viernes, 24 de junio de 2016

Arte y miseria

No me encontraba bien y me decidí a dar una vuelta por la ciudad. Cogí mis auriculares y en lo que salí por el portal, empecé a escuchar a mi grupo de música favorito. Apenas presté atención a mi alrededor, sentía cada letra que escuchaba como si me describiese por completo y cada tiempo musical rompía mis oídos. Como era habitual en mí cada vez que escuchaba música, me ponía en la piel del cantante. Mi sueño siempre había sido formar un grupo de música y ser la voz y la guitarra del mismo. Hace años que dejé los estudios de música y me empecé a formar de manera autodidacta. A cada canción que escuchaba, mayor era el recuerdo que me venía a la mente. Mis emociones legaban un segundo plano en mi vida por entonces.

Sin darme cuenta, vagué por los callejones de la ciudad hasta toparme con la música de un grupo callejero que apenas llegaban a los dos euros por día. Inconscientemente, me quité los auriculares y los observé de lado a lado. No sabía cómo pero aquellos completos desconocidos me habían sacado una sonrisa. Los observaba atónita y con bastante admiración. Apenas nadie les hacía caso. Es más, tenía curiosidad de por qué su afición por la música, cómo empezó todo. Siempre me había llamado la atención conocerlo todo acerca de una persona, a qué se dedica y qué supone eso en su vida, si era por obligación o mera vocación. Y cuando uno de ellos se me quedó mirando, incrédulo de llevar más de cinco minutos allí, escuchando feliz su música, se acercó a mí y entablamos una bonita y agradable conversación que me hizo plantearme muchas cosas de mi vida.
─Hola, ¿te puedo ayudar en algo?
─No, gracias. ─Le contesté, tímidamente. Pero, antes de que se pudiera dar la vuelta, le pregunté ─Bueno… ¿te-e pu-e-edo hac-cer una pregunta-a?
─Sí, claro. Pregunta.
─¿Cómo empezó todo? Esto, vuestra afición por la música…
─ Conocí a Joffrey, el guitarra y voz del grupo, en el Conservatorio. Íbamos juntos a clase, y desde entonces nos llevamos como hermanos. Nos gustaba tanto la música que todos los veranos nos poníamos a pedir en la calle, supongo que no hemos cambiado nuestra tradición. Un chico se nos quedó mirando de la misma manera en que tú lo has hecho, que vino a nosotros y nos preguntó si éramos un grupo de música, que teníamos talento y él buscaba con quien formar uno… y así conocimos a Robbin. Un tío que además de guapo, simpático y solidario, tiene muchísimo talento. Y luego se incorporaron Vanessa y Joey, bajista y guitarra.
─Peeero… sois cinco en el grupo, ¿y tú?
─Ah, yo soy el batería. Soy Eddard, ¡encantado! ¿Sabes? Mi vida perfecta no es tal y como la pintan la mayoría de la gente. Mi vida perfecta es dedicarme a la música, tocando en garitos de "mierda" y volver a casa, o mejor dicho, a mi estudio en el que lo tengo todo: mis guitarras, los bajos, un sofá-cama, que el estudio tenga una pequeña cocina y un baño, el skate y no sé todo lo que de verdad me hace feliz. Pero no quiero adornar mi vida con lujazos que luego sólo voy a utilizar una vez y me olvide de ellos para siempre. Yo soy feliz con lo que tengo, y no necesito nada más. ─Me dijo, con la mirada absorta en el vacío e inmediatamente le dio una calada al cigarro que tenía en la mano para tirarlo al suelo e irse de nuevo con la banda.

Su filosofía de vida me cambió por completo mi manera de vivir, plateándome si de verdad estaba haciendo lo que quería o por gustar a otros. A partir de aquella extraña conversación, cada gesto, mirada y hasta los pequeños detalles que hacían me parecían de lo más curiosos que los llegué a observar con la mayor exactitud.

Empecé a observar más a la gente y menos a ellos, extrañada del mucho talento que tenían y la poca atención que se les prestaba. Me acordé por unos minutos del último concierto al que fui, era de Vetusta Morla, me acuerdo que hasta hubo gente que esperó horas antes, incluso un día antes para coger sitio y verlos en primera fila. No sé… por un momento los he llegado a comparar con ellos. ¡Qué estúpida… cómo un grupo de calle va a llevar más talento que uno que vive de la música desde años! Sin embargo, no para mí, no había ninguna diferencia… salvo el escenario, claro está. Sí, es cierto, ellos actuaban en la calle e incluso ya se han comido por ello varios marrones, entre ellos, multas e insultos de gente que no conocían de nada. A quienes la gran mayoría de la gente pasaba de largo, e incluso entre burlas y risas a su costa, e inmediatamente se les tachaba de miseria y "donnadie" en la vida. Y, en cambio, a grupos "profesionales" se los llega a idolatrar sin ni siquiera estar encima de un escenario.

