martes, 21 de junio de 2016

120 Km/h

Adoraba la velocidad, y nada era una excusa para abusar de ella. Viajaba mucho, pero siempre iba y venía de un pueblo a otro, sólo para notar cómo la fuerte brisa del viento azotaba su cara mientras iba conduciendo. Vestía un elegante tupé y siempre llevaba unas Rayban negras, incluso en los días lluviosos. Además, portaba siempre el mismo modelito de ropa: una chaqueta de cuero negra abierta dejando ver su apuesto abdomen tras la camisa blanca de tirante y tan ajustada que llevaba debajo de ésta, unos Levi's oscuros y unos zapatos negros de piel con algo de tacón. Solía apoyar un brazo en la parte de la ventanilla dejando sobresalir su mano mientras se fumaba un cigarrillo. En cambio, no era uno de esos barriobajeros de ciudad que iba con la música a tope y las ventanillas bajadas hasta el fondo escuchando reggae ni uno de esos moteros que maldicen a quienes van por el arcen. Estaba enamorado de la música clásica, en especial, no paraba de oír a Beethoven y Chopin.

Tenía un Ford Scott rojo de segunda mano, pero tan reluciente como uno de primera. Apenas tenía kilómetros recorridos cuando lo compró. Siempre que llovía optaba por poner la capota negra de vinilo para que no se estropeara el interior del coche y aún así, solía sacar la cabeza por fuera de la ventana para notar las gotas de lluvia clavarse en su piel. A pesar de su apariencia, era un chico solitario y tímido que prefería ir por carreteras más estrellas de lo habitual siendo a su vez las que tienen mayor desnivel y peor estado de todas. El coche se tambaleaba para un lado y el otro, pero él siguió su instinto y no dejó de correr como un loco por aquel viejo camino.

Había recibido ya un par de multas por exceso de velocidad, pero siguió sin hacer caso a los mandatos de la policía. Justo por aquellos caminos la ley mandaba ir a la mitad de la velocidad a la cual iba, a 80 Km/h. Nunca le parecía poco para no regocijarse en su asiento, echándose hacia atrás y dejar su vida en manos del volante. Además, quién iba a pasar por allí, si estas carreteras están más muertas que viva. Si ya todos prefieren ir por las autopistas, quién quiere ir por estos caminos ─Se decía para sí mismo una y otra vez.

Un día, se topó con la propia policía y tuvo el valor de echarle un pulso. Empezó a correr como poseso, y a mirar muy de vez en cuando por el espejo del coche para controlar la distancia que había entre ellos. No había apenas nada, tan poca que en un abrir y cerrar de ojos ya le habían bloqueado el paso. No tuvo otra alternativa y bajó del coche, a gachas y con las manos en alto. Quedó arrestado. A pesar de ello, antes de que le pudieran esposar, se quitó las gafas con aire decidido y le mantuvo la mirada a uno de ellos al tiempo que les dijo con voz firme provocando un escalofrío que recorrió de arriba a abajo todos sus cuerpos:



─ Sólo el peligro es capaz de hacerme entrar en razón.

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