viernes, 21 de junio de 2019

Atrapados en el tiempo

El silencio de mi alrededor retumba en mis oídos tan fuerte que necesito escuchar mi música, coger mis auriculares y aislarme del resto. Todo sigue estando en su sitio, tal y como lo dejé, y me da vértigo pensar en lo mucho que han cambiado las cosas desde entonces.

Al poco tiempo veo inundado mi reflejo en un mar de lágrimas con la banda sonora de este momento, aunque al ritmo de la rutina. He perdido el tiempo y me llevo las manos a la cabeza de todos los momentos y rincones por los que voy pasando. Aunque sólo sea en mi mente, y entre recuerdos. Me llevo la bebida a la boca para pegarle un sorbo, y cada mililitro del refresco que atraviesa mi garganta hasta llegar al estómago se convierte en las calles, bares, pubs y discotecas que he dejado atrás en cada paso; y las risas en las esquinas. Mi pulso se acelera y el recuerdo se acrecenta, dándome un mayor vértigo cada pisada. No quiero recordar más, cada paso se vuelve aún más turbio al anterior, pero menos intenso y caliente al siguiente; y lo único que necesito es quedarme atrapada en este mismo instante.

Cada segundo lleva la banda sonora de las risas compartidas y el río cayendo lentamente por mi garganta, mientras ando por las afueras buscando paz y alejarme de la energía que me pueda contagiar en mis peores momentos, concentrarla en mí como un punto de fuga central o campo gravitatorio y protector formando así un aurea a mi alrededor.

—No lo aguanto más — Pienso y, casi por inercia, me flexiono para coger aire y reponer fuerzas.
Apenas lo siento. He perdido la batalla final, pero qué importa ya. Ni sé dónde estoy, y lo digo literal y metafóricamente. La gente no para de pasar: Algunos corren, otros andarán sin rumbo, a otros les lleva la prisa y entre todos ellos, estoy yo. Parada, sin saber muy bien qué hacer ni a dónde ir, con más ruido y vértigo que me anulan por dentro al completo y todo lo que haya podido ser hasta ahora invalida el camino; y cada persona, cada conversación y cada momento.

Como ahora, entonces.

Bueno, no. Ahora sólo necesito despertarme, estoy dormida, porque me niego a aceptar que me he quedado atrapada en una época que se convertirá en mi vida para aborrecerla y para poder avanzar hacia cualquier otra dirección de las mías, qué importa si la correcta, ya sólo me importa avanzar y de la dirección que pueda elegir, por muy falseada que esté, hacerla correcta. Y todo el ruido que retumba en mis oídos hasta convertirse en silencio a través de los hielos contra el vaso, despejando cada una de las dudas que se manejan en esta ecuación y está a mitad de camino.

