sábado, 19 de noviembre de 2016

Estación de Argüelles

La estación estaba a rebosar de gente, y el parámetro del metro marcaba unos tres minutos para que llegase el siguiente. Busqué una vez más en el mapa la estación en la que estaba, Argüelles, y la estación a la que tenía que ir, Callao. No sé muy bien si lo busqué para asegurarme primero antes de que llegase el metro, o si por no saber qué hacer en aquellos dos minutos que faltaban. A mi lado, acababa de llegar una chica rubia cuyo pelo estaba bastante alocado, era liso y por la expresión que ponía supuse que estaba algo perdida allí. Llevaba un vestido rosa pálido, y una mochila colgada al hombro abierta por el momento de haber sacado el mapa y estarlo desdoblando al tiempo procurando montarse en el tren que sonaba cada vez más cerca al irse aproximando a la estación. Fui a ayudarla con el mapa y le pregunté a qué estación iba para orientarle un poquito en dónde estaba y cuál de las líneas tenía que coger. Sol. Esa era su parada, Sol, la siguiente a la mía. Sin esfuerzo ni conciencia esbocé una sonrisa para mis adentros, y sin querer en cuanto las puertas del metro se abrieron le cogí del brazo y me apresuré corriendo entre empujones hacia el vagón.

Tuvimos tiempo para hablar, y llegué a perder la cuenta de las veces que me pudo dar las gracias por ayudarle. A medida que el vagón se fue vaciando poquito a poco, en cada parada, encontramos por suerte dos sitios libres. Me di cuenta del azul de sus ojos, un color que me inspiraba confianza. Nos contamos qué hacíamos en Madrid, y cuáles eran nuestros planes de futuro. Ya he dicho que el tiempo nos dio para rato, y hasta nos pusimos caras de querer saber más sobre algo que no nos importaba un carajo. Me di cuenta que, cada vez, estábamos más juntos y el tiempo se ralentizaba cuando la veía sonreír. El ruido que pudiese haber dentro del metro como aquel que hiciese éste mismo al llegar a la siguiente estación ya ni me molestaba. Apenas lo podía escuchar, no le presté atención a nada más que a ella.

Llegamos a Alfonso Martínez, la parada en la que nos teníamos que bajar ambos y cambiar de líneas para llegar a nuestros destinos. Volvimos a hacer el proceso de antes, pero esta vez juntos. Parados. En mitad de la estación, sin embargo, esta vez, el metro apenas tardó segundos en llegar hasta nosotros y subirnos de inmediato. En este caso, no tuvimos apenas tiempo para conocernos más. El tiempo, al contrario que la otra vez, se nos pasó volando y en un acto de inconsciencia, ya anunciaba por megafonía el nombre de la estación "Callao" y tras repetidas veces, llegó a la estación. En cuanto se abrieron sus puertas, nos bajamos y nos despedimos con un abrazo. Sin embargo, a pesar de encontrar mis ganas en las suyas, fui yo quien dio el primer paso y le invité a quedar algún día. Me dijo que sí, y nos dimos nuestros teléfonos e incluso las redes sociales para tenernos en contactos. Nos volvimos a abrazar por última vez y me vi obligado a verla marchar en dirección opuesta a la que yo iba, entre la multitud, cabizbaja, y tan insegura como la vez en que su inseguridad me atisbó confianza en la estación de Argüelles. Volví a girarme, y esta vez a seguir mi camino. Pero, justo cuando ya salía a la calle, me paré a pensar que quizás me estuviese confundiendo de estación. 

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