domingo, 20 de noviembre de 2016

Hipócritas

Iba en coche, como de costumbre, a una velocidad tan tranquila que podía contemplar el paisaje. Se podía observar una cordillera por su ventanilla mientras que el brillo de la luna se reflejaba por la otra. Jugaba siempre a perseguir a la luna, como si hubiese vuelto al recreo. Estaba de vuelta al trabajo y a pesar de que éste le encante, acaba destrozado cada noche. Podrían ser las 21:30 horas. La costumbre lo llevó a descansar en un pequeño bar perdido en mitad de la carretera. Ya desde lejos se podrían ver las luces del letrero en donde se leía el nombre: VILLAVICIOSA. Era un bar de prostíbulos, pero no parecía un local de ambiente hasta que no entrabas dentro y podías observar el panorama con atención, quedándote boquiabierto si es la primera vez que pisas el local y no tener otra opción que creerte lo que ven tus ojos. No tenía otra alternativa si quería descansar un rato y despejarse. Estaba a medio camino de llegar a casa y llevaba una hora de recorrido. Aquel era el único bar que había en la carretera de vuelta a casa. Apenas hay distracciones por el camino, ni un solo coche en aquellos días. Todo era muy tranquilo. Sólo había campo, praderas y una hilera de montañas. Rara vez, le cegaba la luz de algún coche que venía en sentido opuesto al suyo. Esa noche, iba más cansado de lo habitual, se le notaba en la expresión. Sus párpados se cerraron un par de segundos en varias ocasiones, y no paraba de bostezar. Hablaba con dejadez y de vez en cuando daba algún cabezazo al aire.

Nada más poner los pies en el suelo y asegurarse de haber cerrado el coche, encendió un cigarrillo, le dio un par de caladas y fue directo al bar. Mantenía la mirada fija en el hostal. Conforme se fue acercando a él, cada vez las luces del interior le cegaban aún más. Una vez que estaba dentro del recinto del local, se paró en seco para darle una última calada al cigarro y, acto seguido, tirarlo al suelo, pisarlo y entrar. Miró su reloj, para comprobar si estaba siguiendo todos los pasos. Tenía la manía de hacer los mismos gestos y movimientos día a día, y siempre a la misma hora.

Abrió la puerta a paso de película, y antes de dar un paso más recorrió con la mirada de cabo a rabo su interior. Lo mismo de siempre. En cada uno de sus rincones se podía ver con perfecta claridad la imagen de cuatro putas de extrarradio con diferentes tíos. Y mientras disfrutaban de aquel momento sin ni siquiera importarle su alrededor, otros tantos fingían no ver la escena ahogando sus penas en el fondo del vaso lleno de alcohol, con la chaqueta entre sus piernas, recién llegados del trabajo con cara de "no poder más" y la mano echada en la barra del bar. El camarero ni se inmutaba, pasando por alto cualquier detalle y actuaba con total normalidad. Limpiaba los vasos con un trapo roído de color blanco y su mano llena de grasa. Un par de niños correteando por la zona, felices y sin atención de sus padres. Uno de ellos miraba la obscena imagen de aquellos cuatro amores de extrarradio, atónito, boquiabierto, y sin dar crédito a lo que veían sus ojos.

Una vez dentro, contó los pasos que tenía que dar hasta llegar a la barra del bar y pedir su consumición. Esta vez, por un momento no encontró al camarero ni de lejos. Asomó la cabeza y con inquietud, miraba constantemente su reloj al mismo tiempo que se mordía el labio inferior. Si quería coger el coche a las 22 horas como era habitual, se debía apresurar. El camarero se estaba retrasando más segundos de la cuenta. Siempre le atendía al momento de llegar a la barra.

Su reloj marcaba las 21:45 horas.

Una vez que tomó asiento, se quitó la chaqueta y la posó sobre sus piernas mientras procuraba llamar la atención del camarero para que lo atendiese. Cuando vino, le preguntó si lo de siempre y no tuvo otro remedio que asentir con la cabeza. No tardó ni medio segundo en preparárselo y en cuanto lo tuvo delante, tomó un pequeño sorbo mojándose apenas los labios. Se relamió un par de veces con la lengua. Tardaba bastante tiempo en volverlo a tomar. Finalmente, y como de costumbre, estuvo un cuarto de hora allí, mirando fijamente al vacío cuestionándose a sí mismo si su vida merecía la pena, mientras se tomaba el café. Dejaba siempre algo de propina y se iba. En cuanto salió del local, esta vez no encendió ningún cigarro y, poco a poco, las voces que provenían de dentro del local eran cada vez menores.

A pesar de convertirse en consumidor habitual de aquel extraño local, seguía sin comprender cómo podía estar pasando todo lo que veía cada noche allí dentro y el camarero sin hacerse cargo de ello. Ni como los padres de los niños que veía cada noche aquella realidad, no hacían nada y pasaban de largo. Al fin y al cabo, no llevaría a mis hijos a un lugar como éste, aunque sea el único bar de la ciudad ─ Dijo para sí mismo. Pero, mientras conversaba consigo mismo sobre aquel ambiente, le respondió una voz tosca y grave que sus palabras le hiló la sangre:

A ti tampoco parece importarte lo que ven tus ojos. Sino no volverías a este lugar…



Sólo creemos en lo que queremos ver.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Estación de Argüelles

La estación estaba a rebosar de gente, y el parámetro del metro marcaba unos tres minutos para que llegase el siguiente. Busqué una vez más en el mapa la estación en la que estaba, Argüelles, y la estación a la que tenía que ir, Callao. No sé muy bien si lo busqué para asegurarme primero antes de que llegase el metro, o si por no saber qué hacer en aquellos dos minutos que faltaban. A mi lado, acababa de llegar una chica rubia cuyo pelo estaba bastante alocado, era liso y por la expresión que ponía supuse que estaba algo perdida allí. Llevaba un vestido rosa pálido, y una mochila colgada al hombro abierta por el momento de haber sacado el mapa y estarlo desdoblando al tiempo procurando montarse en el tren que sonaba cada vez más cerca al irse aproximando a la estación. Fui a ayudarla con el mapa y le pregunté a qué estación iba para orientarle un poquito en dónde estaba y cuál de las líneas tenía que coger. Sol. Esa era su parada, Sol, la siguiente a la mía. Sin esfuerzo ni conciencia esbocé una sonrisa para mis adentros, y sin querer en cuanto las puertas del metro se abrieron le cogí del brazo y me apresuré corriendo entre empujones hacia el vagón.

Tuvimos tiempo para hablar, y llegué a perder la cuenta de las veces que me pudo dar las gracias por ayudarle. A medida que el vagón se fue vaciando poquito a poco, en cada parada, encontramos por suerte dos sitios libres. Me di cuenta del azul de sus ojos, un color que me inspiraba confianza. Nos contamos qué hacíamos en Madrid, y cuáles eran nuestros planes de futuro. Ya he dicho que el tiempo nos dio para rato, y hasta nos pusimos caras de querer saber más sobre algo que no nos importaba un carajo. Me di cuenta que, cada vez, estábamos más juntos y el tiempo se ralentizaba cuando la veía sonreír. El ruido que pudiese haber dentro del metro como aquel que hiciese éste mismo al llegar a la siguiente estación ya ni me molestaba. Apenas lo podía escuchar, no le presté atención a nada más que a ella.

Llegamos a Alfonso Martínez, la parada en la que nos teníamos que bajar ambos y cambiar de líneas para llegar a nuestros destinos. Volvimos a hacer el proceso de antes, pero esta vez juntos. Parados. En mitad de la estación, sin embargo, esta vez, el metro apenas tardó segundos en llegar hasta nosotros y subirnos de inmediato. En este caso, no tuvimos apenas tiempo para conocernos más. El tiempo, al contrario que la otra vez, se nos pasó volando y en un acto de inconsciencia, ya anunciaba por megafonía el nombre de la estación "Callao" y tras repetidas veces, llegó a la estación. En cuanto se abrieron sus puertas, nos bajamos y nos despedimos con un abrazo. Sin embargo, a pesar de encontrar mis ganas en las suyas, fui yo quien dio el primer paso y le invité a quedar algún día. Me dijo que sí, y nos dimos nuestros teléfonos e incluso las redes sociales para tenernos en contactos. Nos volvimos a abrazar por última vez y me vi obligado a verla marchar en dirección opuesta a la que yo iba, entre la multitud, cabizbaja, y tan insegura como la vez en que su inseguridad me atisbó confianza en la estación de Argüelles. Volví a girarme, y esta vez a seguir mi camino. Pero, justo cuando ya salía a la calle, me paré a pensar que quizás me estuviese confundiendo de estación. 

sábado, 12 de noviembre de 2016

RealidApp

Siempre me he considerado alguien más curiosa de lo normal y con frecuencia me hago preguntas que no suele hacerse el resto. Tenía ganas de desconectar de todo y he ido a dar una vuelta por ahí. Esta vez no me he llevado la música conmigo como suelo hacer siempre que voy a correr o andar para distraerme de mis pensamientos. Esta vez, quería conectar con ellos viendo lo que me rodea. Inspirarme en la realidad. Supongo que para hacer algo con ella y ya me da igual si fotos, relatos o vídeos. A decir verdad, llevo ya varios días sin nada en mente y me empieza a preocupar. No hago más que pensar en si de verdad valgo para esto o la realidad que me gustaría vivir me queda demasiado grande.

