martes, 12 de diciembre de 2017

Desconocidos

Había salido un momento de casa para dar una vuelta y despejarme un poco. Tenía mil problemas en la cabeza, y aunque no fuesen importantes, en mi mente cobraban mucha fuerza. No conseguía encontrar ninguna solución que fuese apetecible para alguno de ellos, y decidí salir a dar un paseo en solitario. Ni siquiera tenía rumbo, me puse los cascos en cuanto salí del portal y mi vida dio un vuelco.

Todo seguía siendo tan igual a la última vez que hubiera pasado por donde iba caminando, pero de alguna manera me volvieron a impresionar los monumentos, las calles y la gente como si fuera la primera vez que los veía. Me sentía como una desconocida en un lugar que, con los años, se ha hecho rutina. Me daba la sensación de estar viviendo en una ciudad nueva y, por un segundo, me inundaron los mismo pensamientos que cuando llegué de la mano de mis padres a esta hermosa ciudad. Llegué a pensar que volví a tener la oportunidad de empezar una nueva vida y dejar a un lado todos mis complejos, miedos e inseguridades que me acobardan y, en cierto modo, me alejan del resto. Suelo mirar al suelo siempre que camino. No sé si por timidez, vergüenza o la impotencia que siento al no saber decir adiós a mi pasado. No soy capaz de quitarme esa máscara con la que llevo conviviendo tantos años. Aunque, de vez en cuando, suelo mirar al frente durante varios segundos, sin perder la concentración en la música que escucho ni en sus letras, que canturreo hacía mí misma sin que nadie más me escuche.

Me considero alguien detallista, observadora y algo despistada. Ensimismada y absorta en mis pensamientos, mi rutina y todos los problemas, decido levantar la cabeza y mirar al frente una vez más. Cuando, por un momento, sin querer, estaba parada en mitad de la calle, en medio del barullo de gente que pasaba a mi alrededor e iban con prisas, apenas pude respirar bien del cansancio que sentí y el agobio que me produjo aquellos largos segundos. Levanté la mirada y empecé a ver a cada persona difundida, como si padeciera miopía. Tuve la sensación de estar mareada por todo lo que estaba ocurriendo ya no sólo allí mismo, sino por culpa de todo el cúmulo de sensaciones que estaba viviendo en aquellos últimos 45 minutos. No fui capaz de reaccionar a tiempo hasta que una voz retumbó en mi cabeza. Una vez que fui consciente de todo lo que me estaba pasando, volví en sí, me puse en pie y comencé a caminar de nuevo. Esta vez, volviendo en mí. Necesitaba volver a casa y descansar para curarme de todos los males. Reduje el ritmo del paseo y empecé a concentrarme en la posible vida que pudiera tener cada extraño que pasaba por mi lado. Parecían felices, sin tener problemas y sin nada de lo que preocuparse a corto plazo. Y lo más probable es que no tuviesen miedo a nada, ni pudiera existir algo que les horrorizara vivir la sensación.

Me paré en seco, sin intención de moverme y el cielo se ennegreció. Empezaron a caer las primeras gotas de la tarde, y yo no tenía ninguna gana de moverme sino todo lo contrario, me quería quedar allí. Quería sentirme viva, quería sentir la lluvia calándome hasta los huesos. El que me viera y estuviese cuerdo podría pensar de mí que iba a coger una neumonía, pero me daba lo mismo. No me importaba en absoluto y, lo más curioso, mis problemas empezaron a desaparecer. Al menos, ya no me pesaban tanto. Ahí comprendí que, quizás, el resto pensaba lo mismo de mí cuando me veían allí en mitad de la nada, gritando a los cuatro vientos y bailando bajo la lluvia, sin intenciones de protegerme de la lluvia para no caer enferma. Tampoco tenía mucho frío. Sólo llevaba un gorro de lana, sin chubasqueros que me proteja del frío, la bufanda que me regaló mi hermano por mi cumpleaños el mes pasado y a quien huele todavía; los vaqueros que estrené por primera vez la semana pasada y llevan años en mi armario, el suéter que nos hace mi madre a mi hermano y a mí todas las navidades; y mis zapatillas favoritas que mi madre no soporta vérmelas puestas porque están rotas y viejas. Acaba de recorrerme un escalofrío por todo el cuerpo con sólo mirarme de arriba abajo. Creo que he empezado a desaparecer del mapa. No sé quién soy y lo peor de todo, me siento cómoda siendo así. Y me sigo preguntando que, podrán pensar el resto de mí, cuando me ven como a una extraña que pasa por su lado cuando nos cruzamos por la calle.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Regreso a casa