No entendía muy bien aquella extraña situación, y por un momento me llegué a apenar por ellos. Pero… por qué apenarme por alguien que tienen un objetivo en mente por el que luchar y aunque la vida le dé más fracasos que éxitos, ahí siguen. Al fin y al cabo, ya les gustaría a muchos estar en su situación aunque no lo sepan. Dando conciertos, y aunque en vez de firmar autógrafos y discos, tengan que asentar las críticas e insultos como forma de vida, son felices. Fíjate bien, aunque en la calle pasen de ti, algún acorde de tus canciones se cuelan por sus oídos. Pobre de ellos, pensé. Esta vez no por ofrecer su música en la calle y en aquella paupérrima situación, sino por todo lo que tienen que sufrir en su día a día por hacerlo. Son músicos, y vale que su sueño era ofrecer sus canciones encima de los grandes escenarios y todo eso que vive un grupo de éxito. Pero… tocar en la calle ni es un acto vandálico como dicen unos, ni una miseria como dicen otros. Sigue siendo el mismo arte que aquel que es capaz de reunir a más de 2000 personas en un aforo y tocar para ellas.

En un momento de lucidez, me vino un pensamiento a la cabeza, al cual no pude ignorar y no darle vueltas. Nos atrevemos a pensar que "la buena vida" la tiene aquel que cumple con sus obligaciones y cobra religiosamente. El que tiene el lujo de vivir en un chalet de dos plantas y un cochazo de la hostia. Sin ni siquiera darse cuenta que sólo así viviremos felices materialmente. Y claro que el dinero es importante, pero no tanto como para dejar de lado nuestra vida. Por qué no entregarnos en alma y cuerpo a aquello que nos apasiona, aunque esto nos haga vivir en la miseria. Una vez que desperté por completo de mi ensimismamiento, lancé una moneda al aire y cayó justo en la gorra que tenían apoyada en el suelo delante de ellos. Esbocé una sonrisa y tras guiñarle un ojo al chico de la batería, me puse mis auriculares y retomé el camino de vuelta a casa.


Nada es mejor que nada, sino diferente al resto.

martes, 21 de junio de 2016

120 Km/h

Adoraba la velocidad, y nada era una excusa para abusar de ella. Viajaba mucho, pero siempre iba y venía de un pueblo a otro, sólo para notar cómo la fuerte brisa del viento azotaba su cara mientras iba conduciendo. Vestía un elegante tupé y siempre llevaba unas Rayban negras, incluso en los días lluviosos. Además, portaba siempre el mismo modelito de ropa: una chaqueta de cuero negra abierta dejando ver su apuesto abdomen tras la camisa blanca de tirante y tan ajustada que llevaba debajo de ésta, unos Levi's oscuros y unos zapatos negros de piel con algo de tacón. Solía apoyar un brazo en la parte de la ventanilla dejando sobresalir su mano mientras se fumaba un cigarrillo. En cambio, no era uno de esos barriobajeros de ciudad que iba con la música a tope y las ventanillas bajadas hasta el fondo escuchando reggae ni uno de esos moteros que maldicen a quienes van por el arcen. Estaba enamorado de la música clásica, en especial, no paraba de oír a Beethoven y Chopin.

Tenía un Ford Scott rojo de segunda mano, pero tan reluciente como uno de primera. Apenas tenía kilómetros recorridos cuando lo compró. Siempre que llovía optaba por poner la capota negra de vinilo para que no se estropeara el interior del coche y aún así, solía sacar la cabeza por fuera de la ventana para notar las gotas de lluvia clavarse en su piel. A pesar de su apariencia, era un chico solitario y tímido que prefería ir por carreteras más estrellas de lo habitual siendo a su vez las que tienen mayor desnivel y peor estado de todas. El coche se tambaleaba para un lado y el otro, pero él siguió su instinto y no dejó de correr como un loco por aquel viejo camino.