Decidí darme un día y salir a tomar el aire. Sin nadie a quien molestar ni me molestara. Sin nada con lo que interactuar. Sin distracciones. Ni nada. Me recorrí varias calles de mi ciudad cuando me di cuenta de… algo. No sé cómo explicar lo que sentí en ese momento. Simplemente me empecé a dar cuenta de algo que se repetía allá por donde pasase. Pensé en mí y me di bastante lástima, afortunadamente.

Podrían ser las nueve de la noche cuando decidí dar una vuelta por las calles más abarrotadas de gente de mi ciudad. Había demasiado ruido entre todos y, puede sonar extraño pero apenas escuché una sola palabra en mi alrededor. Me acuerdo que de vuelta a casa para escribir aquella triste realidad me encontré con una pareja de enamorados de mi edad, sin mirarse entre ellos, sonriendo para sí después de haber leído el último Whatsapp que les habían llegado a cada uno de quien fuese. También me fijé que cada uno estaba en un extremo ─era un banco pequeño─ pero que a veces se miraban entre ellos comentando lo que estaban hablando con la otra persona que no estaba allí. Me paré en seco para poder observarlos con mayor atención pero sin causar molestias. Al poco tiempo, ambos se levantaron, ella se alzó en vuelo para abrazarlo, se dieron un beso y vuelta a empezar.

Para mi sorpresa, no fue el único caso, una vez entrado en el parque que había enfrente de mi casa me hizo contemplar la realidad que vi como si se hubiera congelado el tiempo, el ruido de la calle cada vez era menos soportable y ensordecedor; y, literalmente, todo ocurría a cámara lenta. En aquellos bancos del parque donde solía ver siempre que volvía del instituto, a niños jugando al balón entre ellos; ya no era así. Había un grupo de niños de los que algunos estaban sentados en el banco y otros tanto de pie. Parecía que mantenían algún tipo de conversación entre ellos, pero la mayoría tan sólo chateaba con alguien que no estaba allí; otros, por inquietud o aburrimiento, se limitaban a mirar la hora en el móvil. Otros, simplemente esperaban callados a que les llegase una nueva interacción al WhatsApp para volverse a conectar.


Hay un montón de ejemplos más que podría contar ahora mismo, pero creo que tú, posible lector de mi blog, ya te puedes hacer una idea de lo que pretendo expresar con este breve relato. No me entra en la cabeza cómo las tecnologías nos empiezan a controlar poco a poco. Cada día me voy dando cuenta de la realidad que nos intentan vender en la serie de televisión "Black Mirror" en la que cada capítulo se centra en una determinada herramienta de la realidad: realidad virtual, memoria visual, adicción a los dispositivos móviles, la viralidad, etc. y desde los cuales, nos hacen ver que tampoco estamos tan lejos de conseguir vivir en esas condiciones. A diferencia de mucha gente, personalmente no creo que sea una serie bastante pesimista ni tampoco veo que lo lleven al extremo.


"Es irónico como las pantallas táctiles nos han hecho perder el tacto"

lunes, 26 de septiembre de 2016

Obedecer

Sentía la impotencia de huir, saltar, brincar y chillar sin emitir un grito que penetre en los oídos de la multitud en la que se encontraba. Romper la magia del momento con una lágrima, la sonrisa o incluso con el llanto. Darle la oportunidad al niño que lleva aún dentro, antes de ser arrestado por los límites de la sociedad. Perder todas las batallas en las que combatía su madurez por dejar su pasado atrás, y ver más allá del presente. Quería soñar despierto, dormido, siempre; y que el tiempo no sea un impedimento. Ni una acritud. Poner los pies en el suelo mientras sea la cabeza quien flote entre las nubes, y los pájaros vuelen sobre ella. Dejar de acariciar el aire limpio que respiramos con la suela del zapato. Esperar el siguiente mandato, aunque se encuentre por encima de nuestro interés... o, satisfacción.


Hay normas que sólo se llegan a cumplir si las evitamos.

¿Periodismo basura?

Muchos hablamos de la telebasura incluso cada vez con mayor frecuencia, haciendo hincapié en esos programas que para lo único que sirven es para perder el tiempo. Puro entretenimiento, y permíteme dudar de esto último. Pero, ¿cuántas veces hemos hablado del periodismo basura? ¿Acaso éste no existe? Es otro medio más, como la televisión.
Quién no ha leído alguna vez una noticia falsa y, lo peor de todo, no ha creído en ella. Al fin y al cabo, es la prensa; ya sólo por eso, es una fuente de fiar. Y debería ser así pero dudo mucho que no haya noticias que no sean del mismo género que todos los programas de televisión de los que he empezado a hablar en este artículo sin ni siquiera mencionarlos. Además, hay noticias de mayor importancia que, día a día, pasan desapercibidas en los medios.
Que, para lo único que están es para ganar audiencia y, joder, si lo consiguen. Noticias que no pasan desapercibidas en todo el mundo, en las que se suele creer más. Y, según todos, algo es de fiar por el simple hecho de "ser relevante" sin que esto sea aportar un valor al conocimiento ni generar opinión en el pueblo. Hablamos de prensa como un equipo técnico que se encuentra detrás con profesionalidad, y recurre para cada noticia a fuentes fiables. Sin darnos cuenta, que lo único que nos venden son mentiras que venden.
En cuanto vemos un titular nunca pensamos en lo falso de la noticia. Y puede ser que no tengamos obligación de hacerlo, pero sí sería recomendable dudar de todo. Absolutamente, todo. Que, prácticamente, viene siendo lo mismo. Y ojo, no soy periodista. Ni me dedico a ello, ni lo estudio, ni lo pretendo ser. Pero te pido, querido lector, por favor, no tomes mi palabra en vano. Préstame al menos unos segundos de tu tiempo. Hay quienes buscan ganar audiencia y, para ello, llaman la atención con lo que el público quiere leer. Aunque no sea real. Aunque sea una mentira de la que todos sepan su verdad. Al igual que también hay titulares inciertos y lo peor de todo, se excusan con un "tan sólo es un titular, qué te importa si lo importante está en el cuerpo de la noticia" y podrá ser cierto, pero para leer esa noticia antes habrá que llamar la atención del lector. Un titular que todos leen y se queda el 90% de la gente.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Ruido metálico

Eran las diez de la noche, yo ya estaba metida en cama cuando de repente sonó un ruido extraño. Me encogí. Miré con recelo todo mi alrededor y lo único que pude ver fueron las sombras que hacían los árboles del jardín por mi ventana en la pared. No sabía muy bien cómo interpretarlo. Quería creer que sólo fueran hojas moviéndose. Pero a cada crujido, menor yo era.

Era extraño. Parecía como si alguien estuviese tocando la batería con los instrumentos de cocina o como si cada dos por tres se tropezase con ellos. Sin embargo, me asomé al pasillo desde mi habitación y lo primero a donde miré fue la cocina esperando encontrarme una sombra ahogando a alguien. No había nada. Sólo silencio. Parecía que todo sucedía en el momento en que menos lo esperaba.
No había nadie en casa, esa noche mis padres se habían ido a llevar a mi hermano de acampada y prefirieron dormir por ahí.

Tenía miedo y el pánico me paralizó por unos instantes. No sabía cómo actuar y decidí salir de casa para pedir ayuda. Bajé las escaleras con mucho cuidado para no hacer ruido. Pero mirase a donde mirase siempre aparecía las hojas del árbol de mi ventana moviéndose y con ella, el ruido que me hizo encogerme de pies a cabeza con el edredón de mi cama. Poco a poco, me fui volviendo loca y ya no sabía si lo escuchaba de verdad o todo lo que veía sucedía en mi cabeza.

Llamé casi sin respiración a mi madre, pero no lo cogió nadie. Cada segundo que pasaba se aceleraban mis latidos. No podía más. Miré con la esperanza de ver a alguien y esconderme lo más rápido posible para estar a salvo sin sentirme idiota por correr y huir de la nada.

No había nadie, pero la escena se repetía continuamente. Parecía haber entrado en bucle. Ya no sabía si el ruido era antes o después que la imagen de la sombra formada en la pared, lo único que supe es que venían de la mano.

Salí corriendo casi a gritos de mi escondite, pero sin ni siquiera saber cómo volví una y otra vez allí. Era un bucle. Quería despertar de aquella pesadilla. Quería que llegasen ya mis padres. Tenía tanto miedo que me volví a la cama, pero allí seguía. De pie, sin dar crédito a lo que estaba viviendo en ese momento.


Desperté.

