lunes, 15 de agosto de 2016

La ignorancia de la razón

Durante sus últimos meses de vida vivía dentro de una burbuja que le impedía conocer a gente que le pudiese ayudar y, por consiguiente, pudiese salvarle. Padecía un síndrome raro, del cual nadie podía dar crédito a lo que escuchaban siendo a su vez, incomprensible para todos (excepto para él). Sin embargo, no sabía nada más que se iba a morir. Tan sólo tenía 9 años de vida, y cómo iba a morir tan joven si ni siquiera había hecho el 10 % de todas las cosas que quería hacer antes de morir. Estaba extremadamente delgado por la falta de vitaminas, proteínas e hidratos... y se le notaban las costillas a ambos lados; el pelo lo tenía desde hace ya varios días bastante alborotado siendo de un color castaño oscuro. Por otro lado, llevaba siempre colgado al cuello un amuleto de la suerte, era blanco y tenía forma de tabla de surf con un pequeño agujero en el centro. No lo practicaba, pero era una forma de prometerse a sí mismo que algún día será como Kelly Slater.

Su madre estaba preocupada por su salud, desde que alguien en el colegio le metió esa idea absurda en la cabeza de que se iba a morir pronto a causa de no sé qué enfermedad no quiere comer nada. Absolutamente nada. Empeñado en que se iba a morir, decía que para qué iba a alimentarse entonces. Si total, el destino era lo que era. Y nadie podía cambiarlo. Era muy fanático de las predicciones, y se obsesionaba muy fácilmente con ellas. Debido a la falta de alimentación, poco a poco, fue enfermando, e iba de mal en peor. En cambio, él se encontraba raro, por un lado pensaba que los demás se empezaban a preocupar por él y, por tanto, a darse cuenta quién tenía la razón; con lo cual, eso le hizo sonreír plácidamente. Mientras que, por el otro, no quería tenerla. No quería morirse a su temprana edad, apenas había vivido lo suficiente como para tener que despedirse del mundo. No sabe qué hay detrás de la muerte, y si la vida esconde algo o, simplemente, se deja de existir. Este era otro de sus dilemas por los que no quería morir. En cualquier caso, quería seguir viviendo pero, sabía que eso no era posible.

Un día, harta de pelear su madre con él para que fueran al médico a ver qué le pasaba sin ni siquiera tener éxito, y si era grave la situación en el caso de que fuese verdad lo que estaba diciendo, por lo que se vio obligada en llamar a la consulta para invitarle a venir a su casa. Mientras tanto, pudo escuchar a ratos cómo su madre hablaba por teléfono con el médico, y justo en un momento dado, escuchó su nombre repetidas veces. Lo sabía. Sabía que estaba intentando convencer al médico para que fuera allí y le atendiese en su propia casa, pero lo que de verdad le fastidiaba era ver a su madre intentando decirle al médico que le hiciera creer lo mal que estaba. Enfermo, loco, traidor. O, eso supuso. No hubo mayor pensamiento que le hiciera perder el control y estallar de la impotencia que sentía, empezó a llorar tan fuerte que, en cuanto se dio cuenta su madre ya había soltado el teléfono para ir a socorrerle del susto que le había pegado al pensar que le pudo llegar a pasar algo grave... y, el teléfono mientras tanto seguía descolgado. No le dio tiempo ni siquiera a limpiarse las lágrimas en la manga, cuando su madre ya estaba dentro. Consolándolo y dándole un abrazo. Una vez que le contó todo lo que había pensado en aquellos breves e intensos minutos de su vida y su madre le haya tranquilizado, ésta volvió sus pasos tras el teléfono y el médico seguía allí, al otro lado de la línea. A los cinco minutos, su madre se despidió del médico, y pudo ver, agazapado, detrás de la puerta a su madre asentir tres veces seguidas con la cabeza, sin mediar palabra, hasta dejar colgarlo; corrió hasta la cama a arroparse y tomar la postura en la que estaba antes de salirse de ella, sin dar tiempo a su madre para que entrase en su habitación y le comunicase que en un par de días venía el médico a verle. Al menos, querían saber a ciencias ciertas qué le pasaba para comportarse y pensar de esa manera.