sábado, 1 de diciembre de 2018

0 Inspiración

Últimamente, no soy capaz de contar nada. Es sentarme delante del escritorio, y me anulo. Tengo la necesidad de salir y no sólo de mi cuarto, sino de la rutina, los agobios y el estrés. Voy a dar una vuelta y acabo escribiendo siempre en el mismo sitio de siempre, bajo el mismo techo aunque mi alrededor sea el mismo. Nunca me encuentro rodeada de la misma simpatía, que no menor. Lo peor de todo, acabo por mecanizar mi proceso creativo. Algo que va matando poco a poco a mi inspiración, o quizás la poca que me queda ya. No sé si seré yo, el lugar en donde nace mis ideas o las historias que trato de contar intentan decirme algo. Aunque, de todo lo que te estoy contando, algo sí que ha cambiado. Mis letras ya no suenan igual que antes, ahora llevan por bandera a las canciones de Vetusta Morla o Love of lesbian y, excepcionalmente, me saben a Izal. Quizás sea yo y no me sé expresar. Mis pensamientos hacen tanto ruido en mi cabeza que no soy capaz de expresarlo de una forma coherente y lógica. También está la posibilidad de que no sepa buscar mis historias, aunque sólo sea en fondo. Puede que cualquier lugar sea bueno para escribir, pero no cualquier lugar es el adecuado para todas ellas. Ahí, quizás, está mi problema. Tengo tantos sitios que elegir para protagonizar cada idea, que no sé por dónde empezar. No sé ni siquiera si tomarme un café o un refresco con hielo en pleno invierno, mientras me dejo absorber por la realidad para luego plasmar todo lo que haya podido retener sobre el papel; como voy a ser capaz de decidir sobre la muerte de mi personaje. Mi canción favorita quizás determine su final y deba morir, perder al amor de su infancia que se convirtió en su vida, quedarse en bancarrota o visitar el inframundo y estar bajo el mandato de Hades, enamorado a su vez de su hermano Zeus. Quizás, tenga más que ver la ciudad que soy ahora o el campo en el que un día me perdí y desde el que escribo para encontrarme algún día conmigo, sin que nada de lo anterior tenga sentido. Realmente, no sé qué puede estar pasando por mi mente para no tener nada que decir durante meses, pero sí unas ganas enormes de devorar papel con mis ideas. Puede que sólo me abrume la cantidad de papel que podría recorrer con mi tinta, y acabo por mecanizar todo lo que debería salir de dentro a flor de piel. Dejarse llevar suena demasiado bien, y joder si suena bien, que acaba de retumbar en mi cabeza el verso de Vetusta Morla para perder el sentido a todo lo que me reconcome por dentro. Será por esto que, a veces, se nos olvida dejarnos llevar hasta en esos detalles que nos llevan a ser nosotros, como pensar; y disfrutar de aquello que nos hace eternos cuando el tiempo vuela. 

sábado, 17 de noviembre de 2018

Mis mejores amigos

Estaba sentada en la acera cuando un camión me vislumbró con las luces antes de pasar por mi lado. Eran las fiestas del pueblo y apenas se tenía que notar mi ausencia en el grupo de mis amigos, quienes estaban bailando en la verbena del colegio. En realidad, no era la verbena del colegio pero se le concedió el nombre al ceder el recinto para llevar a cabo la fiesta durante toda esa semana de verano. Se celebraban allí todos los años porque era el único sitio amplio que cumplía con los requisitos establecidos por el ayuntamiento para que fuese posible. Lo más probable es que mis amigos estuviesen más pendiente de su próximo polvo en aquella noche como de costumbre, que de saber dónde estaba yo en aquel momento. 

Nadie pasó cerca de mí, y me alegro de que en aquella hora y media que estuve vomitando la borrachera de aquellos tres días no hubiera ningún testigo que pudiese hablar y a los pocos segundos, la noticia volase hasta llegar a oídos de mis padres. No tenía ganas de poner excusas de todo lo sucedido, y mucho menos de contar la verdad. Me faltaban unos días para tener 18 años y ser legal, pero qué me importa la edad que tenga si mi vida seguirá estando igual de jodida que estoy ahora, e incluso peor, y yo seguiré tan hundida por culpa del tabaco, el alcohol y las drogas. Tengo adicción desde hace un par de años, cuando mi consumo empezó por diversión y solamente al salir de fiestas, pero la depresión que sufrí después tras la ruptura de mi última pareja, me hizo refugiarme en ellas para calmarme y, poco a poco, ha ido en aumento. A medida que avanza la noche, como casi siempre, me voy quedando a solas con mis dos mejores amigos. La gente que me quiere se aleja de mí por miedo a lo que les pueda hacer, o simplemente para no dejarse influir; mientras que, quienes me ven por primera vez, se acongojan por el mal aspecto que pueda tener o, simplemente, me rodean con tal de evitar algún posible contacto conmigo por mínimo que sea. En aquella noche todo era distinto, no había nadie que me culpabilizasen por todo lo que estaba ganando y perdiendo en mi vida. Y ahora mismo, ganar y perder son sinónimos. Algunos tan sólo sueltan alguna carcajada en voz alta cuando van en grupo y disimulan no haberme visto cuando al día siguiente o en otro momento nos volvemos a encontrar; mientras que otros directamente me lanzan miradas de odio, asco o repulsión. No tengo ningún sitio al que ir para refugiarme cuando las cosas se tuercen y necesito estar a solas con mis problemas, ni a nadie a quien confiar mis preocupaciones y los miedos que me aterran para evitar volver a caer otra vez en esta mierda. 