La escena se repetía continuamente en mi cabeza. No podía creer lo que había soñado. Era un sueño casi real. Me desperté de un salto y con la respiración agitada, no podía parar de pensar en todo aquello. A partir de ese día no fui capaz de dormir con la luz apagada y la ventana abierta para que corriese el aire.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Falso rescate

Hemos sucumbido a esta peste de naufragio cultural en el que navegamos hoy sin saber muy bien hacia dónde nos dirigimos. Un naufragio increíble (en el sentido pésimo) e independiente de la realidad. Echamos la culpa de la situación a la crisis económica en la que estamos inmersos, quejándonos bien fuerte de ello pero sin llegar a mover un sólo dedo hacía nuestro interés; y, probablemente, no sea una crisis económica la que nos afecte sino una crisis de valores, dando lugar a dicha catástrofe. El problema no es que ya nadie lea (qué también), el problema está en que ya apenas se venden libros. Antiguamente, y puedo estar hablando de una década antes, cuando alguien se compraba un libro era porque de verdad le apetecía leer, porque tenía empeño en el libro. Ahora si lees, es por obligación (en la medida que sea) para aprobar un examen más del curso, y esto en el mejor de los casos.

Los teatros apenas llenan un tercio de la mitad del público que prefiere invertir en el botellón. No podemos permitir que, a día de hoy, sea más económico emborracharnos que asistir a un festival de música, a una galería de arte o comprar un libro. Hablo de música clásica y tendemos a asociarla con lo gris, lo aburrido. Muchos dicen que "la música clásica no vende" pero debo recordar si se vendiera el Pop o el Rock como se vende la música clásica, éstos tampoco venderían.
Por ende, nos excusamos con que la culpa es de los jóvenes que ya no leen lo mismo que se leía antes; pero nadie hace nada para evitar tal fracaso. Tan sólo celebramos una feria del libro una vez al año, en conmemoración a algunos genios literatos, y ya es suficiente.

Puede que no haya interés por la lectura, pero ahí estás tú para crearlo. Recuerda que, el perdón no sirve de nada si no arreglas lo que has roto. Y, en lugar de querer cambiar la situación buscamos todos los medios posibles para convencer de que no hemos sido nosotros quienes tenemos la culpa de que las cosas hayan terminado como han acabado. Aunque sea mentira, y sigamos mintiendo. Por qué incitar a la ignorancia, cuando podemos partir de ella misma hasta hacer entrar en razón. Hasta entonces, sigamos aplaudiéndonos (o hagamos como que aplaudimos) y tengamos en cuenta que el eco sigue siendo más fuerte, que nos llega a ensordecer tanto que nos creemos que nadie dice nada; cuando en verdad, estamos al borde del abismo.

lunes, 15 de agosto de 2016

La ignorancia de la razón

Durante sus últimos meses de vida vivía dentro de una burbuja que le impedía conocer a gente que le pudiese ayudar y, por consiguiente, pudiese salvarle. Padecía un síndrome raro, del cual nadie podía dar crédito a lo que escuchaban siendo a su vez, incomprensible para todos (excepto para él). Sin embargo, no sabía nada más que se iba a morir. Tan sólo tenía 9 años de vida, y cómo iba a morir tan joven si ni siquiera había hecho el 10 % de todas las cosas que quería hacer antes de morir. Estaba extremadamente delgado por la falta de vitaminas, proteínas e hidratos... y se le notaban las costillas a ambos lados; el pelo lo tenía desde hace ya varios días bastante alborotado siendo de un color castaño oscuro. Por otro lado, llevaba siempre colgado al cuello un amuleto de la suerte, era blanco y tenía forma de tabla de surf con un pequeño agujero en el centro. No lo practicaba, pero era una forma de prometerse a sí mismo que algún día será como Kelly Slater.

Su madre estaba preocupada por su salud, desde que alguien en el colegio le metió esa idea absurda en la cabeza de que se iba a morir pronto a causa de no sé qué enfermedad no quiere comer nada. Absolutamente nada. Empeñado en que se iba a morir, decía que para qué iba a alimentarse entonces. Si total, el destino era lo que era. Y nadie podía cambiarlo. Era muy fanático de las predicciones, y se obsesionaba muy fácilmente con ellas. Debido a la falta de alimentación, poco a poco, fue enfermando, e iba de mal en peor. En cambio, él se encontraba raro, por un lado pensaba que los demás se empezaban a preocupar por él y, por tanto, a darse cuenta quién tenía la razón; con lo cual, eso le hizo sonreír plácidamente. Mientras que, por el otro, no quería tenerla. No quería morirse a su temprana edad, apenas había vivido lo suficiente como para tener que despedirse del mundo. No sabe qué hay detrás de la muerte, y si la vida esconde algo o, simplemente, se deja de existir. Este era otro de sus dilemas por los que no quería morir. En cualquier caso, quería seguir viviendo pero, sabía que eso no era posible.

Un día, harta de pelear su madre con él para que fueran al médico a ver qué le pasaba sin ni siquiera tener éxito, y si era grave la situación en el caso de que fuese verdad lo que estaba diciendo, por lo que se vio obligada en llamar a la consulta para invitarle a venir a su casa. Mientras tanto, pudo escuchar a ratos cómo su madre hablaba por teléfono con el médico, y justo en un momento dado, escuchó su nombre repetidas veces. Lo sabía. Sabía que estaba intentando convencer al médico para que fuera allí y le atendiese en su propia casa, pero lo que de verdad le fastidiaba era ver a su madre intentando decirle al médico que le hiciera creer lo mal que estaba. Enfermo, loco, traidor. O, eso supuso. No hubo mayor pensamiento que le hiciera perder el control y estallar de la impotencia que sentía, empezó a llorar tan fuerte que, en cuanto se dio cuenta su madre ya había soltado el teléfono para ir a socorrerle del susto que le había pegado al pensar que le pudo llegar a pasar algo grave... y, el teléfono mientras tanto seguía descolgado. No le dio tiempo ni siquiera a limpiarse las lágrimas en la manga, cuando su madre ya estaba dentro. Consolándolo y dándole un abrazo. Una vez que le contó todo lo que había pensado en aquellos breves e intensos minutos de su vida y su madre le haya tranquilizado, ésta volvió sus pasos tras el teléfono y el médico seguía allí, al otro lado de la línea. A los cinco minutos, su madre se despidió del médico, y pudo ver, agazapado, detrás de la puerta a su madre asentir tres veces seguidas con la cabeza, sin mediar palabra, hasta dejar colgarlo; corrió hasta la cama a arroparse y tomar la postura en la que estaba antes de salirse de ella, sin dar tiempo a su madre para que entrase en su habitación y le comunicase que en un par de días venía el médico a verle. Al menos, querían saber a ciencias ciertas qué le pasaba para comportarse y pensar de esa manera.

Asintió, y acto seguido, se llevó la manta hasta cubrirle la cabeza mientras daba media vuelta en la cama y podía escuchar a su madre irse de la habitación despidiéndose de él con un beso en la frente antes de cerrar la puerta dando un leve portazo en ella, con bastante rabia y haciendo mucha fuerza para no volver a llorar (o, al menos, no delante de él). Una vez que escuchó cerrarse la puerta, se giró involuntariamente sin creerse por un momento la situación, y se volvió hacia la ventana. Tal y como estaba. Mirando a través de ella al vacío de sus pensamientos, y de su enfermedad.

Nada. Tan sólo un suspiro. Los días que quedaban para que fuera el médico pasaron exactamente igual. Ni una tomadura de pelo, como quería esperar su madre; ni una muestra de afecto seria en cuanto a su enfermedad según él.

Eran las 5 pm y su madre había quedado con el médico a esa misma hora; no solía llegar tarde nunca pero, esta vez se retrasó un par de minutos en llegar. Se disculpó por ello, en cuanto tocó el timbre y le abrieron la puerta, antes de que su madre le señalase el camino hacia su habitación y con un gesto de amabilidad se dirigió hacia allí. Llevaba un maletín y vestía algo coloquial para ser médico. En cuanto llegó, se arrodilló en la alfombra que había puesta justo debajo de la cama y abrió el maletín sobre ella. Cogió todos aquellos cacharros y, uno por uno, le fue dando uso haciendo lo que siempre hacía cuando iban a su consulta. O iba a cualquiera que se encontrase mal como para ir al médico, como estaba haciendo aquella vez. En cambio, se giró con gesto de preocupación y sus palabras hilaron su sangre al mismo tiempo que sentía como, poco a poco, se le fue acelerando el corazón. Y una vez de haberle examinado, y revisar de que todo se encontrase en su perfecto estado (salvo por el detalle de la falta de vitaminas), se dirigió a la madre y contestó con grave aguda y pausada:

─ Me temo, decirle que… su hijo tiene razón. Le quedan poco tiempo de vida… ya nadie puede hacer nada.─ Una vez dicho esto, se giró rápidamente hacia el paciente, y añadió ─ Dylan, hijo, ahora que sabes la verdad, y que sólo tú estás en lo cierto, prométeme una cosa.

