jueves, 14 de julio de 2016

Lógica de madurez

Salía de clases de inglés, ni siquiera había salido del edificio y ya metí las manos en los bolsillos buscando mis auriculares y el móvil, una vez que los toqué y pude desenrollarlos me los puse casi por inercia en los oídos, e inconscientemente empecé a deambular entre viejos recuerdos y alguna que otra lágrima. No levanté la vista del suelo, y apenas escuchaba la música. Era curioso, porque siempre me gustaba ver lo que pasaba a mi alrededor, conociese o no a quien estuviese por allí. Pero… esta  vez, no tenía ganas más que de tumbarme en la cama, y dormir. Quería descansar, a pesar de haber dormido mis diez horas de sueño. Últimamente, las cosas no me iban nada bien, y quería huir de mí aunque fuese en otra dimensión.

En el camino de vuelta a casa, me topé con una piedra a la que, desde el primer minuto, le empecé a dar patadas, y no sé si era por entretenerme o por distracción. Pero, sin saber si quiera cómo ni por qué, recibí un pelotazo en la pierna izquierda. Me agaché, recogí el balón con las dos manos, y se lo di a un niño que no tendría más de unos 4 o 5 años, quien seguidamente y con la cabeza baja de haberme dado en el pie, sintiendo las disculpas, se fue corriendo sin mediar palabra. Inconscientemente, me quedé parada, allí mismo, en mitad de la acera, esperando a que sucediera algo, pero no sucedió nada extraño. Retomé el rumbo, y casi de inmediato, mi instinto me hizo saber que estaba en lo cierto. Giré mi cabeza hacia la derecha, y pude escuchar la conversación que mantenían dos adultos, dándole una calada cada poco tiempo e inmediatamente expulsando el humo con bastante placer, sin la intención de dejar de fumar por ver al hijo de uno de ellos jugueteando con el balón por allí.

─ Papá… ─ le llamó a su padre, con insistencia, tirándole del pantalón por la altura de sus rodillas.
No obtuvo respuesta.

─ Papá… ─ Volvió a insistir.
─ ¿Qué? ─ Contestó su padre, tras darle una calada al cigarro que sostenía en la mano, y plácidamente, exhaló su humo con la mirada en las nubes con la intención de que esta vez su hijo no huela el humo.
─ ¿Puedo probar? ─ preguntó señalando el cigarro.
─ ¿El qué? ─ preguntó el padre, esperando equivocarse.
─ Eso. ─ contestó, señalando más de cerca el cigarro. 


Y casi de un brinco, se levantó su padre, se atragantó con la última bocanada de humo que había ingerido pocos segundos antes; que, para mi sorpresa, nada más echarle la bronca y aconsejarle que no debía de seguir su ejemplo, que fumar mata y perjudica su salud… hasta haciéndole prometer que en la vida iba a fumar. Vamos, todos esos argumentos que se vuelven banales cuando quien te los dice no le presta apenas atención a sus propias palabras. Le dio un par de caladas más y en seguida se sentó en el banco, fastidiado de lo que le había preguntado su hijo. Tras darle aquellas dos últimas caladas, tiró el cigarrillo al suelo y apagó la mecha con el pie.
Al momento de sentarse de nuevo, miró inconscientemente a los ojos de su hijo esperando encontrar una respuesta de lo que le había preguntado, y éste, le hizo una pregunta que nada más escuchar sus palabras, le hiló la sangre.


─ Entonces… ¿tú… por qué qué… fu- fumas?

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