A pesar de no ser la primera vez que me encontraba rendida en el suelo sin recibir ayuda de nadie, tampoco era igual a las demás veces. Sentía un calor extremo recorriendo mis venas y una euforia inmensa que me ardía el pecho. A su vez, tenía la necesidad de gritar y reír a cada segundo más fuerte. Si por unos instantes pudiese observar esa misma escena desde fuera de mi piel y en un plano externo a mi vida, podría decir que hasta me daba la sensación de estar manteniendo una cómica e interesante conversación con gente a la que ni siquiera conocía. Ni siquiera me sonaban del pueblo y en la vida les había visto. Apostaría lo que sea a que ni siquiera son de por allí cerca. Realmente no sé de dónde narices habían salido pero me empecé a llevar bien con ellos, y me demostraron que podían ser más atentos y cuidados que mis amigos de toda la vida. Quienes se avergonzaban de mí por ahogar mis penas en el fondo de un vaso lleno de alcohol en lugar de prestarme su hombro para llorar y aclarar mis dudas, aunque sólo sea en mi cabeza. 


En cuanto desperté ya era de día, y supuse que debía de haber sido un sueño hasta que vi entrar a la enfermera por el cuarto y me desubiqué. El habitáculo no era más grande que mi habitación y aunque con menos muebles, prácticamente era idéntica. Me desperté confusa, desorientada y con la idea de seguir soñando. No entendí muy bien qué había pasado ni por qué me habían ingresado en un hospital. Compartía habitación con un chaval que, de primeras, parecía simpático. Aunque lo conocí a los dos días de ingresarme. No hablaba apenas, pero en las pocas palabras que intercambiamos me dio a entender que había perdido la noción del tiempo allí dentro y ya ni se acordaba de los meses, e incluso años, que llevaba en aquella cama. A los cinco minutos antes de despertarme de la anestesia recibí la visita de mis padres. Mi madre me lo había contado todo, a trozos y con lágrimas en los ojos. A mi padre parecía no afectarle la situación, pero podía sentir su dolor al verme allí tirada aparentando estar bien y en realidad estaba más hundida que nunca. En el fondo, somos iguales, no puedo echarle la culpa. Justo cuando se iban a ir casi al atardecer para que pudiese descansar, cogí a mi madre del brazo y tiré todo lo fuerte que pude tirar cuando tienes un gotero que te ha chupado la mayor parte de la energía. Mi madre se giró hacia mí y, con lágrimas en los ojos, le pregunté por mis amigos. Supongo que entendió mal porque me habló de la gente con la que salía todos los años en aquella época, siempre que íbamos al pueblo, y en esa noche me dejó tirada en el suelo por seguir bebiendo para llamar la atención de cualquiera con el que le tirase la caña. 

- No, no… No me refiero a esos, sino a mis dos nuevos mejores amigos. Ayer conocí a dos chicos, quienes estaban conmigo anoche cuando supongo pasó todo y me demostraron que a su lado no me pasaría nada malo. Fue como si me saliese por unos segundos del plano de mi vida y me viese desde otro ángulo de la realidad en ojo de un extraño, y desde fuera, parecía que estuviésemos una conversación interesante entre los tres y, prácticamente, nos reíamos entre nosotros. El ambiente era muy bueno, y me daba la impresión de que los conocía de toda la vida a pesar de no reconocer sus caras ni siquiera de lejos. No eran gente que me sonasen de nada, no los había visto en mi vida, y desde ya eran mis amigos. Tampoco me dijeron de dónde eran ni siquiera me dieron alguna pista para encontrarlos. Aún así, ¿sabéis de quiénes hablo, verdad?

