado mucha importancia a su propia imagen. Cuando era niño, no soportaba la idea de ir a un colegio privado porque allí, todos tenían los mismos intereses y caprichos. A pesar de vivir en una urbanización con la posibilidad de estudiar a tan sólo dos pasos, prefirió hacer la primaria a diez minutos de su casa. Y no era la enorme cifra de dinero que le pedían tanto por la fianza como el resto del año que iban a invertir sus padres en su futuro de estudiar en ese centro. Tenía parking para el alumnado que tuviera coche y, prácticamente, ingresar en ese centro costaba un ojo de la cara. A pesar de las muchas ventajas y oportunidades que le ofrecen y disfrutar de las mejores instalaciones de cualquier centro de estudios de la ciudad, no le convenía estudiar allí. Ese colegio no le aportaba nada de lo que buscaba y si fuese a centros como aquel, todos pensarían que acabaría siendo un don nadie. No tenía ninguna habilidad con la que llamar la atención ante nadie. Ni era guapo, inteligente, rico y no podría presumir de nada de lo que tuviese porque, como mínimo, el resto de sus compañeros serían así también.

Su vida consistía en aparentar lo que otros sueñan tener, aunque se dé de bruces contra la realidad. Y nada de lo que decía tener es suyo. O lo robaba allá por donde fuera, aunque le gustaba pensar que jamás ha robado nada en su vida, tan sólo lo tomaba prestado sin que el resto se dieran cuenta. Muchas veces echaba un viaje al vertedero de su ciudad y rebuscaba entre la basura. También solía alquilar ciertas cosas con tal de fardar de ello y antes de que caducara la garantía, lo devolvía al establecimiento, o simplemente se aburriese de presumir de ello. Ni siquiera tenía dinero para vivir y el poco que tenía, prefería invertirlo en mentiras que le hacían vivir en un cuento de hadas. 


No todo lo que ven tus ojos, es real. 

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