Asintió, y acto seguido, se llevó la manta hasta cubrirle la cabeza mientras daba media vuelta en la cama y podía escuchar a su madre irse de la habitación despidiéndose de él con un beso en la frente antes de cerrar la puerta dando un leve portazo en ella, con bastante rabia y haciendo mucha fuerza para no volver a llorar (o, al menos, no delante de él). Una vez que escuchó cerrarse la puerta, se giró involuntariamente sin creerse por un momento la situación, y se volvió hacia la ventana. Tal y como estaba. Mirando a través de ella al vacío de sus pensamientos, y de su enfermedad.

Nada. Tan sólo un suspiro. Los días que quedaban para que fuera el médico pasaron exactamente igual. Ni una tomadura de pelo, como quería esperar su madre; ni una muestra de afecto seria en cuanto a su enfermedad según él.

Eran las 5 pm y su madre había quedado con el médico a esa misma hora; no solía llegar tarde nunca pero, esta vez se retrasó un par de minutos en llegar. Se disculpó por ello, en cuanto tocó el timbre y le abrieron la puerta, antes de que su madre le señalase el camino hacia su habitación y con un gesto de amabilidad se dirigió hacia allí. Llevaba un maletín y vestía algo coloquial para ser médico. En cuanto llegó, se arrodilló en la alfombra que había puesta justo debajo de la cama y abrió el maletín sobre ella. Cogió todos aquellos cacharros y, uno por uno, le fue dando uso haciendo lo que siempre hacía cuando iban a su consulta. O iba a cualquiera que se encontrase mal como para ir al médico, como estaba haciendo aquella vez. En cambio, se giró con gesto de preocupación y sus palabras hilaron su sangre al mismo tiempo que sentía como, poco a poco, se le fue acelerando el corazón. Y una vez de haberle examinado, y revisar de que todo se encontrase en su perfecto estado (salvo por el detalle de la falta de vitaminas), se dirigió a la madre y contestó con grave aguda y pausada:

─ Me temo, decirle que… su hijo tiene razón. Le quedan poco tiempo de vida… ya nadie puede hacer nada.─ Una vez dicho esto, se giró rápidamente hacia el paciente, y añadió ─ Dylan, hijo, ahora que sabes la verdad, y que sólo tú estás en lo cierto, prométeme una cosa.

En ese momento, sentía una sensación rara. Entre ganador y vencido, quería tener razón sí para demostrarles a todos que se equivocaban, todos menos él, e incluso que llegasen a sentir la culpa; pero, no se quería morir. O, al menos, no ahora. Así que, se limitó a decir, y por el miedo que sentía en aquel momento por lo que pudiese pasar, aclarándose antes la garganta tosiendo varias veces, y tras tartamudear la primera sílaba, dijo ─ di-i-me.

─ Que, antes comerás algo. No querrás que toda tu familia y amigos te recuerden de esta manera, ¿verdad? ─ y, convencido de que la cara de preocupación de Dylan ya se lo había dicho todo, al bajarla en cuestión de segundos avergonzado de ello por no saber ver más allá de lo que estaba obsesionado, y en silencio; le puso la mano en el hombro a su madre, empujándola hacia el pasillo de la casa como si no se la conociese ella misma, intentando consolarla o, al menos, dar credibilidad al asunto; y, sin que nadie se diese cuenta esbozó una tímida sonrisa mientras le guiñó un ojo en cuanto sus miradas se chocaron entre ellas. Mientras tanto, le recogió el pelo para susurrarle al oído que no se preocupase, que nada de todo ello era cierto. Nadie se iba a morir. O, al menos, no de momento.