Se miraron entre ellos, y por la forma en la que lo hicieron sentí malas vibraciones; al final, desistí. Pensé que no, pero me vieron con ellos (o mejor dicho con nadie) gritando lo más fuerte que podía y cada vez tenía menos capas de ropa. Al parecer todo sucedió cuando me recogieron del suelo y visto el percance, decidieron ingresarme en un centro de desintoxicación hasta recuperarme. No me quedaba otra opción. Tan sólo tenía una botella de Whisky y otra de Ron Añejo que me llevé sin permiso de la fiesta de la que me escapé. No había nadie, ni nunca lo hubo. 

viernes, 16 de noviembre de 2018

Enjaulados

Éramos libres, hasta que nos encerraron en esta jaula. Parecen que no nos oyen piar ninguna mañanas, ni siquiera cuando se van a preparar el desayuno, ni comen, ni cena… ni nada, y eso que estamos justo encima de ellos a la izquierda. Aquí no pasa nada, y yo ya estoy aburrida de vivir siempre la misma escena entre estas cortinas. Hasta donde alcanza mi vista, creo que estamos justo en el rincón que da al patio interior, y justo delante a unos centímetros más abajo está la mesa en donde ellos comen. Por mucho que gritemos, y pidamos ayuda, sólo escuchan piar esta panda de humanos y sacan las mismas conclusiones una y otra vez: “Necesitan más agua” o “tienen hambre” y, al segundo, alguno de ellos, se levanta inmediatamente a rellenar el tubo por el que solemos beber. Como si sólo pudiésemos decir lo mismo. 

A veces, se les oye gritar, discutir, se pegan los unos a los otros… y sólo en contadas ocasiones, hablan. Nos queremos ir, queremos salir de aquí. Esto es algo parecido a estar en pena de prisión por haber cometido algún delito y a diferencia de los presos, hemos sido castigado por habernos engañado al utilizar como cebo nuestra comida más jugosa y atraernos hacia alguna de sus trampas. Luego, nos metieron en esta jaula y ahora, alardean sobre los héroes en los que se han convertido al rescatar a un poble animalillo indefenso de la jungla del mundo real. Y qué queréis que os cuente. Me pongo de los nervios, sólo de escucharlos hablar sobre nosotros. Y siempre ocurre la misma historia, una y otra vez. Ellos sólo nos oyen piar. Para ellos, tan sólo tenemos hambre o simplemente se nos ha terminado el agua y queremos más. Cómo si no tuviéramos sueños por los que luchar y de los que vivir algún día, ni metas que perseguir. Aunque, a decir verdad, si os soy sincera, ya apenas recuerdo cuáles eran mis sueños más significativos; quizás, los cambié todos por éste otro que no estaba en mis planes: Salir de aquí y volver a ser libre. 

Los humanos parecen demasiado estúpidos y parece que ha sido al revés, hemos sido nosotros quiénes nos hemos puesto el cebo para adiestrarlos a ellos. Pensarán que tienen el derecho a cazar a cualquier animal que esté en libertad, y marcarlo para que sea suyo. Como si fuésemos materia, como si fuésemos la propiedad de alguien, y no alguien (aunque, seamos otra especie) que siente. Según su lógica, ahí dentro (y con ellos vamos a estar mucho mejor) en la jaula que nos han construido antes de planear nuestra muerte, vamos a ser mucho más felices que estando en libertad. No se muere cuando nuestro cuerpo deja de bombear sangre, sino antes, cuando al estar con vida se ha dejado de vivir y de sentir la libertad. Y nosotros qué más podríamos pedir si tenemos comida, agua y alojamiento, que ni en un hotel de cinco estrellas. Ya puedo alardear de amo, que es mi gran protector y el héroe de la ciudad, quien salva animales en libertad para encerrarlos en una jaula. Qué valientes. Quien vela por nuestra seguridad para que no nos hagamos daño y será por eso que nos priva del mundo exterior. Todo un honor y lujazo que hayan sido ellos los que me pusieron el cebo y no otros. ¿Te imaginas caer en manos ajenas? No nos olvidemos que las cárceles también dan agua, comida y alojamiento, para qué se iban a fugar los presos de estar encerrados en sus celdas si viven de lujo. Qué desagradecidos. Ahora, me pregunto si entre ellos harán lo mismo. Y me refiero a su descendencia, para qué se van a tratar así entre iguales, mejor será tratar siempre al que está por debajo de nuestro poder y la influencia, a quien tiene más de perder que ganar, porque mientras se viva bajo mi techo, soy yo quien manda. 