En ese momento, sentía una sensación rara. Entre ganador y vencido, quería tener razón sí para demostrarles a todos que se equivocaban, todos menos él, e incluso que llegasen a sentir la culpa; pero, no se quería morir. O, al menos, no ahora. Así que, se limitó a decir, y por el miedo que sentía en aquel momento por lo que pudiese pasar, aclarándose antes la garganta tosiendo varias veces, y tras tartamudear la primera sílaba, dijo ─ di-i-me.

─ Que, antes comerás algo. No querrás que toda tu familia y amigos te recuerden de esta manera, ¿verdad? ─ y, convencido de que la cara de preocupación de Dylan ya se lo había dicho todo, al bajarla en cuestión de segundos avergonzado de ello por no saber ver más allá de lo que estaba obsesionado, y en silencio; le puso la mano en el hombro a su madre, empujándola hacia el pasillo de la casa como si no se la conociese ella misma, intentando consolarla o, al menos, dar credibilidad al asunto; y, sin que nadie se diese cuenta esbozó una tímida sonrisa mientras le guiñó un ojo en cuanto sus miradas se chocaron entre ellas. Mientras tanto, le recogió el pelo para susurrarle al oído que no se preocupase, que nada de todo ello era cierto. Nadie se iba a morir. O, al menos, no de momento.

─ ¿Cómo? ─ Desprientada, secándose las lágrimas en la manga, por un momento, había dejado de llorar en seco debido al desconcierto que le había causando aquellas palabras tan frías del médico.

─ A veces, la peor enfermedad es aquella que te hace creer incluso en tu propia mentira. Y, para ésto, sólo hay una cura. Partir de la propia ignorancia hasta llegar a la razón. Tú cédele la razón pero, hazle ver, que no es cierto. Sólo así, serás capaz de despertarle. Sólo así, volverá a creer en sí mismo y a olvidarse del resto.


Y, levantando lentamente la cabeza, aún con el pañuelo en la mano de sonarse la nariz y con las lágrimas en los ojos; se quedó boquiabierta de todo lo que le había dicho aquel último minuto, pero sin poder creérselo aún, y ahora con una leve sonrisa dibujada en sus labios, no fue lo último que escuchó:

─ Eso sí, sigue fingiendo.─ Acto seguido, se marchó empujando la puerta hasta hacerla sonar, al mismo tiempo de guiñarle un ojo, dejando atrás la imagen de aquella mujer allí, sorprendida, en mitad del salón. Sollozando, y temblando de la impresión.


No hay mayor enfermedad que la obsesión, y la obsesión te lleva al extremo de ignorar la realidad.

lunes, 8 de agosto de 2016

¿Una solución?

La vida está llena de años de experiencias, o solamente de años, en los que hay una lágrima, una sonrisa y una emoción; un temor, un miedo. Una pelea, una herida, una cura, un castigo e incluso, a veces, una recompensa o un premio. Una idea, un proyecto, una ilusión. ¿Cuántas canciones hemos podido escuchar hasta ahora? ¿Cuántas veces has sentido amor, odio o deseo hacia alguien como la indiferencia hacia nadie en particular? Nos enseñan a hablar, escuchar, oír y decir, y por ese orden. Pretenden que aprendamos a callar e ignorar lo que a ellos les conviene justo cuando les interesa a la mayoría. Sentir y padecer. ¿Cuántas veces has follado ya? ¿Cuántas decisiones has tomado tú? Todos buscan una cifra a cada pregunta, mientras yo sigo buscando una solución a esta pobre sociedad. Me enseñan a decir que dos más dos son cuatro sin acordarse de por qué es así. Me dicen que tengo que saber justificar mis respuestas porque sino me resta 0,5 de no haberla completado sin antes justificarse ellos cuando les hago la misma pregunta y no saben qué responder. Dos, seis, ocho, veinticuatro. Qué importa el resultado si éste seguirá siendo la solución correcta a nuestro problema sea cual sea la respuesta. Tampoco hay que buscarle el sentido a la vida para poder disfrutar de ella.


Empieza a vivir más cada momento y deja de pensar en cuándo será el momento adecuado para esperar a vivirlo. La vida es un momento que sólo tú decides si vivirlo o que sea éste el que te viva a ti. Igualmente, que para vivirla seamos nosotros sus protagonistas. Piensa, sueña, ríe y haz todo aquello que te haga feliz aunque para el resto seas un bicho raro.


Vivimos en una sociedad sistemática, en donde no hay explicación lógica para cambiar sus normas.  

domingo, 7 de agosto de 2016

Viaje en tren

Los vagones corrían a una rapidez infinita. En mi compartimento, había un señor que podría tener unos 65 años y vestía un traje gris a juego con la corbata y el sombrero. Yo a diferencia que aquel extraño señor, quien miraba a la nada mientras sujetaba su viejo bastón, me sumergí de lleno en las letras que poco a poco iban apareciendo en la pantalla de mi ordenador. Iba además con mis dos guitarras y la armónica que llevaba siempre en mi bolsillo. Si perdía la concentración, me ponía a tocarla. Su sonido me relaja. Al cabo de un rato, perdí toda la concentración y ya no supe qué hacer para llenar el vacío que me esperaban aquellas dos largas horas de viaje. Opté por vigilar el paisaje con mis auriculares y, poco a poco, fui entrecerrando los ojos hasta quedarme dormida. En cuanto me desperté, miré la hora con la intención de que hubiesen pasado ya las dos horas y ni mi reloj ni el paisaje hicieron hincapié en que cumplirlo.

Me decidí a sacar de la mochila una pequeña libreta de color azul y ponerme a escribir un rato. No sabía muy bien de qué hablar y por mucho que lo intentara, no presté atención a nada de lo que hacía. Simplemente, pensaba en lo que me deparaba cuando el tren anunciara el fin del trayecto. Dejé la mirada perdida en el paisaje para observarlo de lleno a modo de inspiración cuando una lágrima de felicidad resbaló por mi mejilla. De nuevo me había ido completamente. Vagué por unos segundos entre recuerdos donde los dos nos estábamos riendo con esas estupideces que nadie más comprende. Me removí en mi asiento y cambié mi expresión dando a entender que no me encontraba bien. Necesitaba llegar. Necesitaba saber a qué sabían sus besos o cómo de cálidos eran sus abrazos. Los kilómetros me hicieron olvidar esos pequeños detalles que solamente yo sé valorar dentro de una relación. Sentí la necesidad de verlo en todas partes pero reaccioné a tiempo y volví en sí.

Procuré concentrarme en mi nuevo proyecto, el que se encontraba en mitad de la mesa con la pantalla del ordenador cegándome y sin nada de contenido. No hacía más que escribir y borrar. No tenía inspiración, al menos nada que contar. Supongo que la emoción de poder estar allí y abrazarlo me inquietó tanto que no pude pensar claramente en ninguna de las ideas que rondaban por mi mente. No hice más que relamerme los labios al pensar en las muchas aventuras que podríamos vivir juntos los próximos días. Poco a poco se fue dibujando una sonrisa en mis labios al mirarlo a los ojos en el último recuerdo que tengo con él.

Aquel último beso en mitad de la estación, con las maletas rodeándonos y con sus ojos clavados en mí intentando trasmitirme toda la seguridad que me falta ahora. Me mordí el labio inferior de la impotencia que sentí por no estar justo así, ahora ─Pensé. De inmediato, la memoria me jugó una mala pasada y me idealizó un momento cualquiera en mi ciudad. Íbamos paseando de la mano cuando pronuncia en un suspiro mi nombre, en forma de orgasmo. Volví en sí. Sabía que no era cierto por la incongruencia de las imágenes que fueron apareciendo en mi mente. Me inquieté por unos segundos y pasmada de aquellos extraños recuerdos cuando la alarma daba por concluido aquel viaje sonó repetidas veces. No tardé en reaccionar y, en cuanto lo hice, recogí lo más rápido que pude todos mis bártulos. Me apresuré entre empujones hacia la salida mirando nerviosa si no me dejaba nada que fuera mío. Mientras tenía la cabeza en aquella sensación que estaba por venir y tanto ansiaba.  

Allí estaba como la última vez que lo vio. Corrí a paso de película entre la multitud para abrazarlo y dejé en donde pude las maletas que me ralentizaban aquel momento. Salté al vuelo para fundirnos en un abrazo cuando la realidad me dio de canto contra ella al recordarme que ya no estaba. Mi relación ya no existía desde hace seis meses atrás y yo seguí negándome que fuera cierto. Sin embargo, yo le podía ver. Estaba allí, conmigo. Nadie era consciente de aquello porque todos decían que era mi cabeza la que me jugaba malas rachas. Que estaba loca y confundía la ficción con la realidad. Seguí empeñada que no me había cegado tanto el amor que sentía por alguien pero no hubo quien me hiciera caso.


Me desperté y tomé hilo de la realidad. Había soñado con la persona de mi vida pero aún no era nadie en la suya. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba completamente enamorada.