Había recibido ya un par de multas por exceso de velocidad, pero siguió sin hacer caso a los mandatos de la policía. Justo por aquellos caminos la ley mandaba ir a la mitad de la velocidad a la cual iba, a 80 Km/h. Nunca le parecía poco para no regocijarse en su asiento, echándose hacia atrás y dejar su vida en manos del volante. Además, quién iba a pasar por allí, si estas carreteras están más muertas que viva. Si ya todos prefieren ir por las autopistas, quién quiere ir por estos caminos ─Se decía para sí mismo una y otra vez.

Un día, se topó con la propia policía y tuvo el valor de echarle un pulso. Empezó a correr como poseso, y a mirar muy de vez en cuando por el espejo del coche para controlar la distancia que había entre ellos. No había apenas nada, tan poca que en un abrir y cerrar de ojos ya le habían bloqueado el paso. No tuvo otra alternativa y bajó del coche, a gachas y con las manos en alto. Quedó arrestado. A pesar de ello, antes de que le pudieran esposar, se quitó las gafas con aire decidido y le mantuvo la mirada a uno de ellos al tiempo que les dijo con voz firme provocando un escalofrío que recorrió de arriba a abajo todos sus cuerpos:



─ Sólo el peligro es capaz de hacerme entrar en razón.

sábado, 18 de junio de 2016

Poema visual




                                            
            Muéstrale                     Sonríe.
                 al                        bella.
                   mundo           más
                          tu sonrisa



viernes, 17 de junio de 2016

Años de soledad

Eva era una chica de 23 años, y vivía en casa de sus padres hasta hace 6 u 8 meses. Había comenzado una nueva vida estudiando una carrera imaginaria, y conviviendo con alguien a quien ni siquiera ella conocía realmente. Su vida eran un conjunto de mentiras, tenía ganas de llorar y su manía de estar siempre bien frente a los demás, la autodestruía por dentro. No soportaba que nadie supiese qué mal lo estaba pasando, y porque eso no ocurriese incluso fingía alguna que otra sonrisa para transmitir una felicidad que no existía realmente.

Una mañana, en cuanto se levantó, y dejando su cuarto patas arriba se decidió ir. En el escritorio había pilas enteras de apuntes de años pasados, de los que ya ni siquiera se acordaba; una taza de café vacía, el ordenador y el equipo de música que llevaba siempre que iba al gimnasio, las veces que salía a correr o, simplemente, a tomar un poco el aire. Eran las únicas veces que salía de casa. La ventana escondía la suave y tenue luz solar que podía cegar perfectamente a cualquiera, que entraba sin obstáculo alguno a la oscura y lúgubre habitación dándole vida. La cama deshecha y, no tenía la intención de hacerla en algún momento y la ropa de días anteriores tirada en la silla y esparcida por los suelos.

Salió de su habitación y sin decir ni una sola palabra se fue de casa, dejando a su vez una sensación de desconcierto en todos ellos. O en nadie, en particular. La casa quedó vacía en cuanto ella se fue, pero solo para ella estaba llena de gente. A veces, se nublaba su razón y veía a gente donde sólo había vacío. Confundía lo real con lo incierto, y lo ficticio con lo verdadero. En su cabeza, todo seguía igual, su compañera de piso en pantalones cortos y camisa de tirantes, de pie tomándose su café con leche quien antes de poder despedirse de ella, dio un portazo en la puerta y se fue. Bajó al garaje del edificio, apuntó al coche para abrirlo, se montó y puso en marcha todos esos conocimientos que hasta ahora no había echado en falta y salió de la ciudad. Emprendió un largo viaje entre las cordilleras de las afueras haciendo "eses" por la carretera para adelantar a quien iba delante de ella y poder ir a sus anchas. No tenía sitio a dónde ir, hacia donde sus ganas la llevasen. Al fin y al cabo, nadie la esperaba. No tenía prisas en regresar.