─ ¿Cómo? ─ Desprientada, secándose las lágrimas en la manga, por un momento, había dejado de llorar en seco debido al desconcierto que le había causando aquellas palabras tan frías del médico.

─ A veces, la peor enfermedad es aquella que te hace creer incluso en tu propia mentira. Y, para ésto, sólo hay una cura. Partir de la propia ignorancia hasta llegar a la razón. Tú cédele la razón pero, hazle ver, que no es cierto. Sólo así, serás capaz de despertarle. Sólo así, volverá a creer en sí mismo y a olvidarse del resto.


Y, levantando lentamente la cabeza, aún con el pañuelo en la mano de sonarse la nariz y con las lágrimas en los ojos; se quedó boquiabierta de todo lo que le había dicho aquel último minuto, pero sin poder creérselo aún, y ahora con una leve sonrisa dibujada en sus labios, no fue lo último que escuchó:

─ Eso sí, sigue fingiendo.─ Acto seguido, se marchó empujando la puerta hasta hacerla sonar, al mismo tiempo de guiñarle un ojo, dejando atrás la imagen de aquella mujer allí, sorprendida, en mitad del salón. Sollozando, y temblando de la impresión.


No hay mayor enfermedad que la obsesión, y la obsesión te lleva al extremo de ignorar la realidad.

lunes, 8 de agosto de 2016

¿Una solución?

La vida está llena de años de experiencias, o solamente de años, en los que hay una lágrima, una sonrisa y una emoción; un temor, un miedo. Una pelea, una herida, una cura, un castigo e incluso, a veces, una recompensa o un premio. Una idea, un proyecto, una ilusión. ¿Cuántas canciones hemos podido escuchar hasta ahora? ¿Cuántas veces has sentido amor, odio o deseo hacia alguien como la indiferencia hacia nadie en particular? Nos enseñan a hablar, escuchar, oír y decir, y por ese orden. Pretenden que aprendamos a callar e ignorar lo que a ellos les conviene justo cuando les interesa a la mayoría. Sentir y padecer. ¿Cuántas veces has follado ya? ¿Cuántas decisiones has tomado tú? Todos buscan una cifra a cada pregunta, mientras yo sigo buscando una solución a esta pobre sociedad. Me enseñan a decir que dos más dos son cuatro sin acordarse de por qué es así. Me dicen que tengo que saber justificar mis respuestas porque sino me resta 0,5 de no haberla completado sin antes justificarse ellos cuando les hago la misma pregunta y no saben qué responder. Dos, seis, ocho, veinticuatro. Qué importa el resultado si éste seguirá siendo la solución correcta a nuestro problema sea cual sea la respuesta. Tampoco hay que buscarle el sentido a la vida para poder disfrutar de ella.


Empieza a vivir más cada momento y deja de pensar en cuándo será el momento adecuado para esperar a vivirlo. La vida es un momento que sólo tú decides si vivirlo o que sea éste el que te viva a ti. Igualmente, que para vivirla seamos nosotros sus protagonistas. Piensa, sueña, ríe y haz todo aquello que te haga feliz aunque para el resto seas un bicho raro.


Vivimos en una sociedad sistemática, en donde no hay explicación lógica para cambiar sus normas.  

domingo, 7 de agosto de 2016

Viaje en tren

Los vagones corrían a una rapidez infinita. En mi compartimento, había un señor que podría tener unos 65 años y vestía un traje gris a juego con la corbata y el sombrero. Yo a diferencia que aquel extraño señor, quien miraba a la nada mientras sujetaba su viejo bastón, me sumergí de lleno en las letras que poco a poco iban apareciendo en la pantalla de mi ordenador. Iba además con mis dos guitarras y la armónica que llevaba siempre en mi bolsillo. Si perdía la concentración, me ponía a tocarla. Su sonido me relaja. Al cabo de un rato, perdí toda la concentración y ya no supe qué hacer para llenar el vacío que me esperaban aquellas dos largas horas de viaje. Opté por vigilar el paisaje con mis auriculares y, poco a poco, fui entrecerrando los ojos hasta quedarme dormida. En cuanto me desperté, miré la hora con la intención de que hubiesen pasado ya las dos horas y ni mi reloj ni el paisaje hicieron hincapié en que cumplirlo.