No hay más tuyo que aquello que dejas libre y desea volver.

viernes, 9 de noviembre de 2018

¿Quién soy yo? (Parte 3)

Necesitaba llorar en silencio, incluso para mí. Que mis llantos no escuchen los golpes, ni el eco de mis lágrimas al caer cuando pronuncie tu nombre. No sé si estoy rota o desubicada entre tantos cristales echo añicos que hoy forman el camino por donde piso para llegar hasta mí. He salido a recordar el frío vaho de tus calles sobre mi cuerpo que me hace estremecer, mientras te observo en silencio desde algún rincón perdido de la ciudad. Puedo ver las caras de entusiasmo de quienes pasean por allí la primera vez, y creen estar a tu altura de quienes llevamos años conociéndote y hasta descubrirnos a nosotros mismos a través de tus momentos, sin conocerte lo más mínimo. Incluso, a lo lejos y en la distancia. Aún me sigo sin encontrar, ni los recuerdos sirven como guía para seguir abriendo puertas. ¡Qué importa dónde! Simplemente quiero abrir una puerta más y seguir conociendo mundo, aunque ese mundo lo tenga enfrente y tenga nombre propio. He perdido mis ganas en días cuando brilla el sol y he vuelto a ganar una batalla más, pero qué importa eso ya. No me importa tanto ganar la guerra si he vuelto a perder el foco en cada batalla en la que me pierdo con facilidad. Y aquí estoy, buscando una razón a la sinrazón, la locura a la cordura y el sentido a la vida, mientras escucho de fondo a Bon Iver para ordenar un poco el caos que llevo dentro e intentar que mis ideas fluyan.

He vuelto a salir a dar una vuelta para recordar los viejos tiempos, a airearme y buscarme en cada rincón de mi mente por los que paseo. Aún sigo esperándome en algún sitio al que estoy segura que volveré algún día para empezar a ser una otra vez. Hasta ahora, sólo he conseguido que el frío me cale en los huesos y, vaya, que si me ha calado; me he vuelto a olvidar el chubasquero en casa, pero ya es tarde para recogerlo. Tampoco creo que me importe mucho cuando lo primero que he hecho al llegar a la cafetería y en lugar de pedirme un café bien calentito y a punto de arderme entre las yemas de los dedos, he apostado por un refresco que, minutos más tarde, me estoy tomando con varios hielos en su interior. Y qué bien sienta el frío, pero qué bien me sienta el frío. Ahora que está todo en su sitio, he vuelto a ponerme frente a la hoja y me he propuesto escribir que ni en estas líneas soy capaz de encontrarme a mí. No soy capaz de encontrarme ni siquiera en una lista de la compra que más que ordenar las cosas que me faltan por comprar y amueblar mi casa, me ordena la cabeza entre los espacios que dejo en este cuaderno. Vuelvo a salir del local en busca de nuevas experiencias aunque sólo queden reflejadas en los charcos que voy saltando para no ensuciarme las botas nuevas. Voy por la calle, caminando entre la gente, sin desviar la atención del suelo mientras mis pensamientos dejan de retumbar en mi cabeza y bailan al ritmo de Nuvole Bianche, como si fuese la escena de mi película favorita y me deje llevar por el momento. A veces, y sólo cuando me da por levantar la mirada más allá de lo que puedan ver mis ojos, intento dar en el clavo de las posibles vidas que puedan tener los demás y lo único que consigo es sentirme mal por la mía cuando idealizo las suyas. 