Al atardecer, ya llevaba recorrido unos cuantos kilómetros. Aún así, decidió dar un par de rodeos más si ni siquiera quitar la mirada de la carretera para ver las mismas cordilleras que llevaba recorriendo desde hace horas y se podían ver desde la ventanilla del conductor. Poco a poco, se fue haciendo de noche y sus lágrimas comenzaban a ser las protagonistas del momento. Echaba de menos a sus padres, y añoraba a su hermano pequeño a pesar de todas las estúpidas broncas que había tenido con él en los últimos años, y por las que había discutido con sus padres. Necesitaba abrazarlos y saber que estaban bien, pero ni aún yendo en la dirección correcta llegaría antes de la mañana del día siguiente. Ni siquiera se encontraban en el mismo país, ni tampoco sabría dónde buscarlos. Perdió el contacto hace meses. Ni tampoco tenía amigos a los que llamar para contarles sus aventuras, quedar con ellos o hablar tranquilamente de sus problemas como pedir ayuda. Nadie sabía nada de ella. Estaba sola, y era consciente de eso. De hecho, uno de los motivos por los que se quedó sola fue por haber rechazado la ayuda de todos. Nadie entendía su enfermedad, ni siquiera ella misma comprendía por qué estaba enferma o de qué.

No paraba de hablar de ella y sus problemas a novios imaginarios, e incluso a su mejor amiga. Nadie a los que ella llama "amigos" existen de verdad. Tan sólo en su imaginación, pero ella los ve… y siente. Y no, tú, lector, que estarás pensando en la esquizofrenia como enfermedad, no lo padecía. Era consciente de su situación, sabía que nadie de sus amigos existían, no los veía en realidad pero hacía por verlos. Simplemente soñaba con verlos y los creó cuando nadie le creyó. No se quería encerrar en una habitación de cuatro paredes, ni llevar puesta ninguna camisa de fuerza. No quería eso. ¿Ella? No era ninguna loca de manicomio.  

Sus ganas de llorar la hundieron en ese momento que tuvo que parar el trayecto. No podía más. La impotencia y rabia que sentía ahora mismo se convirtieron en una realidad insostenible. Paró en seco y salió corriendo del coche, llorando, con las manos en los ojos para que nadie la pudiera ver llorar a pesar de oír su llanto, mientras se juraba a sí misma que iba a cambiar si no quería vivir en aquellas trágicas y paupérrimas condiciones. Corrió hasta dar con un lugar donde pudiese gritar en silencio todo lo que callaba por dentro desde hacía un tiempo y poder sentirse a gusto consigo misma. El cielo estaba oscuro, ya apenas se veía nada, y ella calculó que podrían ser las ocho y media de la noche. En mitad del campo, se rozó con el grueso tronco de madera de un árbol, apoyó su espalda y se dejó caer sobre él.

Empezó a escribir en la libreta de pasta azul que llevaba siempre en su bolsillo junto con a un bolígrafo y mientras alguna que otra lágrima emborronaba lo que escribía. No solía escribir sobre ella, pero esta vez era lo único que tenía en mente y no podía ignorar cuando el problema era quien le gritaba ayuda. Paró. Sin llegar a descifrar nada, escuchó un eco. No pudo evitar darse la vuelta hacia el lugar donde provenían esas extrañas y frías palabras que, con lágrimas en los ojos, hicieron que se callase.

Rápidamente, se frotó los ojos con las yemas de sus dedos y se pasó la manga del jersey que llevaba puesto para limpiarse las lágrimas para saber que todo aquello era real. El sonido vino de una tosca voz, y no tan particular, que provenía de detrás de los arbustos que se encontraban justo detrás de donde estaba ella. Un par de escalofríos vagó por su espalda, atónita, sin ni siquiera esperar respuesta alguna que mediase consuelo. Nunca antes nadie le había hecho entrar en razón al escuchar nada igual.


No culpes al sentido común de lo que sólo tú tienes la culpa.

