miércoles, 2 de agosto de 2017

Mis prioridades

Ayer tuve mi primera entrevista de trabajo y los nervios que pude sentir los minutos antes de entrar al despacho de quien sería mi jefe, eran inmensos. Sentía un retortijón a cada minuto y los segundos se me hacían eternos. Realmente estaba preparada para contestar a cualquier pregunta que me pudiesen hacer y, lo mejor de todo, tuve una idea bastante próxima a la realidad. Tampoco niego que, en los dos días anteriores a la entrevista, me pusiera enferma. Tenía unos calores enormes y la temperatura ambiente de mi cuerpo excedía los 40º. Tenía fiebre. Me pareció muy extraño, no por tan alta temperatura que suele ser lo normal en mí sino porque no me ponía mala en años. Y que mis defensas pierdan el control a días antes de un día importante de mi vida, es muy duro.

La entrevista no estuvo tan mal como yo pensé que fuera a ser. Apenas me puse nerviosa y, más que una entrevista, me pareció en todo momento una conversación con algún amigo en la barra de un bar. Me sentí muy cómoda, la verdad. Pude ser yo siempre y no tuve que rehusar ni utilizar la máscara que cubre mis defectos. Es más, hablé tal cual de ellos, fui sincera, pero le di una mayor importancia a mis dotes y habilidades que, para algo, llevo esforzándome durante varios largos años e incluso, me atrevería a decir que, por encima de burlas y críticas que, con el tiempo, me han ido haciendo daño poco a poco. He salido bastante contenta de la entrevista, la verdad. No me puedo quejar.

Puede que los nervios tan sólo me sirviesen para ser consciente de la realidad y no estar por los cielos como suelo acostumbrar. Si no me cogen en esta empresa, no pasa nada, ya cuento con experiencia para las próximas veces y, estoy segura que seré mejor. Lo único que me echa para atrás es cómo de exigente va a ser el entrevistador. Supongo que ahí juega un papel importante el factor suerte. Por millones de euros que pueda facturar tu empresa al año, no estoy dispuesta a trabajar con vosotros si me encargáis el trabajo de mierda por lo que no estáis dispuestos hacer la mayoría y, para colmos, a un precio muy bajo. Vale, sí. Seré la última en llegar a la empresa y recién graduada por la Universidad pero eso no es motivo para aceptar todo lo que te llueva y menospreciar tu talento. Al fin y al cabo, todos tenemos un precio y yo no estoy dispuesta a trabajar por encima de mis capacidades.

Aún no me han llamado y sigo con miedo de que no lo hagan. No porque no me llamen, eso me la trae bien floja sino por la última pregunta que formulé antes de marcharme del despacho. Me preguntaron absolutamente de todo, supongo que ya se hacía una idea de quién era en realidad y me hayan investigado un poco las redes sociales. Eso lo daba por sentado. De hecho, hasta lo deseo que haya sido así. Hablé de mis inquietudes y los distintos intereses que tengo, los idiomas que hablo y estudio, la experiencia que tengo en el sector y la formación adquirida en los distintos campos relacionados con este mismo área. Les tuve que mostrar algún trabajo propio que haya hecho y se puede asemejar al mundo laboral y, como no, saqué una oportunidad también para contarles sobre mis proyectos. Todo lo que rondaba por mi mente en estos momentos. Hablé sin tapujos sobre mis miedos e inseguridades y, a pesar de que alguno de ellos pudiese eliminarme del mapa a la hora de firmar contrato, lo hice.

No sabía muy bien cómo hablarle sobre una duda que tenía desde hace ya varios meses, y siempre que pensaba en ella, me recorría un escalofrío toda la espalda del miedo que sentía por echar a perder la buena impresión que se había llevado de mí a lo largo de la entrevista y mi manía de ser transparente: Mi miedo a trabajar en esta profesión y anularme como persona. No podía dejar de pensar si tenía que dejar mis principios y ética personal a un lado para centrarme en hacer dinero y vender más. Realmente, estaba muy desorientada, tengo muy claro cuáles son mis prioridades pero lo que me asusta de verdad es si el resto conoce sus prioridades tan bien como yo y sin son distintas a las mías, si serán capaces de respetarlas.


El mundo no está formado por currículums, sino por personas.

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