Tengo la sensación de que ni siquiera he salido de casa para escribir estas letras que en mi mente dibujan cada momento bailando entre cualquier espacio de mi vida. El bloqueo del escritor acaba de perder todo el sentido pero el miedo a la hoja en blanco, sigue dejando huella en mí y no me deja avanzar en la historia. No sé cómo borrarlo, que ni la lluvia sabe emborronar con cada gota que cae del cielo y roza el papel. Mis palabras, por su parte, puede que acaben rotas y sin sentido después de estos ¿15 minutos? que he estado sumergida en cada una de ellas, cada vez que alguna salía de mi cabeza mientras sigo inmersa en la lluvia que me lleva calando desde que salí del portal, sin el chubasquero, y aún sigue sin parar de llover. A mí me ha parecido tener el mayor orgasmo que haya podido tener en mi vida y, me acabo de despertar al mirar el reflejo de mi silueta que se dibuja en el cristal de un escaparate vacío y a oscuras, quedándome a solas con la incógnita dentro de qué podrán pensar el resto de mí cuando me vean pasar entre la gente. 


Aún sigo dentro y qué bien se está, cuando ahí fuera, está diluviando.

sábado, 18 de agosto de 2018

Dúplex

Alexis y Benjamin cumplían los dos meses desde que empezaron a salir juntos, aunque ya lo hacían mucho antes como amigos. Desde entonces, se han dedicado muchas miradas de amor y ternura cada mañana en forma de besos, abrazos y alguna que otra caricia que se daban cuando alguno se despertaba y veía al otro dormir plácidamente. No querían que la magia de los primeros meses desapareciera, y tomaron por rutina el amor que sentían el uno por el otro en sus distintas formas y experimentándolo de mil maneras distintas para no saciarse jamás y seguir descubriéndose incluso a sí mismo a raíz de la pasión de la pareja. Se querían a rabiar. Hicieron mil planes juntos y hasta planificaron su propia vida, que en días se pusieron a buscar piso para irse a vivir los dos solos. Alexis se tuvo que marchar de casa nada más empezar la carrera por motivos de estudios, que el traslado diario no le salía rentable al bolsillo de sus padres. A Benjamin en cambio, la vida se lo puso más difícil aún y vive solo desde que su abuelo murió hace un par de años, con quien se había criado los cuatro últimos años de su vida. A su padre apenas lo ve, siempre está embarcado en algún proyecto de la empresa que le separa a kilómetros de su familia. Y su madre, de su madre, ya ni se acuerda, murió cuando dio a luz a su hermano, con quien se lleva dos años y pico de diferencia de edad. Trabaja en una gasolinera por las noches para costearse el alquiler y los gastos diarios, principalmente. Aún así, intenta ahorrar unos fondos para fundar su familia y no ser un fracaso para la sociedad por no saber dar a sus hijos la paz que él no tuvo de niño.

A pesar de llevar tan sólo dos meses juntos, fueron mejores amigos desde hace ocho años. Han compartido muchos viajes, aventuras, experiencias, festivales… juntos, qué mal podría salir entre ellos. Llevaban una semana buscando piso por su cuenta, pero visto que no encontraban nada que estuviese bajo sus intereses, decidieron dejarlo en manos de alguna agencia que se encargase de gestionar todo el proceso de compra y quitarse el marrón de encima. Nadie se lo llegó a imaginar, pero en menos de un mes, ya estaban disfrutando de las vistas de su nuevo piso. Se trataba de un dúplex con vistas al mar, y en el centro de Málaga. El casoplón que se habían comprado tenía jardín y una piscina, que se ajustaba hasta el último milímetro a la idea que tenían en mente al hablar del futuro que querían adoptar y la felicidad de sus futuros hijos. A pesar de haber pedido dinero a los padres de Alexis que se habían comprometido en devolver hasta el último centavo en cuanto tuviesen la cantidad, necesitaron pedir un préstamo del banco para terminar los trámites. A la semana siguiente, recibieron en la entrada un porsche negro con su padre al volante y su madre en el asiento del copiloto con varios tuppers en la mano. Los asientos traseros y el maletero iban hasta rebosar de cosas, muchas de ellas eran los juguetes y trastos de la infancia de Alexis que les daba pena tirar a la basura a todos, pero que ya no se podían quedar en la casa de sus padres por falta de espacio. Habían reformado de arriba a abajo el piso, y la habitación que hacía de trastero había desaparecido.