Iba en metro. Tenía los cascos puestos e iba con la mirada perdida en el suelo, como siempre. Estaba apoyada en la barandilla que hay justo en el centro, en frente de las puertas del vagón. Llevaba la misma ropa del día anterior, una blusa blanca con rayas azules, las zapatillas de deporte y mis vaqueros favoritos. Tenía un mechón de pelo suelto que, a cada rato, me lo recogía. Miraba por inercia a mi alrededor como si estuviese preocupada o buscase a alguien en especial, poniendo bastante atención en cada uno de los movimientos de quien estuviese a mi lado. Cada detalle, por ínfimo que pudiera ser, cobraba importancia en aquel preciso instante. Lo extraño era creer en todo lo que pudiera ocurrir cuando menos nos lo esperásemos. Todo era absolutamente normal.

Sonó el aviso de fin de parada y unas cuantas personas se bajaron del vagón dejándolo aún más vacío de lo que ya se encontraba. A su vez, entraron una familia y dos personas más a destiempo. Una de ellas sin levantar la mirada del suelo se fue directa, algo tímida y cabizbaja al asiento libre que había justo delante de mis narices. Me dio por mirar de soslayo a cada miembro de la familia y me concentré en todo lo que hacían, su manera de vestir y cómo se comportaban entre ellos. No sabría explicar nada de lo ocurrido, por un momento pensé que me fueran a decir algo. Me quedé medio embobada, mirando a la niña. Estaba cogida de la mano de un hombre, a quien le llegaba por poco menos de la cintura. Supuse que debía ser su padre, quien de vez en cuando se inclinaba hacia delante y agachaba la cabeza con una bonita sonrisa en los labios. Ambos se estaban sujetando bien fuerte de la mano para proteger a la niña entre las curvas y el balanceo del metro. Llevaba un gorro y unas orejeras de lana gorda y color beis, una sudadera a juego con el gorro de formas geométricas blancas y grises, unos pantalones de pana y, siendo sincera, sólo puedo hablar a grandes rasgos porque ni siquiera me fijé en los pequeños detalles que caracteriza a cada persona como suelo hacer habitualmente cuando conozco a alguien nuevo.

Tenía los ojos café y, sin saber por qué, me recordaba muchísimo a alguien muy cercano a mí. Mantenía la mirada perdida en el suelo y, este gesto aunque tampoco le di demasiada importancia, hizo que me recorriese un escalofrío por toda la espalda. Sentí complicidad con alguien que ni siquiera conozco y, probablemente, sea la única vez que la vea en mi vida. Sentí algo extraño, como si tuviera más en común con alguien que acabo de conocer de vista en el metro por tenerla justo delante de mis narices, sin ni siquiera haber intercambiado dos palabras. No consigo recordar nada. Ni su pelo, ni su voz, ni nada. Tan sólo sus ojos oscuros. Escribo esto cuatro días después de que sucediera todo y, aún sigo sin dar crédito a nada. No lo consigo recordar. Me dio la impresión de estar viviendo un déjà vu en el cuerpo de alguien, y empecé a angustiarme de pronto. Comencé a recorrer con la mirada, algo nerviosa por encontrar respuestas, todo su cuerpo, de pies a cabeza, con tal de poner en contexto toda la información que pudiera sacar en cuestión de segundos. Nada. No saqué ninguna conclusión al respecto. Dejé de buscar respuestas y empecé a encontrar soluciones.

