viernes, 17 de junio de 2016

Años de soledad

Eva era una chica de 23 años, y vivía en casa de sus padres hasta hace 6 u 8 meses. Había comenzado una nueva vida estudiando una carrera imaginaria, y conviviendo con alguien a quien ni siquiera ella conocía realmente. Su vida eran un conjunto de mentiras, tenía ganas de llorar y su manía de estar siempre bien frente a los demás, la autodestruía por dentro. No soportaba que nadie supiese qué mal lo estaba pasando, y porque eso no ocurriese incluso fingía alguna que otra sonrisa para transmitir una felicidad que no existía realmente.

Una mañana, en cuanto se levantó, y dejando su cuarto patas arriba se decidió ir. En el escritorio había pilas enteras de apuntes de años pasados, de los que ya ni siquiera se acordaba; una taza de café vacía, el ordenador y el equipo de música que llevaba siempre que iba al gimnasio, las veces que salía a correr o, simplemente, a tomar un poco el aire. Eran las únicas veces que salía de casa. La ventana escondía la suave y tenue luz solar que podía cegar perfectamente a cualquiera, que entraba sin obstáculo alguno a la oscura y lúgubre habitación dándole vida. La cama deshecha y, no tenía la intención de hacerla en algún momento y la ropa de días anteriores tirada en la silla y esparcida por los suelos.

Salió de su habitación y sin decir ni una sola palabra se fue de casa, dejando a su vez una sensación de desconcierto en todos ellos. O en nadie, en particular. La casa quedó vacía en cuanto ella se fue, pero solo para ella estaba llena de gente. A veces, se nublaba su razón y veía a gente donde sólo había vacío. Confundía lo real con lo incierto, y lo ficticio con lo verdadero. En su cabeza, todo seguía igual, su compañera de piso en pantalones cortos y camisa de tirantes, de pie tomándose su café con leche quien antes de poder despedirse de ella, dio un portazo en la puerta y se fue. Bajó al garaje del edificio, apuntó al coche para abrirlo, se montó y puso en marcha todos esos conocimientos que hasta ahora no había echado en falta y salió de la ciudad. Emprendió un largo viaje entre las cordilleras de las afueras haciendo "eses" por la carretera para adelantar a quien iba delante de ella y poder ir a sus anchas. No tenía sitio a dónde ir, hacia donde sus ganas la llevasen. Al fin y al cabo, nadie la esperaba. No tenía prisas en regresar.

Al atardecer, ya llevaba recorrido unos cuantos kilómetros. Aún así, decidió dar un par de rodeos más si ni siquiera quitar la mirada de la carretera para ver las mismas cordilleras que llevaba recorriendo desde hace horas y se podían ver desde la ventanilla del conductor. Poco a poco, se fue haciendo de noche y sus lágrimas comenzaban a ser las protagonistas del momento. Echaba de menos a sus padres, y añoraba a su hermano pequeño a pesar de todas las estúpidas broncas que había tenido con él en los últimos años, y por las que había discutido con sus padres. Necesitaba abrazarlos y saber que estaban bien, pero ni aún yendo en la dirección correcta llegaría antes de la mañana del día siguiente. Ni siquiera se encontraban en el mismo país, ni tampoco sabría dónde buscarlos. Perdió el contacto hace meses. Ni tampoco tenía amigos a los que llamar para contarles sus aventuras, quedar con ellos o hablar tranquilamente de sus problemas como pedir ayuda. Nadie sabía nada de ella. Estaba sola, y era consciente de eso. De hecho, uno de los motivos por los que se quedó sola fue por haber rechazado la ayuda de todos. Nadie entendía su enfermedad, ni siquiera ella misma comprendía por qué estaba enferma o de qué.

No paraba de hablar de ella y sus problemas a novios imaginarios, e incluso a su mejor amiga. Nadie a los que ella llama "amigos" existen de verdad. Tan sólo en su imaginación, pero ella los ve… y siente. Y no, tú, lector, que estarás pensando en la esquizofrenia como enfermedad, no lo padecía. Era consciente de su situación, sabía que nadie de sus amigos existían, no los veía en realidad pero hacía por verlos. Simplemente soñaba con verlos y los creó cuando nadie le creyó. No se quería encerrar en una habitación de cuatro paredes, ni llevar puesta ninguna camisa de fuerza. No quería eso. ¿Ella? No era ninguna loca de manicomio.  

Sus ganas de llorar la hundieron en ese momento que tuvo que parar el trayecto. No podía más. La impotencia y rabia que sentía ahora mismo se convirtieron en una realidad insostenible. Paró en seco y salió corriendo del coche, llorando, con las manos en los ojos para que nadie la pudiera ver llorar a pesar de oír su llanto, mientras se juraba a sí misma que iba a cambiar si no quería vivir en aquellas trágicas y paupérrimas condiciones. Corrió hasta dar con un lugar donde pudiese gritar en silencio todo lo que callaba por dentro desde hacía un tiempo y poder sentirse a gusto consigo misma. El cielo estaba oscuro, ya apenas se veía nada, y ella calculó que podrían ser las ocho y media de la noche. En mitad del campo, se rozó con el grueso tronco de madera de un árbol, apoyó su espalda y se dejó caer sobre él.

Empezó a escribir en la libreta de pasta azul que llevaba siempre en su bolsillo junto con a un bolígrafo y mientras alguna que otra lágrima emborronaba lo que escribía. No solía escribir sobre ella, pero esta vez era lo único que tenía en mente y no podía ignorar cuando el problema era quien le gritaba ayuda. Paró. Sin llegar a descifrar nada, escuchó un eco. No pudo evitar darse la vuelta hacia el lugar donde provenían esas extrañas y frías palabras que, con lágrimas en los ojos, hicieron que se callase.

Rápidamente, se frotó los ojos con las yemas de sus dedos y se pasó la manga del jersey que llevaba puesto para limpiarse las lágrimas para saber que todo aquello era real. El sonido vino de una tosca voz, y no tan particular, que provenía de detrás de los arbustos que se encontraban justo detrás de donde estaba ella. Un par de escalofríos vagó por su espalda, atónita, sin ni siquiera esperar respuesta alguna que mediase consuelo. Nunca antes nadie le había hecho entrar en razón al escuchar nada igual.


No culpes al sentido común de lo que sólo tú tienes la culpa.

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