Sus padres nos ayudaron a ultimar los pequeños detalles que nos faltaban de la mudanza y a ordenar un poco todo el caos que yacía allí dentro. Sólo faltaba por montar los muebles, que de eso se encargó muy amablemente su padre mientras que Alexis y Benjamin, lo acompañaban y echaban un cable en lo que hiciera falta. A su vez, su madre estaba en la cocina, quien tenía el don y le encantaba dar de comer siempre que podía a los comensales. Nunca calculaba de lleno la cantidad exacta que iba a necesitar para hacer un plato. Daba igual si hacía para tres u ocho personas, que siempre se acababa sacando el tupper para guardar los restos para el día siguiente. Había demasiados cajones, y por un momento se volvió loca buscando los cubiertos y demás herramientas de cocina… hasta que se ubicó.

Antes de marcharse, decidieron tomarse un café en familia todos juntos para ponerse a la orden del día. Era casi de noche y sin darse cuenta habían pasado casi la totalidad del martes, juntos. Con aires nervioso y algo preocupado, el padre de Alexis miraba constantemente el reloj como si tuviese que recoger un paquete y no estuviese seguro en si estaría a tiempo en casa para recibirlo, Benjamin lo ignoró varias veces porque supuso que quizás, sólo eran paranoias suyas, hasta que Alexis lanzó la pregunta en voz alta que cualquiera de los tres tenían miedo a pronunciar:
- Papá, ¿estás bien? ¿qué ocurre?

Y en un tono serio y algo tajante, su padre respondió mientras le hacía una mueca en silencio a su mujer, intentando disimular justo en el momento que Alexis se concentró en la cafetera para echar más café a su taza. 

- Sí, no te preocupes, hijo. Todo bajo control, sólo que está anocheciendo y nos toca conducir ahora. Si no os importa, nosotros nos vamos ya, ¿vale?
- Ah, sí, sí. Sin problemas, claro.