Desperté de la locura en la que me había embargado desde que vi aparecer a aquella familia entrando por la puerta del vagón. Y justo cuando sonó el aviso del metro anunciando la siguiente estación, me di cuenta de que aquella sería la tercera parada desde la mía y tan sólo me quedaría una más para continuar mi vida y perderles de vista. Se abrieron las puertas entre la multitud dejándose paso los unos a los otros, entre empujones. Supongo que tendrían miedo. Los que se preparaban para salir del metro no querían quedarse allí encerrados y bajarse en la próxima para luego retroceder, mientras los que estaban esperando para entrar no se querían quedar fuera y tener que esperar otros cinco diez minutos más para subirse al siguiente metro. Yo, en cambio, permanecí callada, en silencio, observando a todo mi alrededor y veía cómo el ambiente que se creaba entre la multitud era completamente distinto a la calma que se respiraba antes de que el metro anuncie la siguiente estación. 

Seguía esperando mis respuestas y justo cuando las empecé a dar por perdidas, vi a la familia entera a lo lejos, camuflándose con su propia sombra, aún así pude distinguir por primera vez la silueta de la niña caminando junto a la de mi padre.


Volver a casa no siempre significa regresar a un lugar. 

Las apariencias engañan (1)

Hasir tenía un coche de la hostia, en donde se pasaba la mayor parte de su tiempo. Presumía y fardaba ante el resto de todos los caprichos que tenía a su nombre, aún sin poder permitírselo. Se enorgullece cada vez que conducía por la ciudad con la ventanilla bajada y la música a tope, con tal de llamar la atención de quien estuviese cerca. La gran mayoría de veces que cogía el coche no iba a ningún sitio en particular, simplemente se limitaba a ir desde una punta de la ciudad al extremo, sólo por presumir del lujo y el prestigio que te da estar sentado en un Ferrari. Tampoco tenía mala suerte en el amor y no solía pasar desapercibido ante las chicas en cada fiesta a la que iba. Todos lo endiosaban por lo que veían sus ojos. Él, en cambio, sentía el placer al ver de soslayo todas esas miradas posadas en su nuca. Adoraba llamar la atención y ser el centro de todos. No conocía otra mejor sensación que aquella.

Solía repetirse que era perfecto. Nada podía ir a peor. Tenía la vida con la que todos sueñan disfrutar algún día. Vivía en un chalet de dos plantas y una buhardilla. Estaba a 8 Kilómetros de la ciudad, a unos cinco minutos de todo lo que tenía que hacer en su rutina. Siempre le ha dado mucha importancia a su propia imagen. Cuando era niño, no soportaba la idea de ir a un colegio privado porque allí, todos tenían los mismos intereses y caprichos. A pesar de vivir en una urbanización con la posibilidad de estudiar a tan sólo dos pasos, prefirió hacer la primaria a diez minutos de su casa. Y no era la enorme cifra de dinero que le pedían tanto por la fianza como el resto del año que iban a invertir sus padres en su futuro de estudiar en ese centro. Tenía parking para el alumnado que tuviera coche y, prácticamente, ingresar en ese centro costaba un ojo de la cara. A pesar de las muchas ventajas y oportunidades que le ofrecen y disfrutar de las mejores instalaciones de cualquier centro de estudios de la ciudad, no le convenía estudiar allí. Ese colegio no le aportaba nada de lo que buscaba y si fuese a centros como aquel, todos pensarían que acabaría siendo un don nadie. No tenía ninguna habilidad con la que llamar la atención ante nadie. Ni era guapo, inteligente, rico y no podría presumir de nada de lo que tuviese porque, como mínimo, el resto de sus compañeros serían así también.