Me decidí a sacar de la mochila una pequeña libreta de color azul y ponerme a escribir un rato. No sabía muy bien de qué hablar y por mucho que lo intentara, no presté atención a nada de lo que hacía. Simplemente, pensaba en lo que me deparaba cuando el tren anunciara el fin del trayecto. Dejé la mirada perdida en el paisaje para observarlo de lleno a modo de inspiración cuando una lágrima de felicidad resbaló por mi mejilla. De nuevo me había ido completamente. Vagué por unos segundos entre recuerdos donde los dos nos estábamos riendo con esas estupideces que nadie más comprende. Me removí en mi asiento y cambié mi expresión dando a entender que no me encontraba bien. Necesitaba llegar. Necesitaba saber a qué sabían sus besos o cómo de cálidos eran sus abrazos. Los kilómetros me hicieron olvidar esos pequeños detalles que solamente yo sé valorar dentro de una relación. Sentí la necesidad de verlo en todas partes pero reaccioné a tiempo y volví en sí.

Procuré concentrarme en mi nuevo proyecto, el que se encontraba en mitad de la mesa con la pantalla del ordenador cegándome y sin nada de contenido. No hacía más que escribir y borrar. No tenía inspiración, al menos nada que contar. Supongo que la emoción de poder estar allí y abrazarlo me inquietó tanto que no pude pensar claramente en ninguna de las ideas que rondaban por mi mente. No hice más que relamerme los labios al pensar en las muchas aventuras que podríamos vivir juntos los próximos días. Poco a poco se fue dibujando una sonrisa en mis labios al mirarlo a los ojos en el último recuerdo que tengo con él.

Aquel último beso en mitad de la estación, con las maletas rodeándonos y con sus ojos clavados en mí intentando trasmitirme toda la seguridad que me falta ahora. Me mordí el labio inferior de la impotencia que sentí por no estar justo así, ahora ─Pensé. De inmediato, la memoria me jugó una mala pasada y me idealizó un momento cualquiera en mi ciudad. Íbamos paseando de la mano cuando pronuncia en un suspiro mi nombre, en forma de orgasmo. Volví en sí. Sabía que no era cierto por la incongruencia de las imágenes que fueron apareciendo en mi mente. Me inquieté por unos segundos y pasmada de aquellos extraños recuerdos cuando la alarma daba por concluido aquel viaje sonó repetidas veces. No tardé en reaccionar y, en cuanto lo hice, recogí lo más rápido que pude todos mis bártulos. Me apresuré entre empujones hacia la salida mirando nerviosa si no me dejaba nada que fuera mío. Mientras tenía la cabeza en aquella sensación que estaba por venir y tanto ansiaba.  

Allí estaba como la última vez que lo vio. Corrí a paso de película entre la multitud para abrazarlo y dejé en donde pude las maletas que me ralentizaban aquel momento. Salté al vuelo para fundirnos en un abrazo cuando la realidad me dio de canto contra ella al recordarme que ya no estaba. Mi relación ya no existía desde hace seis meses atrás y yo seguí negándome que fuera cierto. Sin embargo, yo le podía ver. Estaba allí, conmigo. Nadie era consciente de aquello porque todos decían que era mi cabeza la que me jugaba malas rachas. Que estaba loca y confundía la ficción con la realidad. Seguí empeñada que no me había cegado tanto el amor que sentía por alguien pero no hubo quien me hiciera caso.


Me desperté y tomé hilo de la realidad. Había soñado con la persona de mi vida pero aún no era nadie en la suya. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba completamente enamorada.


Enamorarse es la única locura que está socialmente aceptada.