Al mismo tiempo que se pusieron las chaquetas, los guantes y la bufanda, fueron recogiendo los bártulos que trajeron consigo para ayudar con la mudanza y los muebles; y al tiempo se fueron despidiendo. Alexis sabía que a su padre le pasaba algo, que tenía que ver con aquella casa pero no le quería hacer daño y por eso se lo callaba. Sin que nadie se diera cuenta, ni siquiera ellos mismos, arrastró por inercia a su padre del brazo hacia la cocina para preguntarle mediante susurros qué le ocurría. Su padre se negaba a decirle nada con una sonrisa, pero tras insistir varias veces, tuvo que exteriorizar la pregunta que le estaba matando:
- A ver, Alexis, no quiero que me malinterpretes, quiero que seas feliz con tu nueva vida, tu pareja... y tu casa. Estoy casi seguro de que Benjamin te aportará esa felicidad que buscas. Estoy seguro. Lo estoy, de verdad que sí. 
- Papá, al grano.
- Y está muy bien todos los planes que habéis pensado con antelación, los hijos, las vacaciones y… vuestro futuro. Pero, ¿esta casa no es demasiado? Me explico, un dúplex, a quién no le gustaría tenerlo y poder disfrutar de estas maravillas. Si prácticamente todo el mundo mataría por tener uno entre sus posesiones. Matar, en el sentido figurado, tampoco me malinterpretes... (El padre de Alexis siempre tiene la necesidad de explicarlo todo, hasta lo más evidente). Pero, a lo que me refiero, para qué necesitáis cuatro habitaciones individuales y una matrimonial, ¿no creéis que os habéis precipitado? Sé que vuestra idea es tener 4 hijos, pero probablemente eso cambie de aquí a un tiempo. Quizás, no. Quizás, sí. No lo sé, y yo tampoco soy nadie para juzgarte de lo que debes y no debes comprar ni el tipo de familiar que mantener, a mí ya me tocó en su tiempo y ahora es tu turno. Sé que lo vas a hacer bien, hijo. Estoy muy orgulloso de ti y de todo lo que estás consiguiendo. Sólo espero que estés bien y seas muy feliz. Y sé que fundar una familia es lo más importante para vosotros ahora, y que requiere tiempo, dinero y mucho amor. Pero, mi pregunta es, por qué ser tan ambiciosos en un chalet de cuatro habitaciones cuando de momento no vais a utilizar ni la mitad. Quizás, queráis tener más hijos en un futuro, sí; o quizás, menos e incluso no tener ninguno. Y al final habéis pagado y estáis pagando de más por algo que ni siquiera necesitáis y estáis utilizando. Pagamos en función a nuestras necesidades, caprichos y deseos. Estáis pagando de más por un espacio que es innecesario ahora y que, quizás, en un futuro, lo sea también. Y si ese espacio se necesita en un futuro, ya se buscaría la solución. Tampoco quiero que pienses que te estoy echando la bronca por última vez, Alexis, sólo quiero que sepas que siempre nos tendrás a tu madre y a mí con todo lo que necesites, y con todo el rollo este sólo quería decirte que jamás te adelantes a lo que pasará, y vive la emoción del momento, que de eso se trata. La vida es finita, no ilimitada. Aprended a valorar vuestro tiempo, y el que os haga perder el tiempo, os está faltando al respeto. Yo sólo quería darte mi último consejo como padre para asegurarme de que lo vas a hacer bien. Y claro que vais a necesitar espacio. El mismo espacio, que os tenéis que dar el uno al otro para crecer felices.

martes, 31 de julio de 2018

Fingí

He salido a flote de tantos prejuicios, que ya ni me reconozco como era antes de subirme a este barco. Perdí el rumbo y entre mareo y mareo, doné mi vida para darme una oportunidad en conocerme mejor una vez que me hubiese perdido a tiempo y sueldo completo. Ya ni sé hacia dónde me dirijo, aunque a decir verdad, dejé el timón minutos después de emprender este viaje. Me acostumbré a las mentiras, la falsa modestia e insistí una vez más en ser el viajero que me acompañaba, al no encontrar la gorra de capitán que llevaba puesta. Fingí una vez más y me amoldé a mi nueva vida. Parecía ser lo correcto y ser el camino fácil para ser feliz. Sólo lo aparentaba, porque por dentro estaba rota y echa mierda. Llegué a dudar de mis capacidades, mis virtudes y hasta de mí. Llegué a desconocerme. He llegado a pensar en más de una vez, si realmente supe alguna vez quién era yo. He perdido todo lo que tengo, y por cambiarme para ser aceptada a ojos de un cualquiera que no soy yo. Fingí de más y sin querer me eché de menos. Cambié la emoción por las apariencias, porque sólo así cambiaba mi dolor frente a las risas que se echaban a mi costa por estar abajo del barco, sin saber que se reían por la envidia que les comía por dentro al no poder disfrutar del viaje que estaba viviendo. Me olvidé de mi esencia en aquel bar de carretera por sentir la empatía que se olvidan en casa los extraños, conocidos y hasta mis amigos; erizándome la piel. Hice un trueque en la puerta de mi supermercado y esperé a que alguien me comprase el carisma con el que me vestía día a día a cambio de recibir la bendición del resto, mientras se dibujaba una delgada línea como sonrisa ante un cualquiera y fingir estar bien, porque llorar está penado en la sociedad y mejor, vamos a dar buena imagen, no sea que el resto se preocupe por nosotros. Por todo esto, sin darme cuenta, acabé vendiendo mi alma para recaudar lo suficiente como para adquirir una personalidad que me haga ser alguien en esta sociedad de mierda que ya nadie está dispuesto a escuchar más allá de su palabra.