domingo, 7 de agosto de 2016

Viaje en tren

Los vagones corrían a una rapidez infinita. En mi compartimento, había un señor que podría tener unos 65 años y vestía un traje gris a juego con la corbata y el sombrero. Yo a diferencia que aquel extraño señor, quien miraba a la nada mientras sujetaba su viejo bastón, me sumergí de lleno en las letras que poco a poco iban apareciendo en la pantalla de mi ordenador. Iba además con mis dos guitarras y la armónica que llevaba siempre en mi bolsillo. Si perdía la concentración, me ponía a tocarla. Su sonido me relaja. Al cabo de un rato, perdí toda la concentración y ya no supe qué hacer para llenar el vacío que me esperaban aquellas dos largas horas de viaje. Opté por vigilar el paisaje con mis auriculares y, poco a poco, fui entrecerrando los ojos hasta quedarme dormida. En cuanto me desperté, miré la hora con la intención de que hubiesen pasado ya las dos horas y ni mi reloj ni el paisaje hicieron hincapié en que cumplirlo.

Me decidí a sacar de la mochila una pequeña libreta de color azul y ponerme a escribir un rato. No sabía muy bien de qué hablar y por mucho que lo intentara, no presté atención a nada de lo que hacía. Simplemente, pensaba en lo que me deparaba cuando el tren anunciara el fin del trayecto. Dejé la mirada perdida en el paisaje para observarlo de lleno a modo de inspiración cuando una lágrima de felicidad resbaló por mi mejilla. De nuevo me había ido completamente. Vagué por unos segundos entre recuerdos donde los dos nos estábamos riendo con esas estupideces que nadie más comprende. Me removí en mi asiento y cambié mi expresión dando a entender que no me encontraba bien. Necesitaba llegar. Necesitaba saber a qué sabían sus besos o cómo de cálidos eran sus abrazos. Los kilómetros me hicieron olvidar esos pequeños detalles que solamente yo sé valorar dentro de una relación. Sentí la necesidad de verlo en todas partes pero reaccioné a tiempo y volví en sí.

Procuré concentrarme en mi nuevo proyecto, el que se encontraba en mitad de la mesa con la pantalla del ordenador cegándome y sin nada de contenido. No hacía más que escribir y borrar. No tenía inspiración, al menos nada que contar. Supongo que la emoción de poder estar allí y abrazarlo me inquietó tanto que no pude pensar claramente en ninguna de las ideas que rondaban por mi mente. No hice más que relamerme los labios al pensar en las muchas aventuras que podríamos vivir juntos los próximos días. Poco a poco se fue dibujando una sonrisa en mis labios al mirarlo a los ojos en el último recuerdo que tengo con él.

Aquel último beso en mitad de la estación, con las maletas rodeándonos y con sus ojos clavados en mí intentando trasmitirme toda la seguridad que me falta ahora. Me mordí el labio inferior de la impotencia que sentí por no estar justo así, ahora ─Pensé. De inmediato, la memoria me jugó una mala pasada y me idealizó un momento cualquiera en mi ciudad. Íbamos paseando de la mano cuando pronuncia en un suspiro mi nombre, en forma de orgasmo. Volví en sí. Sabía que no era cierto por la incongruencia de las imágenes que fueron apareciendo en mi mente. Me inquieté por unos segundos y pasmada de aquellos extraños recuerdos cuando la alarma daba por concluido aquel viaje sonó repetidas veces. No tardé en reaccionar y, en cuanto lo hice, recogí lo más rápido que pude todos mis bártulos. Me apresuré entre empujones hacia la salida mirando nerviosa si no me dejaba nada que fuera mío. Mientras tenía la cabeza en aquella sensación que estaba por venir y tanto ansiaba.  

Allí estaba como la última vez que lo vio. Corrí a paso de película entre la multitud para abrazarlo y dejé en donde pude las maletas que me ralentizaban aquel momento. Salté al vuelo para fundirnos en un abrazo cuando la realidad me dio de canto contra ella al recordarme que ya no estaba. Mi relación ya no existía desde hace seis meses atrás y yo seguí negándome que fuera cierto. Sin embargo, yo le podía ver. Estaba allí, conmigo. Nadie era consciente de aquello porque todos decían que era mi cabeza la que me jugaba malas rachas. Que estaba loca y confundía la ficción con la realidad. Seguí empeñada que no me había cegado tanto el amor que sentía por alguien pero no hubo quien me hiciera caso.


Me desperté y tomé hilo de la realidad. Había soñado con la persona de mi vida pero aún no era nadie en la suya. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba completamente enamorada.


Enamorarse es la única locura que está socialmente aceptada. 

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