domingo, 20 de noviembre de 2016

Hipócritas

Iba en coche, como de costumbre, a una velocidad tan tranquila que podía contemplar el paisaje. Se podía observar una cordillera por su ventanilla mientras que el brillo de la luna se reflejaba por la otra. Jugaba siempre a perseguir a la luna, como si hubiese vuelto al recreo. Estaba de vuelta al trabajo y a pesar de que éste le encante, acaba destrozado cada noche. Podrían ser las 21:30 horas. La costumbre lo llevó a descansar en un pequeño bar perdido en mitad de la carretera. Ya desde lejos se podrían ver las luces del letrero en donde se leía el nombre: VILLAVICIOSA. Era un bar de prostíbulos, pero no parecía un local de ambiente hasta que no entrabas dentro y podías observar el panorama con atención, quedándote boquiabierto si es la primera vez que pisas el local y no tener otra opción que creerte lo que ven tus ojos. No tenía otra alternativa si quería descansar un rato y despejarse. Estaba a medio camino de llegar a casa y llevaba una hora de recorrido. Aquel era el único bar que había en la carretera de vuelta a casa. Apenas hay distracciones por el camino, ni un solo coche en aquellos días. Todo era muy tranquilo. Sólo había campo, praderas y una hilera de montañas. Rara vez, le cegaba la luz de algún coche que venía en sentido opuesto al suyo. Esa noche, iba más cansado de lo habitual, se le notaba en la expresión. Sus párpados se cerraron un par de segundos en varias ocasiones, y no paraba de bostezar. Hablaba con dejadez y de vez en cuando daba algún cabezazo al aire.

Nada más poner los pies en el suelo y asegurarse de haber cerrado el coche, encendió un cigarrillo, le dio un par de caladas y fue directo al bar. Mantenía la mirada fija en el hostal. Conforme se fue acercando a él, cada vez las luces del interior le cegaban aún más. Una vez que estaba dentro del recinto del local, se paró en seco para darle una última calada al cigarro y, acto seguido, tirarlo al suelo, pisarlo y entrar. Miró su reloj, para comprobar si estaba siguiendo todos los pasos. Tenía la manía de hacer los mismos gestos y movimientos día a día, y siempre a la misma hora.

Abrió la puerta a paso de película, y antes de dar un paso más recorrió con la mirada de cabo a rabo su interior. Lo mismo de siempre. En cada uno de sus rincones se podía ver con perfecta claridad la imagen de cuatro putas de extrarradio con diferentes tíos. Y mientras disfrutaban de aquel momento sin ni siquiera importarle su alrededor, otros tantos fingían no ver la escena ahogando sus penas en el fondo del vaso lleno de alcohol, con la chaqueta entre sus piernas, recién llegados del trabajo con cara de "no poder más" y la mano echada en la barra del bar. El camarero ni se inmutaba, pasando por alto cualquier detalle y actuaba con total normalidad. Limpiaba los vasos con un trapo roído de color blanco y su mano llena de grasa. Un par de niños correteando por la zona, felices y sin atención de sus padres. Uno de ellos miraba la obscena imagen de aquellos cuatro amores de extrarradio, atónito, boquiabierto, y sin dar crédito a lo que veían sus ojos.

Una vez dentro, contó los pasos que tenía que dar hasta llegar a la barra del bar y pedir su consumición. Esta vez, por un momento no encontró al camarero ni de lejos. Asomó la cabeza y con inquietud, miraba constantemente su reloj al mismo tiempo que se mordía el labio inferior. Si quería coger el coche a las 22 horas como era habitual, se debía apresurar. El camarero se estaba retrasando más segundos de la cuenta. Siempre le atendía al momento de llegar a la barra.

Su reloj marcaba las 21:45 horas.

Una vez que tomó asiento, se quitó la chaqueta y la posó sobre sus piernas mientras procuraba llamar la atención del camarero para que lo atendiese. Cuando vino, le preguntó si lo de siempre y no tuvo otro remedio que asentir con la cabeza. No tardó ni medio segundo en preparárselo y en cuanto lo tuvo delante, tomó un pequeño sorbo mojándose apenas los labios. Se relamió un par de veces con la lengua. Tardaba bastante tiempo en volverlo a tomar. Finalmente, y como de costumbre, estuvo un cuarto de hora allí, mirando fijamente al vacío cuestionándose a sí mismo si su vida merecía la pena, mientras se tomaba el café. Dejaba siempre algo de propina y se iba. En cuanto salió del local, esta vez no encendió ningún cigarro y, poco a poco, las voces que provenían de dentro del local eran cada vez menores.

A pesar de convertirse en consumidor habitual de aquel extraño local, seguía sin comprender cómo podía estar pasando todo lo que veía cada noche allí dentro y el camarero sin hacerse cargo de ello. Ni como los padres de los niños que veía cada noche aquella realidad, no hacían nada y pasaban de largo. Al fin y al cabo, no llevaría a mis hijos a un lugar como éste, aunque sea el único bar de la ciudad ─ Dijo para sí mismo. Pero, mientras conversaba consigo mismo sobre aquel ambiente, le respondió una voz tosca y grave que sus palabras le hiló la sangre:

A ti tampoco parece importarte lo que ven tus ojos. Sino no volverías a este lugar…



Sólo creemos en lo que queremos ver.

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