Enamorarse es la única locura que está socialmente aceptada. 

domingo, 31 de julio de 2016

Baile bajo la lluvia

Los cuerpos flotaban en la intensa noche mientras sus ropas bailaban al ritmo de Jazz, las cuales se hacían más pesadas de llevar debido a la lluvia que ahogaba a sus latidos y cubría cada poro de su piel. Observaban el paisaje difuminarse a lo lejos cuando ellos dos quedaron atrapados en la imagen, a oscuras y a muy pocos centímetros entre ambos. Se mantuvieron la mirada sin mediar palabra alguna, mientras se sonreían tímidamente. Él se tocó la nuca con la mirada baja y puesta en el suelo, ella en cambio no podía dejar de morderse el labio de los nervios que sentía.

Él llevaba puesto un smoking negro conjuntado con una camisa de color blanca y en mitad de ella portaba una preciosa corbata del mismo color del traje que, con el tiempo y la lluvia dejaba al descubierto un abdomen perfectamente bien definido; y unos zapatos bien arregladitos de alza con puntera negra para chicos. No medía más de 1'64 cm de alto, lo suficiente para que ella no se molestara en ponerse de cuclillas cada vez que lo fuera a rodear con sus brazos o siquiera cuando le diese un beso inesperado. Ella, en cambio, portaba su mejor vestido de un color rosa fucsia que la hacía más guapa de lo que ya era. El cual difícil era de llevar en cada minuto que transcurría debido a la fuerte lluvia del momento. Unos tacones de aquel mismo color y un bolso caquis que colgaba de su hombro. Medía lo suficiente para llegarle a sus hombros y poder abrazarlo con todas sus fuerzas hasta dejarlo sin aire. Era de piel pálida y una delgadez infinita, sin rozar el extremo. Unos ojos preciosos de color azules que no podían pasar desapercibidos ante nadie y poseía una delgada línea en sus labios que se apoderaba de sus deseos.

Mientras él tenía su brazo aún recorriendo todo su cuerpo en un abrazo, ella tenía sus manos extendidas sobre su pecho y con la mirada fija en sus ojos. En aquel mismo instante, se le cayó un mechón de pelo ocultándole el ojo izquierdo, cuando de inmediato y con mucha delicadeza se lo recogió con apenas rozar su piel. Seguidamente, la acarició la barbilla con firmeza y se inclinó muy lentamente hasta llegar a sus labios los cuales, temblaban de la emoción. Podían notar como el sabor de sus bocas poco a poco, fue disipando la tristeza de la noche. Sentían la angustia de volverse a mirar y verse reflejados en la mirada del otro, pero sus deseos y la pasión eran aún mayores que no pudieron reprimirlo. En ese momento, el mundo giró entorno a ellos. La lluvia era pesada, húmeda y les impedía moverse libremente, pero ya nada les importaba. Se buscaban desesperadamente para volver a perderse en la neblina ocular, sus manos temblorosas, por miedo o nervios, necesitaban cobijo, amor o, simplemente, el deseo de volver a besar sus labios, y fundirse en un beso.

Habían formado una fusión con el calor humano de los cuerpos en la noche. La unión de dos almas unidas por el triste anhelo del ayer, a punto de fundirse por la pasión. Sus latidos se sincronizaron con el ritmo de la canción que sonaba justo en ese momento, bailaban torpemente, sus pasos eran lentos pero firmes, y estaban muy alegres al sentir el cuerpo del otro arropando su propia piel. Mientras sus lenguas bailaban al ritmo de la música, la lluvia seguía cayendo sobre sus cuerpos pero, poco a poco, se fue apagando y ellos comenzaron a brillar debido a la reñida luz que fue apareciendo detrás, a lo lejos, por aquella estrella solar. Sentían la necesidad de volverse a besar, una y otra vez, hasta que la noche volviera a aparecer y tener la oportunidad de ver el amanecer como reflejo en sus pupilas.

viernes, 29 de julio de 2016

¿Quién soy yo? (Parte 2)

A lo largo de mi vida me han hecho muchas veces la misma pregunta y, sinceramente, nunca he sabido qué responder. A pesar de lo simple que pueda parecer, me resulta bastante compleja como para no concretar más. O puede que sólo sea yo, que me gusta hacer un mundo hasta de un granito de arena. Al fin y al cabo, he vivido muchas experiencias tanto viajes, rutinas como veranos. He conocido a gente increíble que, a día de hoy, tengo por amigos. Y a otras tantas que ya no forman parte de mi vida. He conocido a quienes me han enseñado desde la primera vez que los conocí el tipo de persona que no quiero ser. E igualmente doy las gracias de haberlos conocido. También te podría hablar de cada una de mis aficiones como de todo lo que he ido consiguiendo con el tiempo gracias a mi esfuerzo.

También he aprendido a decir que 'no' a tantas opciones que no me interesan y no sentirme mal por ello. A ser selectiva con mis amistades y dejar atrás a quien no me conviene. A huir de mis problemas buscando una solución a cada uno de ellos. A ser más positiva. He descubierto mi verdadera vocación. Me han enseñado miles de teorías de las que te podría hablar ahora mismo y muchas de ellas he puesto en práctica en mi día a día. A ser más productiva y a tener una actitud proactiva. Me he sumado a más de una acción social sin fines lucrativos y me han encargado más de un trabajo comercial pero no remunerado. Te puedo hablar de los premios que he recibido como de los fracasos que me han llevado hasta ellos. Me resulta increíble, en el más sincero significado, la GRAN diferencia que hay entre mi primer y último trabajo que he hecho hasta ahora. He aprendido a caerme, pero también a coger fuerzas y levantarme por mí misma. E igualmente he aprendido a pedir ayuda cuando la necesite y no por ello soy menos que el resto. A aceptarme con mis virtudes y defectos, a sentirme a gusto con mi cuerpo.

Vivo enamorada de la vida y he aprendido a no depender del resto para ser feliz. A no cogerle cariño a la piedra con la que tropiezo para no depender de ella pero tampoco evitar saltarla. Sé perfectamente que no soy ni seré la mejor en nada de lo que me proponga, que no compito contra nadie ni pretendo serlo. Sólo quiero disfrutar de lo que me gusta hacer y ganarme la vida con ello. No sé si has entendido esta "breve" reflexión sobre mi vida y me estés leyendo ahora mismo porque has entrado en esta entrada por saber un poco más sobre mí y, por tanto, si has resuelto tus dudas o vas a terminar con más dudas que antes. Pero como te he dicho desde el principio, ni siquiera yo sé qué responder cuando me hacen siempre la misma pregunta.


Entonces, ¿quién soy yo?

jueves, 28 de julio de 2016

Luz

Apenas veo la luz, una ráfaga de viento me ciega y, poco a poco, esa dulce y fina línea que atraviesa cada uno de los poros de mi piel, se va alejando. Luz, ven a mí… por favor, no te vayas. Luz. Y un eco repentino, me hizo escuchar mi voz durante varios y breves minutos… pero largos, para mi cabeza.

Llevadme hasta allí. Hasta ella. La quiero tocar, quiero sentirla como se siente la vida. De la misma manera que siento mis letras. De la misma manera que fluyen en mí.

Regaladme la luz, por favor.

Dádmela al igual que, me dais vuestro silencio. La quiero poseer como quien observa a la Luna y quiere atraparla entre sus pequeños dedos, y tenerla así para siempre… para sí. Dadme la luz que me hizo quedar a oscuras a raíz de mi locura, quiero luz.

Dadme la luz, dádmela ya… joder. Quiero verla, sentirla, amarla, quererla… y, sobre todo, volver a estar cara a cara con ella, mi vida.



















Regaladme la luz.

martes, 26 de julio de 2016

El reencuentro

Después de dar varias vueltas mientras se removía en el asiento del compartimento en el que iba, se quedó dormida con la cabeza en el cristal mientras "escuchaba" su canción favorita. La posición que adoptó para el resto del viaje fue la misma, no era cómoda pero tampoco le molestaba. Tenía sueño debido a las largas horas de la juerga de la noche anterior, que ni siquiera se acordaba de lo que pasó. Cuando no estaba dormida, estaba hablando por teléfono o simplemente chateando con sus amigos. Ninguno de ellos pudo averiguar qué fue de ellos en aquella madrugada. Todos se separaron sobre las 3 am y no se volvieron a ver. Unos se fueron a fumar fuera del local, otros a echar todo el alcohol que tenían en vena y unos pocos seguían dentro, a su bola, sin estar juntos.

Llevaba la misma ropa y cada vez que abría la boca para bostezar o preguntar cualquier duda apestaba a ginebra y tabaco. No le dio tiempo a cambiarse de ropa, ni siquiera a ducharse, se fue directamente a coger el tren por lo pillada que iba de tiempo. Tenía puesta una camiseta roja simple de tirantes, unos pantalones vaqueros y unas convers rojas falsas. Por otro lado, tenía el pelo demasiado alborotado en comparación a como lo solía llevar habitualmente e iba con la raya del ojo corrida por el intenso llanto durante las dos últimas largas horas. Al principio su apariencia la inquietó un poco por lo que le pudiesen decir los demás pero conforme fue pasando el tiempo se fue olvidando de ella. Hizo lo que pudo. Había utilizado el móvil como espejo para peinarse y en cuanto el conductor anunció la primera parada en uno de los pueblos aprovechó para ir al baño a retocarse el flequillo y lavarse la cara.