jueves, 16 de junio de 2016

Perspectivas

─ Señoría…
El juez le mira curiosamente, y sin mediar palabra le concede el permiso para hablar dando un golpe en la mesa. Llevaba puesta una túnica negra, y portaba una llamativa pulsera en la mano izquierda junto al bazo con el que se llevaba el silencio de la sala, como el respeto del acusado.
─ Éramos muy buenos amigos, para mí, era mi hermano (no de sangre); e incluso le regalé un billete de ida y vuelta para dos personas, quería disfrutar de la estancia en la ciudad de mis sueños con la persona de mi vida… y, ¿ahora? Ahora ya no está ─llora.
─ Ya…
Todos los que estaban presente en la sala, tomaron conciencia. Se callaron, y el juez le hizo gesto para que continuara hablando. No pudo esconder una última lágrima que, se puso a llorar allí mismo, delante de todos; fingiendo normalidad. O, al menos, fingiendo no saber nada de lo que estaba pasando mientras hacía tiempo para recuperar el hilo de la conversación, la voz y volver a su día a día.
─ No supe cómo reaccionar cuando lo vi allí tirado, en medio de la habitación, inundándola con casi toda la sangre de su cuerpo. Me rendí, y me arrodillé a su cuerpo, aunque fuese la última vez que pudiese abrazarlo. Apenas todo sucedió en cuestión de segundos, y no pude asimilar la realidad que lo primero que hice, velando por la seguridad de todos, fue llamar al 091, a la ambulancia, y a cualquiera que me pudiese ayudar o indicarme qué hacer.
─ Entiendo. Siga, por favor.
─ Pues…
─ ¿Qué estabas haciendo antes de que sucediese todo? ─ preguntó el abogado que defendía a los familiares afectados de la víctima.
─ Mirando al juez, cabizbajo, y con las manos en los bolsillos jugueteando a su vez con sus pies; para que éste le devolviese la palabra, continuó diciendo ─ esto… me gustaría empezar por el principio… ¿puedo?
─ Sí.
─ Llevamos un par de meses planeando una tarde juntos, viendo una peli los dos juntos acurrucados entre nosotros, en el sofá, y olvidando por un momento lo que ocurriese fuera de nuestra relación. Nos dio por jugar a estar enamorados, y olvidarnos de quienes nos hacían morir por ellos. Se nos fue de las manos, y llegamos a hacer más de las locuras planeadas. Aunque, todas ellas eran pequeños detalles que pasasen desapercibidos ante cualquiera pero, queríamos darnos el privilegio de vivirlos y ser feliz con lo poco que tuviésemos. No fuimos capaces de terminar de ver la película, siendo consciente de lo que sucedía en ella. Teníamos la necesidad de experimentar cada detalle que sucediese, por loco que pareciera. Sin embargo, y mientras él seguía bailando en el salón yo me dirigí hacia la cocina para coger más comida y algo de beber. Cogí un cuchillo de pico y, a los pocos minutos de posarlo sobre la pata de cerdo para tener más jamón que comer, entró inesperadamente en la cocina con algún que otro jueguecito de los suyos para asustarme, asustándome y soltando casi por inercia, e inconscientemente, el cuchillo. Éste revoloteó por los aires y cayó de inmediato en su pecho, justo por el pico, clavándoselo entre las costillas; y, seguidamente, lo vi tendido en el suelo esparciendo parte de su sangre por ahí.
─ …
─  Juro que fue así. No me invento nada, le quiero (o quería) demasiado como para hacerle daño.─ Corroboré diciendo al ver que ya había perdido el juicio si no convencía a parte del jurado, o al juez.
─ En cuanto entré, nervioso por la puerta debido a los llantos y gritos que pude escuchar desde mi piso, te encontré arrodillada al cuerpo del difunto con un cuchillo en la mano con intenciones de matarle más de lo muerto que ya estaba. ─ Dijo un vecino del bloque en el que vivía la víctima.
─ Emm… creo que no. Tan sólo sostuve el cuchillo por el mango con el fin de que no le volviese a golpear de nuevo. Incrédula de todo lo que había pasado en aquellos dos segundos, los más amargos y lentos de toda mi vida, en shock, llorando desconsoladamente, mientras el rímel caía por mis mejillas. El cuchillo, en cambio, cayó a los pocos segundos después que él ya se encontrase tendido en el suelo, y cuando sin apenas fuerzas pude hacer nada para que no sucediera ningún desastre más en aquella cocina, e intentar impedirlo (aunque ya fuera tarde). Me encontré tal cual lo cogí en el momento que pude verte detrás de la puerta... y de reojo, observando con cautela e incredulidad la escena, auto convenciéndote de que no fuese yo quien había planeado todo lo que habías visto, suponiendo y a pesar de mi inocencia que me llevarían a juicio y, me encarcelarían sin derecho a habla. Pero... antes que nada, deseé volver a aquel último minuto ya no sólo para evitar aquella catástrofe sino para que pudiese volver a abrir los ojos, y verlo feliz.
─ …
En la sala se levantó un revuelo entre los que se ablandaron con el relato del acusado, y los que pensaban que tan sólo era una pantomima para comprar su libertad. Acto seguido, el juez levantó el bazo y dio tres golpes en la mesa para callar al personal... y dar, así, el veredicto.
─Al acusado se le declara…


"Nada es verdad ni es mentira todo depende del cristal con que se mira."