Su vida consistía en aparentar lo que otros sueñan tener, aunque se dé de bruces contra la realidad. Y nada de lo que decía tener es suyo. O lo robaba allá por donde fuera, aunque le gustaba pensar que jamás ha robado nada en su vida, tan sólo lo tomaba prestado sin que el resto se dieran cuenta. Muchas veces echaba un viaje al vertedero de su ciudad y rebuscaba entre la basura. También solía alquilar ciertas cosas con tal de fardar de ello y antes de que caducara la garantía, lo devolvía al establecimiento, o simplemente se aburriese de presumir de ello. Ni siquiera tenía dinero para vivir y el poco que tenía, prefería invertirlo en mentiras que le hacían vivir en un cuento de hadas. 


No todo lo que ven tus ojos, es real. 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Multitud

Sentía el aire que respiraba algo nervioso. Miraba a cada rato a todos lados, a pesar de no saber a dónde iba. No tenía un rumbo al que dirigirme, cogí las riendas y caminé hacia ningún sitio en particular. Tengo la manía de ir leyendo los carteles de las calles por las que paso y, aun así, no soy capaz de encontrarme a mí. Siento la necesidad de recuperar el tiempo que he perdido a lo largo de estos años y, por estúpido que suene, me encantaría conocerme. Ni siquiera llevo los cascos puestos para evadirme de mis problemas y el mundo que me rodea; como siempre suelo hacer y dejar de escuchar el murmullo de la calle. Mis manos se empiezan a colorear de un tono azul frío y los huesos empiezan a dolerme. La cabeza me da vueltas y, poco a poco, empiezo a sentirme mal. A cada paso, peor soy de controlar mis movimientos. Parece que me cuesta andar y no es consecuencia del agobio que siento por caminar entre los empujones de la gente. Empiezo a marearme, y noto que mis pulmones pesan. Necesito llevarme las manos a la cabeza, y de vez en cuando paro para encogerme el pecho. No soy capaz de encontrarme el pulso y me empiezo a palpitar. Noto bombear sangre a mi corazón a una velocidad de vértigo y la sangre no corre por mis venas como de costumbre. Tengo la sensación de esculpirlo en un momento dado y tengo miedo a ser el centro de todas las miradas que pasen por mi lado.  

Me cuesta adaptarme al clima de esta ciudad y hoy cumplo siete años desde que me vine aquí por primera vez. Tampoco tengo la intención de moverme a ninguna otra ciudad, ni siquiera de buscar mi lugar. No estoy bien aquí, pero tampoco me disgusta. He dejado de sentir los dedos por culpa del frío desde hace ya un tiempo y, para colmo, llego tarde. Procuro no distraerme con nada, pero no consigo detener mi atención en mi camino. He probado millones de prácticas de relajación y ninguna ha dado su fruto. Si me concentro en la respiración y cierro los ojos, irónicamente se me olvida respirar y me agobio. Cuánto más en blanco deje la mente, peor me siento sólo de pensar en haber perdido el tiempo con todas las cosas que tengo que hacer. Miro a mi alrededor y, por un momento, me da la sensación de que se ha detenido el tiempo. Me detengo en el sitio y absorta en mis pensamientos, miro incrédula a quien pasa a mi lado. Parecen felices y no tienen problemas por los que preocuparse.

Aunque visto en perspectiva no tenga ningún valor ni siquiera para mí. No sé si tengo sueño o es el cansancio de tanto llorar. No consigo dar ni un paso más. Mis problemas dejan de ser importante justo cuando los miro desde arriba, en perspectiva. Me duelen. Me están doliendo y nadie se puede hacer a la idea cuánto. Ahora mismo, lo único que necesito es llorar por no saber encontrar una solución a cada uno de ellos. No veo nada, sólo vacío. Cierra los ojos, me digo una y otra vez. Cada vez que hago más caso a mi instinto, veo menos todavía, vacío, negro. Respira hondo. Céntrate en tu respiración y encontrarás la paz. Calma. Poco a poco, que todo fluirá. Estoy completamente en silencio, aunque paradójicamente esté rodeada de risas, susurros y gritos de completos desconocidos que pasan por mi lado y para quienes no somos nadie.