Faltaban 2 horas y medias para llegar y ya no sabía qué hacer para pasar el tiempo. Sacó los auriculares del bolso, los enchufó al móvil, puso su música en modo aleatorio y se remoloneó en el asiento hasta encontrar la postura. Tenía la cabeza apoyada en la ventanilla y mientras escuchaba de fondo su música. Apenas pudo ver el paisaje debido a la alta velocidad a la que iba el tren. Cada vez le prestaba menos atención hasta quedarse dormida. Al despertarse ya habían pasado 45 minutos y pudo escuchar como la voz del mismo hombre que anteriormente había anunciado la primera parada, seguía anunciando las diversas paradas en los pueblos. Esta vez hacía una pausa de mínimo unos cinco minutos en cada una de ellas.

Resopló varias veces e hizo un par de muecas en señal del aburrimiento que se le venía encima en la próxima media hora, que era lo que faltaba para llegar hasta su ciudad. Intentó encontrar la misma postura que antes, pero fue imposible como tampoco se pudo volver a dormir. Esta vez, estaba apoyada en la pequeña mesa que había junto a la ventana en donde solía posar la mirada, echada hacia adelante y con la mano apoyada en uno de sus mofletes. Sacó de su mochila, que la tenía abajo en sus pies, una pequeña libreta de color y empezó a escribir lo primero que se le pasaba por la mente.

Poco a poco, se fue haciendo más ameno el viaje. Se empezó a desperezar en el asiento con las mil ganas que tenía de poder llegar y no sólo estirar las piernas sino de abrazar, besar y contarles las mil aventuras a sus padres. Quienes estaban ahora mismo allí esperando a que llegase a la estación. Empezó a divagar por sus pensamientos y reflexionó si de no ser por ese reencuentro hubiese hecho todo ese viaje. Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba ya sin verlos. Mientras le resbaló una lágrima por una de sus mejillas y se limpió con mucha delicadeza, pudo escuchar la voz del mismo hombre anunciar el nombre de su ciudad.

Una vez recogidas todas sus cosas, de pie, abrazados los tres, mientras escuchaban de fondo la bocina de la locomotora anunciando el fin de la parada mientras se fue vaciando la estación al mismo tiempo; caminó hacia la salida con una tímida sonrisa en sus labios.


Aprende a valorar el verdadero significado de las cosas.

sábado, 23 de julio de 2016

¡Mierda!

¡Mierda! ─ Grito.

Ups… no debería haber escrito eso. Qué van a pensar de mí la gente que me lea ─ Pienso, mientras me voy subiendo los pantalones.

Bah, qué importa. Dices que es la inspiración, que te ha venido justo ahora y listo. ¿No es eso lo que suelen hacer todos los escritores? Hablan de sus problemas, idas y venidas, sus paranoias y gilipolleces que a nadie le interesa porque ya se tiene suficiente con lo de cada uno pero se venden. ─ Me quedo absorta en mis pensamientos por un minuto hasta que llaman a la puerta y me despierto.


*Abro el grifo del lavabo, me echo jabón en las manos y me enjuago mientras se humedecen en el agua*



Apenas soy capaz de escribir nada y a pesar de que me muera por hacerlo me siguen faltando las palabras para contar una buena historia. A veces me da por pensar que mi capacidad de expresión está mermando cada vez más y no tengo talento para ello, pero otras simplemente me digo a mí misma que no tengo nada que contar. Es más, esto hasta quizás sea un relato más para la colección. Sí, lo sé. Sé perfectamente que puede que no sea muy agradable de leer pero últimamente es lo más interesante que me ha pasado y pueda contar. Además, a pesar de todo, es un lugar más del mundo tan digno y respetable como otro cualquiera, a pesar de ser un poco desagradable.

Supongo que es allí a donde voy cuando me encuentro mal, tengo ganas de llorar o simplemente vuelvo con más alcohol que sangre en mis venas de una noche de fiesta. Cuando me dan ataques de ansiedad por no comer lo "suficiente" de querer más y luego me arrepiento de haber comido en exceso. Supongo que ya sabréis dónde encontrarme cuando no me soporto ni yo de la rabia que siento o incluso cuando me obsesiono tanto con mi cuerpo que hasta mi espejo me llama gorda. O simplemente esté allí porque necesite estarlo de verdad.


Aunque eso nunca lo sabrás.




Salgo del baño y apago la luz. 

jueves, 21 de julio de 2016

¿Un minuto?

Nunca me había parado a pensar en lo increíblemente cierto que podía ser un simple minuto. Ahora, tú, mi querido lector, me tomarás por idiota pero apuesto lo que sea a que tú tampoco te habías fijado en la productividad del tiempo. Nada redundante, por cierto. En absoluto.

Alguien puede estar riéndose a carcajadas después de que otro alguien le haya contado un chiste. A su vez, en otra parte del mundo, un niño de 5 años que está aprendiendo a montar en bici, se cae al suelo y llora. Su padre que está por allí cerca, y de quien se había percatado antes de ponerse a llorar acude para consolarlo. Mientras tanto, el tren se puede estar yendo de la estación y dos personas corren ya inútilmente de no poder cogerlo a tiempo. Mantienen la respiración agitada, y casi sin aliento procuran no desperdiciar el poco aire que les quedan en sus pulmones y deciden descansar. Una pareja puede estar paseando abrazados, felizmente, por la calle principal de su ciudad mientras otra distinta se ponen a tirarse de los pelos en mitad del cruce de peatones por no ponerse de acuerdo en su última discusión.

Hay mil cosas que se hacen en un minuto que, por ignorancia, seguimos diciendo que no nos da tiempo a hacer absolutamente nada. Que es poco tiempo y que nos regalemos minutos, e incluso horas, si de verdad queremos conseguir todo lo que nos propongamos. No sé tú pero personalmente, creo que un minuto es suficiente para empezar a hacer lo que tienes en mente. El tiempo justo para tomar la decisión que te llevará a ser quien quieres ser mañana.



Y tú, bueno, tú mientras me lees a mí. 

jueves, 14 de julio de 2016

Lógica de madurez

Salía de clases de inglés, ni siquiera había salido del edificio y ya metí las manos en los bolsillos buscando mis auriculares y el móvil, una vez que los toqué y pude desenrollarlos me los puse casi por inercia en los oídos, e inconscientemente empecé a deambular entre viejos recuerdos y alguna que otra lágrima. No levanté la vista del suelo, y apenas escuchaba la música. Era curioso, porque siempre me gustaba ver lo que pasaba a mi alrededor, conociese o no a quien estuviese por allí. Pero… esta  vez, no tenía ganas más que de tumbarme en la cama, y dormir. Quería descansar, a pesar de haber dormido mis diez horas de sueño. Últimamente, las cosas no me iban nada bien, y quería huir de mí aunque fuese en otra dimensión.

En el camino de vuelta a casa, me topé con una piedra a la que, desde el primer minuto, le empecé a dar patadas, y no sé si era por entretenerme o por distracción. Pero, sin saber si quiera cómo ni por qué, recibí un pelotazo en la pierna izquierda. Me agaché, recogí el balón con las dos manos, y se lo di a un niño que no tendría más de unos 4 o 5 años, quien seguidamente y con la cabeza baja de haberme dado en el pie, sintiendo las disculpas, se fue corriendo sin mediar palabra. Inconscientemente, me quedé parada, allí mismo, en mitad de la acera, esperando a que sucediera algo, pero no sucedió nada extraño. Retomé el rumbo, y casi de inmediato, mi instinto me hizo saber que estaba en lo cierto. Giré mi cabeza hacia la derecha, y pude escuchar la conversación que mantenían dos adultos, dándole una calada cada poco tiempo e inmediatamente expulsando el humo con bastante placer, sin la intención de dejar de fumar por ver al hijo de uno de ellos jugueteando con el balón por allí.

─ Papá… ─ le llamó a su padre, con insistencia, tirándole del pantalón por la altura de sus rodillas.
No obtuvo respuesta.

─ Papá… ─ Volvió a insistir.
─ ¿Qué? ─ Contestó su padre, tras darle una calada al cigarro que sostenía en la mano, y plácidamente, exhaló su humo con la mirada en las nubes con la intención de que esta vez su hijo no huela el humo.
─ ¿Puedo probar? ─ preguntó señalando el cigarro.
─ ¿El qué? ─ preguntó el padre, esperando equivocarse.
─ Eso. ─ contestó, señalando más de cerca el cigarro. 


Y casi de un brinco, se levantó su padre, se atragantó con la última bocanada de humo que había ingerido pocos segundos antes; que, para mi sorpresa, nada más echarle la bronca y aconsejarle que no debía de seguir su ejemplo, que fumar mata y perjudica su salud… hasta haciéndole prometer que en la vida iba a fumar. Vamos, todos esos argumentos que se vuelven banales cuando quien te los dice no le presta apenas atención a sus propias palabras. Le dio un par de caladas más y en seguida se sentó en el banco, fastidiado de lo que le había preguntado su hijo. Tras darle aquellas dos últimas caladas, tiró el cigarrillo al suelo y apagó la mecha con el pie.
Al momento de sentarse de nuevo, miró inconscientemente a los ojos de su hijo esperando encontrar una respuesta de lo que le había preguntado, y éste, le hizo una pregunta que nada más escuchar sus palabras, le hiló la sangre.


─ Entonces… ¿tú… por qué qué… fu- fumas?

miércoles, 13 de julio de 2016

Gracias

No pienses que me voy a ir, que le he cogido el gustillo a esto de escribir y dudo mucho en que vaya a parar. Puede que lo haga por evasión, alegría o miedo. No lo sé, sinceramente. Pero, esta vez, supongo que lo hago por algo distinto. No es que hoy haga buen tiempo, ni malo, simplemente me apetecía hacerlo. Ni mucho menos sea lo último que escriba, aunque lo haga mal. No seré la primera que te lo diga, pero tampoco la última. La idea siempre está ahí; y para desgracia de algunos, sólo cuenta la de quien llega antes. Tan sólo escribo este “breve” texto para darte las gracias. Mejor dicho, sólo escribo esta entrada para dar las gracias.

A ti, a quien está leyendo estas líneas ahora, con ansías por saber lo que voy a decir e incluso me odies por ver que he subido un nuevo texto cuando no tienes ganas o tiempo de leerlo. Quien le da sentido a cada una de mis palabras, como los pensamientos. Quien me hace estar cada vez más cerca de conseguir dedicarme a esto, de lo que estoy ahora, aunque lo más cerca sean 10.000 kilómetros (y me quedo corta). Quien se encuentra a dos espacio de mí. Quien me hace sonreír cada mañana al despertar por ver una cifra más en el contador de visitas y saber que aún está ahí. Que aún sigues tú conmigo. En definitiva, por hacerme creer que valgo millones cuando, en verdad, soy una mierda de la calle expuesta al público.

A mis enemigos, por hacerme entrar en razón cuando me escuchaban que no llegaría tan lejos. Que dejaría de ser yo, en cuanto me consumiese la fama, y entiende por fama de todo lo que quieras entender menos su verdadero concepto. En ningún momento, quiero ser famosa (ni muchísimo menos lo soy) porque ésta implica que te conozcan todos, sin excepciones; mientras que mi objetivo es que sólo me conozcan los que yo admire. Quien me dijeron desde un principio que llegaría lejos, aunque en unas formas que ni yo sé muy bien cómo lo hicisteis. Gracias, por creer en mí. Pero, en especial, por seguir pensando en lo poco que merezco la pena, y lo mucho que valgo. Aunque, como ya he dicho antes, tan sólo haya cogido una mierda de la calle y lo exponga al público mientras pongo subtítulos en blanco y negro. Que el odio es una muy buena manera de querer, y gracias a él yo sé cuánto de aprecio me tenéis a mí.

A todos esos detalles por y sobre los que escribo cada día, por obligarme a no bajar la vista de la ciudad y a subirla cuando posa en el suelo. Que la vida no está ahí, ni en mi móvil, ni en ninguno de esos sitios. Por todos aquellos que dicen lo grande que le queda, y en caso de que sea así hazte un traje de gala. Hablamos mucho y ya apenas callamos. Deja el móvil, y observa de una vez; que la pantalla la tienes ya muy vista y lo que viene siendo el paisaje ni siquiera le has echao un ojo. No me leas así, que sabes que es verdad. Que nunca viene mal saber un poco de dónde se está o hacia dónde se va. Y no sólo me refiero a contemplar el campo si no también, por qué no, a los lugares de culto. Pero, nada. Sigue leyéndome si quieres, que así seré yo quien tenga más que contar por todo lo que te estarás perdiendo al elegir mirar mis letras en vez de a tu alrededor.

Por último, y no por eso menos importante, quizá el que más por eso otro de ‘deja lo bueno para el final': a mi madre, porque gracias a ella estoy escribiendo esto. Gracias al día en el que nací, hoy yo puedo fardar de tener un sueño y una ilusión de poder cumplirlo. A alguien que siempre me estará apoyando, esté en dónde esté. Y siempre me estará dando ánimos, por mal que se lo haga pasar. Que después de la tormenta llega la calma, y esa calma comenzó hace meses de la que ahora me toca recordar para poder dar gracias a quien hizo todo lo posible porque hoy seamos así. Para bien, y mal. No sé, hoy me he levantado con ganas de abrazar al mundo y lo único que puedo hacer es dar las gracias ya no sólo por las personas sino también por los pequeños detalles que vivimos día a día.


Gracias, de verdad.

lunes, 11 de julio de 2016

Hay que follarse a las mentes

"-¿Te gustan más los hombres que las mujeres? -¿En general dices? No, eso me da igual, el sexo es lo que menos me importa. Me puede gustar un hombre tanto como una mujer. El placer no está en follar, es igual que con las drogas; a mí no me atrae un buen culo, un par de tetas, o una polla increíblemente gorda... Bueno, no es que no me atraigan, claro que me atraen, me encantan, pero no me seducen. Me seducen las mentes, me seduce la inteligencia, me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que detrás hay una mente que los mueve y que merece la pena conocer. Conocer, poseer, dominar, admirar. La mente H, yo hago el amor con las mentes. Hay que follarse a las mentes."

Fuente: Película Martín (Hache).
Eusebio Poncela.

viernes, 8 de julio de 2016

¿Quién soy yo? (Parte 1)

Hace ya varios días que me he levantado cuestionándome muy seriamente una pregunta que, a decir verdad, me quita el sueño. Puede ser lo más estúpido para cualquiera porque supongo y me juego lo que quieras a que su respuesta sería su nombre, profesión, aficiones y poco más. En cambio, puede parecer que me esté comiendo más de lo normal la cabeza y sólo por intentar responder al título de esta entrada lo más concreto posible.

Sin embargo, muchos me intentan definir en una sola palabra o me miran y ya creen conocerme cuando, prácticamente, llevo toda mi vida haciéndome esta pregunta porque ni siquiera yo sé quién soy. Sí, puede parecer estúpido estar esperando encontrar una respuesta con la que me quede satisfecha de haber encontrado la solución a "mi problema" e incluso, aún más no haberla encontrado a lo largo de mis cortos años, y no tan cortos. Llámame idiota pero…

¿Para quién?

¿Para la ciencia, la biología, la medicina? Un organismo formado de células. ¿Para la política, el Ayuntamiento? Una ciudadana más de la ciudad, ilusa, incrédula de la propaganda electoral de cada partido. ¿Para mis profesores? Una alumna de sus clases, a quien corregir trabajos, exámenes y aclarar sus dudas. Quien aspira, aunque desde fuera, a conocer el mundo de la publicidad desde dentro, o eso cree ella. ¿Para mis padres? Una hija, de quien esperan lo mejor y supongo que al igual que cualquier hijo para sus padres, para quien soy la mejor en todo lo que hago y me gusta hacer, con la intención de buscar mi felicidad.

No sé. Supongo que me quedo un millón de preguntas sin responder pero también te podría hablar de mis aficiones, gustos y amistades como de lo que odio y no hago o de lo que odio pero tengo que hacerlo porque esa es mi obligación. También podría nombrarte a todas las personas a quien debo dar gracias por confiar en mí y hoy pueda decir que soy quien soy intentando cada vez ser mejor que ayer. Como tampoco me quedo sin mencionar a mis "enemigos" porque en cierta medida también debo dar gracias a ellos para saber al menos quién no quiero ser en mi vida.

Sin embargo, de todas las preguntas que me dejo en el tintero hay sólo una que me quita el sueño, por ser la más difícil de responder. Quizás sea la "poca experiencia" para unos; o la "falta de autoestima" de otros. También podría ser excusa eso de que nunca ha sido fácil hablar de uno mismo sin que te digan lo creído o ególatra que eres, sin ni siquiera estar a centímetros de la realidad.
Entonces…


Para mí, ¿quién soy yo?

viernes, 24 de junio de 2016

Arte y miseria

No me encontraba bien y me decidí a dar una vuelta por la ciudad. Cogí mis auriculares y en lo que salí por el portal, empecé a escuchar a mi grupo de música favorito. Apenas presté atención a mi alrededor, sentía cada letra que escuchaba como si me describiese por completo y cada tiempo musical rompía mis oídos. Como era habitual en mí cada vez que escuchaba música, me ponía en la piel del cantante. Mi sueño siempre había sido formar un grupo de música y ser la voz y la guitarra del mismo. Hace años que dejé los estudios de música y me empecé a formar de manera autodidacta. A cada canción que escuchaba, mayor era el recuerdo que me venía a la mente. Mis emociones legaban un segundo plano en mi vida por entonces.

Sin darme cuenta, vagué por los callejones de la ciudad hasta toparme con la música de un grupo callejero que apenas llegaban a los dos euros por día. Inconscientemente, me quité los auriculares y los observé de lado a lado. No sabía cómo pero aquellos completos desconocidos me habían sacado una sonrisa. Los observaba atónita y con bastante admiración. Apenas nadie les hacía caso. Es más, tenía curiosidad de por qué su afición por la música, cómo empezó todo. Siempre me había llamado la atención conocerlo todo acerca de una persona, a qué se dedica y qué supone eso en su vida, si era por obligación o mera vocación. Y cuando uno de ellos se me quedó mirando, incrédulo de llevar más de cinco minutos allí, escuchando feliz su música, se acercó a mí y entablamos una bonita y agradable conversación que me hizo plantearme muchas cosas de mi vida.
─Hola, ¿te puedo ayudar en algo?
─No, gracias. ─Le contesté, tímidamente. Pero, antes de que se pudiera dar la vuelta, le pregunté ─Bueno… ¿te-e pu-e-edo hac-cer una pregunta-a?
─Sí, claro. Pregunta.
─¿Cómo empezó todo? Esto, vuestra afición por la música…
─ Conocí a Joffrey, el guitarra y voz del grupo, en el Conservatorio. Íbamos juntos a clase, y desde entonces nos llevamos como hermanos. Nos gustaba tanto la música que todos los veranos nos poníamos a pedir en la calle, supongo que no hemos cambiado nuestra tradición. Un chico se nos quedó mirando de la misma manera en que tú lo has hecho, que vino a nosotros y nos preguntó si éramos un grupo de música, que teníamos talento y él buscaba con quien formar uno… y así conocimos a Robbin. Un tío que además de guapo, simpático y solidario, tiene muchísimo talento. Y luego se incorporaron Vanessa y Joey, bajista y guitarra.
─Peeero… sois cinco en el grupo, ¿y tú?
─Ah, yo soy el batería. Soy Eddard, ¡encantado! ¿Sabes? Mi vida perfecta no es tal y como la pintan la mayoría de la gente. Mi vida perfecta es dedicarme a la música, tocando en garitos de "mierda" y volver a casa, o mejor dicho, a mi estudio en el que lo tengo todo: mis guitarras, los bajos, un sofá-cama, que el estudio tenga una pequeña cocina y un baño, el skate y no sé todo lo que de verdad me hace feliz. Pero no quiero adornar mi vida con lujazos que luego sólo voy a utilizar una vez y me olvide de ellos para siempre. Yo soy feliz con lo que tengo, y no necesito nada más. ─Me dijo, con la mirada absorta en el vacío e inmediatamente le dio una calada al cigarro que tenía en la mano para tirarlo al suelo e irse de nuevo con la banda.

Su filosofía de vida me cambió por completo mi manera de vivir, plateándome si de verdad estaba haciendo lo que quería o por gustar a otros. A partir de aquella extraña conversación, cada gesto, mirada y hasta los pequeños detalles que hacían me parecían de lo más curiosos que los llegué a observar con la mayor exactitud.

Empecé a observar más a la gente y menos a ellos, extrañada del mucho talento que tenían y la poca atención que se les prestaba. Me acordé por unos minutos del último concierto al que fui, era de Vetusta Morla, me acuerdo que hasta hubo gente que esperó horas antes, incluso un día antes para coger sitio y verlos en primera fila. No sé… por un momento los he llegado a comparar con ellos. ¡Qué estúpida… cómo un grupo de calle va a llevar más talento que uno que vive de la música desde años! Sin embargo, no para mí, no había ninguna diferencia… salvo el escenario, claro está. Sí, es cierto, ellos actuaban en la calle e incluso ya se han comido por ello varios marrones, entre ellos, multas e insultos de gente que no conocían de nada. A quienes la gran mayoría de la gente pasaba de largo, e incluso entre burlas y risas a su costa, e inmediatamente se les tachaba de miseria y "donnadie" en la vida. Y, en cambio, a grupos "profesionales" se los llega a idolatrar sin ni siquiera estar encima de un escenario.

No entendía muy bien aquella extraña situación, y por un momento me llegué a apenar por ellos. Pero… por qué apenarme por alguien que tienen un objetivo en mente por el que luchar y aunque la vida le dé más fracasos que éxitos, ahí siguen. Al fin y al cabo, ya les gustaría a muchos estar en su situación aunque no lo sepan. Dando conciertos, y aunque en vez de firmar autógrafos y discos, tengan que asentar las críticas e insultos como forma de vida, son felices. Fíjate bien, aunque en la calle pasen de ti, algún acorde de tus canciones se cuelan por sus oídos. Pobre de ellos, pensé. Esta vez no por ofrecer su música en la calle y en aquella paupérrima situación, sino por todo lo que tienen que sufrir en su día a día por hacerlo. Son músicos, y vale que su sueño era ofrecer sus canciones encima de los grandes escenarios y todo eso que vive un grupo de éxito. Pero… tocar en la calle ni es un acto vandálico como dicen unos, ni una miseria como dicen otros. Sigue siendo el mismo arte que aquel que es capaz de reunir a más de 2000 personas en un aforo y tocar para ellas.

En un momento de lucidez, me vino un pensamiento a la cabeza, al cual no pude ignorar y no darle vueltas. Nos atrevemos a pensar que "la buena vida" la tiene aquel que cumple con sus obligaciones y cobra religiosamente. El que tiene el lujo de vivir en un chalet de dos plantas y un cochazo de la hostia. Sin ni siquiera darse cuenta que sólo así viviremos felices materialmente. Y claro que el dinero es importante, pero no tanto como para dejar de lado nuestra vida. Por qué no entregarnos en alma y cuerpo a aquello que nos apasiona, aunque esto nos haga vivir en la miseria. Una vez que desperté por completo de mi ensimismamiento, lancé una moneda al aire y cayó justo en la gorra que tenían apoyada en el suelo delante de ellos. Esbocé una sonrisa y tras guiñarle un ojo al chico de la batería, me puse mis auriculares y retomé el camino de vuelta a casa.


Nada es mejor que nada, sino diferente al resto.

martes, 21 de junio de 2016

120 Km/h

Adoraba la velocidad, y nada era una excusa para abusar de ella. Viajaba mucho, pero siempre iba y venía de un pueblo a otro, sólo para notar cómo la fuerte brisa del viento azotaba su cara mientras iba conduciendo. Vestía un elegante tupé y siempre llevaba unas Rayban negras, incluso en los días lluviosos. Además, portaba siempre el mismo modelito de ropa: una chaqueta de cuero negra abierta dejando ver su apuesto abdomen tras la camisa blanca de tirante y tan ajustada que llevaba debajo de ésta, unos Levi's oscuros y unos zapatos negros de piel con algo de tacón. Solía apoyar un brazo en la parte de la ventanilla dejando sobresalir su mano mientras se fumaba un cigarrillo. En cambio, no era uno de esos barriobajeros de ciudad que iba con la música a tope y las ventanillas bajadas hasta el fondo escuchando reggae ni uno de esos moteros que maldicen a quienes van por el arcen. Estaba enamorado de la música clásica, en especial, no paraba de oír a Beethoven y Chopin.

Tenía un Ford Scott rojo de segunda mano, pero tan reluciente como uno de primera. Apenas tenía kilómetros recorridos cuando lo compró. Siempre que llovía optaba por poner la capota negra de vinilo para que no se estropeara el interior del coche y aún así, solía sacar la cabeza por fuera de la ventana para notar las gotas de lluvia clavarse en su piel. A pesar de su apariencia, era un chico solitario y tímido que prefería ir por carreteras más estrellas de lo habitual siendo a su vez las que tienen mayor desnivel y peor estado de todas. El coche se tambaleaba para un lado y el otro, pero él siguió su instinto y no dejó de correr como un loco por aquel viejo camino.

Había recibido ya un par de multas por exceso de velocidad, pero siguió sin hacer caso a los mandatos de la policía. Justo por aquellos caminos la ley mandaba ir a la mitad de la velocidad a la cual iba, a 80 Km/h. Nunca le parecía poco para no regocijarse en su asiento, echándose hacia atrás y dejar su vida en manos del volante. Además, quién iba a pasar por allí, si estas carreteras están más muertas que viva. Si ya todos prefieren ir por las autopistas, quién quiere ir por estos caminos ─Se decía para sí mismo una y otra vez.

Un día, se topó con la propia policía y tuvo el valor de echarle un pulso. Empezó a correr como poseso, y a mirar muy de vez en cuando por el espejo del coche para controlar la distancia que había entre ellos. No había apenas nada, tan poca que en un abrir y cerrar de ojos ya le habían bloqueado el paso. No tuvo otra alternativa y bajó del coche, a gachas y con las manos en alto. Quedó arrestado. A pesar de ello, antes de que le pudieran esposar, se quitó las gafas con aire decidido y le mantuvo la mirada a uno de ellos al tiempo que les dijo con voz firme provocando un escalofrío que recorrió de arriba a abajo todos sus cuerpos:



─ Sólo el peligro es capaz de hacerme entrar en razón.